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Viernes Santo: Por eso Dios lo exaltó

Por Cardenal Tomás Spidlik

En una inscripción que introduce un Via Crucis se puede leer: “Por nosotros y por nuestros pecados”. Los predicadores ilustran este motivo con ejemplos, a veces, conmovedores. También observamos en la vida cotidiana circunstancias en las que uno debe padecer por causa de otro. Se construyen monumentos a los que libremente se han sacrificado por el prójimo, a los soldados muertos por la patria, a quien murió en el trabajo. ¡Cuánta mayor gratitud deberíamos tener hacia Cristo, que murió por toda la humanidad! No queremos de ningún modo relativizar la importancia de esta reflexión. Sin embargo, surge una pregunta: ¿por qué uno debe morir por otro?

Cuando una nave se hunde y en el bote salvavidas sólo pueden subir una parte de los pasajeros de la nave, está claro que quien permanece a bordo se ahoga, se sacrifica por los otros, pues no hay otra posibilidad. Lo mismo sucede en muchas situaciones. Se hace una elección: o él o yo; entonces mejor yo. Es un sacrificio noble que despierta admiración en toda persona humana. Sin embargo, ¿sería igualmente noble si se pudiesen salvar ambos? Entonces el sacrificio sería inútil.

En un cuento musulmán se narra que diez derviches murieron de sed. En el momento crítico en el que estaban para morir, el primero recibió un vaso de agua, pero se lo pasó al segundo y se dejó morir. El segundo se lo dio al tercero, el tercero al cuarto, etc. Al final, cuando los primeros nueve ya estaban muertos, el vaso de agua pasó al décimo. El décimo bebió el agua y se salvó. Sin embargo, le reprocharon que habría debido tirar el agua en la arena y morir también él por respeto a los nueve que se sacrificaron. Él lo negó diciendo: los nueve murieron por amor a otro. Es un gran acto, yo no tenía por quién sacrificarme, entonces no beber el agua habría sido un suicidio y esto no es una obra buena.

La narración es ingenua pero ilustra bien dos condiciones que inspiran un verdadero sacrificio: es un acto de amor pero también de necesidad porque no prevé otra posibilidad.

Ahora apliquemos esta reflexión al sacrifico de Cristo. Él se ha sacrificado por nosotros. Se trata de un inmenso acto de amor. Sin embargo, surge una duda sobre la segunda condición: ¿realmente ha sido necesario? “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su hijo único” (Jn 3,16). ¿Era realmente necesario? ¿No podía perdonar Dios los pecados igual que se borra la deuda de quien no puede pagar? A esta pregunta se responde recurriendo a la eterna justicia divina. Dios es, decimos, inmensamente bueno pero también justo. La justicia exige que todo mal sea castigado. Dios ha castigado los pecados en su propio Hijo y así la bondad y la justicia confluyeron en uno. Esta explicación parece justa y noble, pero queda siempre la duda fundamental: ¿Era realmente necesario? ¿No era suficiente perdonar los pecados? La humanidad obtuvo un gran beneficio del sacrificio de Cristo porque en este se reveló el inmenso amor de Dios. El único que padeció un daño fue Cristo, que sufrió inocentemente. Sufrió por amor, por un breve tiempo —inmediatamente después volvió a la gloria celeste—, pero era un sufrimiento que no le pertenecía a él mismo, por lo tanto lo ha “ofendido”.

Para evitar semejantes objeciones, leamos el texto fundamental de San Pablo a los filipenses, que reflexiona así sobre el sacrificio de Cristo: “Procurad tener los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús; el cual, teniendo la naturaleza gloriosa de Dios, no consideró como codiciable tesoro el mantenerse igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo tomando la naturaleza de siervo, haciéndose semejante a los hombres; y en su condición de hombre, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz. Por ello Dios lo exaltó sobremanera y le otorgó un nombre, que está sobre cualquier otro nombre, para que al nombre de Jesús doblen su rodilla los seres del cielo, de la tierra y del abismo, toda lengua confiese que Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre” (Flp 2,5-11). En este texto se escapa fácilmente una circunstancia. Aquí, san Pablo no dice que Cristo murió por nosotros. Afirma que su sacrificio le ha dado a Él una gran gloria. “Por ello Dios le exaltó”. Precisamente porque Dios es justísimo, no habría podido permitir el sufrimiento de un inocente sin procurarle gran beneficio. Entonces nos preguntamos: ¿cuál es el beneficio que saca Cristo de su heroica pasión? No podemos resolver este problema sino transfiriéndonos en el misterio de su persona. Desde la eternidad Él es el Hijo del Padre. Los términos padre e hijo han sido tomados de nuestra realidad cotidiana pero nos introducen en el misterio de la Santísima Trinidad. El Padre desde la eternidad genera al Hijo. No lo hace corporalmente pues Dios no tiene un cuerpo. Es un proceso espiritual. El Padre revela al Hijo la propia voluntad, su pensar. El Hijo lo acepta libre y plenamente. Piensa y desea como el Padre. Tienen, por lo tanto, una sola mente y una sola voluntad, son uno. Él es el Hijo. Si no aceptase la voluntad y el pensar del Padre, sería un extraño y no el Hijo. El hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios (ver Gen 1,26-27). También él llega a ser hijo de Dios si acepta la voluntad y el pensamiento del Padre celeste. Al contrario, rebelándose se vuelve un extraño, se abre un abismo entre él y el Creador. La tragedia del pecado está, propiamente, en esta rebelión, en el rechazo de aceptar la voluntad del Padre. Lo hizo Adán y lo hizo toda la humanidad extraña a Dios. Somos conscientes de que debemos remediar esta tragedia y nos esforzamos por hacerlo. ¿Cuándo lo logramos? A partir de nuestra experiencia sabemos que a veces aceptamos la voluntad de Dios y otras nos resistimos a ella. Es difícil hacerlo cuando la voluntad de Dios significa sufrimiento, fracaso y muerte. En tal caso, rechazamos su voluntad con vehemencia. Los mártires dicen: mejor morir que oponer resistencia a lo que Dios manda. Nosotros decimos: debo vivir, Dios no puede exigir un sacrificio semejante de nosotros. Los mártires murieron porque recibieron la fuerza de Aquel que los había precedido, Cristo. El Hijo de Dios se ha hecho hombre y así transfirió la humanidad a su fundamental actitud hacia el Padre, el cumplimiento total de su voluntad. Así, transfiere a la humanidad su filiación divina, precisamente en aquellos momentos en los que parece estar totalmente perdida. Humanamente diremos: ¿cómo podemos creer que uno es hijo de Dios omnipotente cuando todos lo abandonan? Parece increíble, pero precisamente en esos momentos, la fe hace perfecta la filiación divina. Cristo, por lo tanto, con su pasión y muerte, no sufrió un daño. Aquel que desde la eternidad vive en la gloria del Padre transfirió esta gloria divina a la humanidad. Por eso, san Pablo escribe que ante Cristo toda rodilla se debe doblar “en el cielo, en la tierra”, es decir, indica que Cristo tiene su dignidad y gloria divina también en su humanidad, plenamente divinizada, a través de la pasión.

Los místicos cristianos eran conscientes de esta fuerza sacramental que nos viene del sufrimiento aceptado según la voluntad de Dios y por eso eran capaces de realizar sacrificios. El amor no separa el interés propio del interés de los demás, sino que lo reúne todo en Dios. A la gente común estas reflexiones les parecen demasiado “elevadas”, inalcanzables. Sin embargo, no están lejos de ellas cuando dicen, por ejemplo: “sufro, pero estoy seguro de que me traerá una bendición”. En los textos bíblicos, la bendición está unida a la vida. Lo que Dios ha bendecido vive. Si el sufrimiento lleva consigo una bendición, acarrea la vida también allí donde parece que vence la muerte. Por lo tanto, este es el misterio de la Cruz, comprendido cristianamente. Por eso, en las imágenes más antiguas, Cristo en la cruz está representado como Aquel que reina y gobierna el mundo. También nos llama a nosotros a reinar con Él.

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