Si queremos, pues, que el amor de Jesús no permanezca estéril, no vivamos para nosotros mismos, sino para Él

Si queremos, pues, que el amor de Jesús no permanezca estéril, no vivamos para nosotros mismos, sino para Él (cf. 2Cor 5,15). Así cumpliremos el deseo fundamental del Corazón de Cristo: obedeceremos al mandamiento de su amor. No vivamos para nosotros mismos, sino para Él. En esto consiste la abnegación radical tan predicada por San Ignacio. El que vive ya no viva, pues, para sí; esto es, hagamos nuestros, en toda la medida de lo posible, mediante la pureza de corazón, la oración y el trabajo, los sentimientos de Jesús: su paciencia, su celo, su amor, su interés por las almas. «Vivo yo, ya no yo; vive Cristo en mí» (Gál 2,20).

Así cumpliremos el deseo fundamental del Corazón de Cristo: Venga a nos tu Reino… «Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti, oh Padre, y al que enviaste, Jesucristo» (Jn 17,3). «Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante» (Jn 10,10). ¡A dar esa vida, a hacer conocer a Cristo, a acelerar la hora de su Reino está llamado el apóstol!

San Alberto Hurtado

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