Una fe como la de los Apóstoles… ¿Por qué no?

Por Kenneth Pierce.

Una fe como la de los Apóstoles… ¿Por qué no? Si queremos construir algo grande, una vida santa, necesitamos una fe sólida. Mientras más profunda sea nuestra fe, más alto será el edificio de nuestra santidad. San Pedro nos invita a tener una fe como la de los Apóstoles. Nosotros no hemos visto ni oído al Señor como lo hicieron los primeros discípulos en la Palestina del siglo I. Eso, sin embargo, no es impedimento para creer en Él con la misma firmeza. ¿No nos dijo el mismo Jesús: «Dichosos los que no han visto y han creído» (Jn 20,29)? Así lo han hecho muchas personas antes que nosotros como, por ejemplo, los santos y mártires en la historia de la Iglesia. Si ellos pudieron, ¿por qué nosotros no?

La fe es, para empezar, una gracia. Es un don que sólo nos puede venir de Dios. Si queremos crecer en la fe, lo primero que podemos hacer es pedirla. Así como lo hizo el padre de un muchacho cuando le pedía a Jesús que sane a su hijo: «¡Creo, ayuda mi poca fe!» (Mc 9,24).

La fe es, también, un acto humano. Como todo don de Dios, exige nuestra respuesta. Quien cree de verdad no puede permanecer inmóvil. La fe es la base de una vida virtuosa, y la vida virtuosa es el natural despliegue de una fe auténtica. Decir «creo» y no acoger esa fe en el corazón y llevarla a la acción en una vida comprometida y de crecimiento en las virtudes sería una incoherencia que nos llevaría a la mediocridad en la vida cristiana. Por eso, preguntémonos con el Apóstol Santiago: «¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: “tengo fe”, si no tiene obras? (…) La fe, si no tiene obras, está realmente muerta» (Stgo 2,14.17).

Jesús nos decía que la fe «es como un grano de mostaza» (Mt 13,31). Es un ejemplo que nos dice mucho, pues el natural despliegue del grano es crecer poco a poco, alimentado por los nutrientes de la tierra y el agua, hasta convertirse en un árbol. Así como del grano surge un tronco y ramas que se extienden y dan sombra y cobijo a muchas personas, así nuestra fe, sostenida y alimentada por la gracia del Espíritu Santo, crecerá en una vida santa y buena, que dé también sombra y cobijo a quienes nos rodean.

Creer en Dios y vivir según lo que creemos no es contrario ni a nuestra libertad ni a la razón. Por el contrario, la fe nos señala el camino para un recto uso de nuestra razón y libertad. Quizás alguna vez hemos recorrido un camino de noche y nos ha sido muy difícil ver en la oscuridad, posiblemente errando el camino. ¡Qué diferencia cuando tenemos una luz que ilumina las tinieblas! La fe es precisamente como una luz –que nos viene de Dios– y nos permite ver por dónde debemos avanzar para una vida plena. Qué mejor luz que ésa para nuestro peregrinar.

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