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Yo soy

por Ignacio Blanco

Evangelio según san Juan 14,1-12

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No se angustien; crean en Dios y crean también en Mí. En la casa de mi Padre hay lugar para todos; si no fuera así, ¿les habría dicho que voy a prepararles sitio? Cuando vaya y les prepare sitio, volveré y los llevaré conmigo, para que donde estoy Yo, estén también ustedes. Y adonde Yo voy, ya saben el camino». Tomás le dice: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?». Jesús le responde: «Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida. Nadie va al Padre, sino por Mí. Si me conocieran a Mí, conocerían también a mi Padre. Ahora ya lo conocen y lo han visto». Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Jesús le contesta: «Hace tanto que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a Mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que Yo estoy en el Padre, y el Padre en Mí? Lo que Yo les digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en Mí, Él mismo hace sus obras. Créanme: Yo estoy en el Padre, y el Padre en Mí. Si no, crean a las obras. Les aseguro: el que cree en Mí, también él hará las obras que Yo hago, y aún mayores. Porque Yo me voy al Padre».

Jesús había hecho una serie de revelaciones a sus apóstoles. Les anunció que partía (Jn 7,34); que iba a morir (Jn12,32-33); les dijo que uno de ellos, sus amigos cercanos, lo iba a traicionar (Jn 13,21); que Pedro, la roca, lo iba a negar tres veces (Jn 13,38); que Satanás trabajaba duro en contra suyo (Lc 22,31-32) y que todos se iban a escandalizar y huir (Mt 26,31). El panorama, por decir lo menos, era sombrío. ¿Qué estaría por acontecer? No es descabellado pensar que sobre el corazón de los apóstoles se cernían nubarrones de pesadumbre, incertidumbre y quizá desaliento.

En ese contexto, la palabra del Maestro es contundente y alentadora: «No se angustien». La traducción no alcanza a expresar la fuerza y riqueza de significado de lo que el Evangelio de Juan dice. “No se turbe su corazón”, “que su corazón no se agite, no se problematice, no se alarme”. Es muy significativa la referencia de Jesús al “corazón” pues en el lenguaje y cultura de la época era considerado como el “centro de la personalidad”. Con ello el Señor revela el fundamento sobre el que se sostiene su invitación a no caer en la angustia o la turbación, a pesar de lo difíciles que se puedan presentar las circunstancias: «crean en Dios y crean también en Mí». Jesús invita a ir a lo esencial y a poner allí la confianza y seguridad.

¿Quién de nosotros no ha vivido o vive situaciones difíciles, duras, que nos ponen a prueba? ¿Cuántas veces las voces del desaliento, de la turbación susurran en nuestro corazón, como les sucedió también a los apóstoles? La Palabra hoy resuena en la Iglesia con el vigor y la claridad de Cristo Resucitado: «No te angusties, no te turbes, no te desalientes; cree, ten fe».

Es fascinante el realismo en el mandato del Señor Jesús. En ningún momento trata de “endulzar” los hechos o de quitar la gravedad de las cosas que estaban por acontecer. Lo que hace es alentar firmemente a creer, a tener fe. La fe es el colirio, el agua límpida que purifica la mirada y ensancha el corazón y permite “ver” la realidad. La fe es la antorcha que ilumina, que disipa las oscuridades; es el fundamento sobre el que podemos edificar con seguridad nuestra existencia. Allí se ancla la esperanza de saber que Cristo nos antecede, nos ha preparado un sitio y quiere que donde Él está estemos también nosotros.

Como cristianos no podemos decir que no tenemos fe. Y, sin embargo, al igual que Tomás muchas veces nos preguntamos: «¿Cómo podemos saber el camino?». Además, constantemente recibimos mensajes que advertida o inadvertidamente van socavando algo fundamental del cristianismo: “Cualquier camino es válido, lo importante es estar bien” o “en el fondo no hay camino… el camino se hace al andar”.

Frente a ello, Cristo es inequívoco en su afirmación: «Yo soy el camino». Y añade: «… y la verdad y la vida». Tendríamos que meditar mucho en el peso de esta afirmación cargada de ecos divinos: «Yo soy». San Agustín invita a considerar las consecuencias de estas palabras del Señor: «¿Por dónde quieres ir? Yo soy el camino. ¿A dónde quieres ir? Yo soy la verdad. ¿En dónde quieres permanecer? Yo soy la vida. Todo hombre comprende la verdad y la vida, pero no todos encuentran el camino. Hasta los mismos filósofos del mundo vieron que Dios es la vida eterna, y que es la verdad digna de saberse. Mas el Verbo de Dios, que con el Padre es verdad y vida, se hizo el camino tomando la humanidad». Y concluye dándonos una indicación sabia: «Camina por esta humanidad para llegar a Dios».

Este pasaje del Evangelio de Juan nos sitúa una vez más frente a lo esencial del cristianismo: Cristo mismo, Palabra del Padre, verdadero Dios y verdadero hombre. Nuestra religión no es una doctrina ni una filosofía ni una técnica espiritual. Es una Persona que se ha revelado como el camino, la verdad y la vida. «Para los cristianos, para cada uno de nosotros, por tanto, el camino al Padre es dejarse guiar por Jesús, por su palabra de Verdad, y acoger el don de su Vida» (Benedicto XVI).

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