Lazaro (1)

“Yo soy la Resurrección y la Vida”. ¿Le creemos a Jesús?

Por Ignacio Blanco

Evangelio según San Juan 11,1-45

En aquel tiempo, había un hombre enfermo que se llamaba Lázaro, natural de Betania, el pueblo de María y de su hermana Marta. María era la que ungió al Señor con perfume y le secó los pies con su cabellera; el enfermo era su hermano Lázaro. Las hermanas mandaron a Jesús este mensaje: «Señor, tu amigo está enfermo». Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella». Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró que éste se encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba. Después dijo a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea». Los discípulos le replicaron: «Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver allí?». Jesús contestó: «¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si camina de noche, tropieza, porque le falta la luz». Dicho esto añadió: «Lázaro, nuestro amigo, está dormido; voy a despertarlo». Entonces le dijeron sus discípulos: «Señor, si duerme, se salvará». Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño natural. Entonces Jesús les dijo claramente: «Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de que no hayamos estado allí, para que crean. Y ahora vamos a su casa». Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos: «Vamos también nosotros y muramos con Él».

Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Betania distaba poco de Jerusalén: unos tres kilómetros; y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María, para darles el pésame por su hermano. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá». Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará». Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día». Jesús le dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?». Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo». Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja: «El Maestro está ahí y te llama». Apenas lo oyó, se levantó y salió adonde estaba Él; porque Jesús no había entrado todavía en el pueblo, sino que estaba aún donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con ella en casa consolándola, al ver que María se levantaba y salía deprisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano». Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, se conmovió profundamente y se estremeció. Después preguntó: «¿Dónde lo han enterrado?». Le contestaron: «Señor, ven a verlo». Y Jesús lloró. Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!». Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?». Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cueva tapada con una piedra. Dijo Jesús: «Quiten la piedra». Marta, la hermana del muerto, le dijo: «Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días». Jesús le dijo: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?». Entonces quitaron la piedra. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado». Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, ven afuera». El muerto salió, con los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: «Desátenlo y déjenlo ir». Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en Él.

Llegamos al quinto Domingo de Cuaresma. Hemos recorrido un camino, un itinerario de preparación espiritual para la celebración de los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús en la Semana Santa. Este itinerario ha estado marcado, de alguna manera, por el Evangelio de los domingos. La Palabra de Dios nos ha ido disponiendo interiormente. Jesús nos enseña, nos educa, nos muestra aspectos fundamentales de la vida cristiana que nos ayudan a seguirlo más de cerca, especialmente en los días santos que celebraremos.

Agua, luz y vida. Son tres realidades fuertes en la vida cristiana en las que hemos podido reflexionar las últimas tres semanas. Cristo se nos revela en el encuentro con la Samaritana como el agua viva que calma la sed interior del corazón humano, que nos purifica y renueva; Él es la Luz del mundo que devuelve la vista al ciego de nacimiento, que nos libra de la ceguera del pecado e ilumina nuestra identidad y el sentido de nuestra vida; y Él es también ­—como lo vemos hoy­— la Vida verdadera que levanta a Lázaro de los muertos, que nos libra del poder de la muerte y nos invita a participar de la vida eterna en la comunión eterna de amor. ¡Qué riqueza inmensa para nuestro camino de preparación cuaresmal! ¡Qué pedagógico y bueno es el Señor con nosotros! Por lo demás, estas tres realidades ­—el agua, la luz, y la vida— son esenciales en el Bautismo cristiano. Todos los que hemos renacido en las aguas del Bautismo, hemos sido purificados y renovados interiormente, iluminado por la Luz del mundo, devueltos a la vida en el Espíritu y llamados a vivir en Cristo. En la Semana Santa tenemos una excelente oportunidad para renovarnos en la consciencia de que somos bautizados y de que eso significa que somos de Cristo y que Él nos invita constantemente a seguirlo y a vivir según sus enseñanzas.

El pasaje del Evangelio de Juan que narra el impresionante episodio en el que Jesús le devuelve la vida a Lázaro es uno de esos pasajes que debemos leer y releer, meditar, interiorizar y atesorar en nuestro interior, como nos lo enseña a hacer nuestra Madre María que guardaba y meditaba en su corazón las palabras de su Hijo (ver Lc 2,51).

En esta página del Evangelio vemos a Jesús dolerse por la muerte de su amigo, conmoverse profundamente y estremecerse ante el sufrimiento de las hermanas de Lázaro y de sus parientes. Lo vemos también elevar sus ojos y su espíritu en oración al Padre y gritar con voz potente: «Lázaro, ven afuera». Llama mucho la atención la actitud interior que Jesús deja transparentar en estos dichos y hechos. «La participación y la conmoción de Jesús ante el dolor de los parientes y conocidos de Lázaro, está vinculada, en todo el relato, con una continua e intensa relación con el Padre» nos dice el Papa Benedicto XVI. Jesús «hace una lectura del hecho en relación con su propia identidad y misión y con la glorificación que le espera». Lo señala Él mismo cuando les dice a sus apóstoles: «Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella» (Jn 11,4). ¡Qué gran enseñanza para nuestra vida! Cuánto nos ayuda vivir esa intensa relación con Dios que ilumine los pasos de nuestro caminar; cuánto nos ayudaría también aprender de Jesús a leer y comprender los hechos y acontecimientos de nuestra vida en relación con la identidad y la misión que nos es dada por Dios.

Al igual que lo hizo con Marta, hoy Jesús nos dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en Mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en Mí, no morirá para siempre». Y también nos pregunta: «¿Crees esto?». Ese es el asunto capital. No vivimos tal vez en este momento una “experiencia límite” como la que sufrieron Marta y María. Tal vez sí. En cualquier caso, todos con seguridad vivimos cotidianamente diversas situaciones que nos ponen frente a la necesidad de dar ese salto de fe. Creer, pues, en Jesús y en lo que Él dice de sí mismo tiene un profundo impacto en nuestra vida si lo tomamos en serio. Hoy Él nos dice que es la Resurrección y la Vida, que si creemos en Él no moriremos y tendremos vida eterna. Ello, ¿no nos invita a acrecentar nuestra visión de eternidad? ¿No cuestiona tal vez la “valoración” que le damos a las cosas en nuestra vida? Ante estas palabras de Jesús, y con la consciencia clara de que nuestro paso por este mundo es ciertamente temporal, ¿qué es lo realmente importante y definitivo en nuestra vida?

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