leprosos

Señor Jesús: ¡ten compasión de nosotros!

Por Ignacio Blanco

leprosos

Evangelio según San Lucas 17,11-19

Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se detuvieron a cierta distancia y a gritos le decían: «Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros». Al verlos les dijo: «Vayan y preséntense a los sacerdotes». Y, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le daba gracias. Éste era un samaritano. Jesús tomó la palabra y dijo: «¿No han quedado limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?». Y le dijo: «Levántate y vete; tu fe te ha salvado».

La lepra es un enfermedad terrible. Muchos pueblos —entre ellos el hebreo— sufrían la constante amenaza de esta plaga infecciosa. No se conocía su cura, y para tratar de contener los contagios, los leprosos eran reunidos en villas (leprosorios) alejados de las ciudades. Esta práctica aún se mantiene hoy, a pesar de que ya se conoce la cura para la enfermedad, en por lo menos 14 países del mundo. Con todos los adelantos técnicos y médicos con los que hoy se cuentan, todavía es un flagelo para muchísimas de personas que ven sus cuerpos desfigurados y experimentan, muchas veces, el rechazo, la vergüenza, la marginación y la soledad.

Imaginemos cuán dura y difícil sería la situación hace 2000 años. Jesús se encuentra con 10 hombres que vivían esta durísima situación. Eran considerados hombres impuros y nadie osaba acercarse a ellos pues la legislación de la ley de Moisés era inequívoca al respecto (ver Lev 13,1-9). El Señor escucha la súplica de estos 10 hombres y pone de manifiesto su soberana libertad respecto de la ley antigua. Habla con ellos y recordemos que en otros encuentros con leprosos se acerca a ellos, incluso los toca (ver Mt 8,2-4; Mc 1,40-42; Lc 5,12-15). Los 10 hombres piden compasión. El Corazón de Jesús, ¿cómo no iba a compadecerse de ellos? Él, más que ningún otro, es capaz de ver y percibir el dolor y el sufrimiento (físico y espiritual) de estos hombres, compadecerse, cargarlo sobre sí y actuar. ¿No dijo Jesús a los discípulos del Bautista que la curación de los leprosos era precisamente uno de los signos de la llegada del Mesías (ver Mt 11,5)?

Para nosotros es muy difícil vislumbrar los alcances de lo que debió haber significado para esos 10 hombres descubrirse curados de su enfermedad. Sólo la analogía con alguna experiencia semejante nos puede dar alguna idea. De un momento a otro, el tormento que vivían terminó. No más llagas supurantes en el cuerpo; no más deformaciones ni mutilaciones que esconder bajo las vendas; no más segregación ni marginación. Podrían volver a verse a sí mismo sin vergüenza; podrían reunirse con sus seres queridos y reintegrarse en la sociedad; podrían aspirar nuevamente a amar y ser amados por alguien.

La experiencia liberadora de estos 10 hombres nos remite a esa realidad, menos visible que la lepra pero ciertamente más destructiva, que llamamos pecado. Así como la lepra desfigura el cuerpo y torna irreconocible al que la padece, el pecado desfigura la imagen de Dios que llevamos impresa en lo más hondo de nuestro ser. Así como la lepra hacía impuro y segregaba al que la sufría, el pecado mancha nuestra dignidad, nos lleva a un tierra de soledad y desemejanza, y quiebra nuestra comunión con Dios y con nuestros hermanos en Cristo.

Las últimas palabras del Señor —«Levántate y vete; tu fe te ha salvado»— nos permiten considerar la integralidad de la salvación, que es una curación completa y radical. Los milagros del Señor siempre comportan esos dos grados de curación que se manifiestan en la curación de los 10 leprosos: uno más superficial, que se evidencia en el cuerpo, y otro más profundo que afecta lo más íntimo de la persona (la conversión del «corazón»).

En este sentido, el amoroso acercamiento de Jesús a estos 10 leprosos es un anticipo y expresión de ese “gran acercamiento” de Dios al hombre que Él llevará a su sima en su Pasión. El Buen Jesús cargó sobre sí el peso del pecado y de todos nuestros pecados para perdonarnos, purificarnos, reconciliarnos. Dios hecho hombre, que no pecó nunca, experimentó en su propio cuerpo la dureza de los efectos devastadores del pecado al punto, como dice Isaías, de ser «despreciable y desecho de hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias, como uno ante quien se oculta el rostro (…) ¡Y con todo eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba! Nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado. El ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. El soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus heridas hemos sido curados» (Is 53, 2-5).

La curación del Señor Jesús llega a lo más íntimo de nuestro ser. La fuerza de su Resurrección realmente ha sanado la ruptura del pecado, nos ha transformado, nos ha reconciliado, nos ha devuelto a la casa del Padre y ha hecho posible el camino a la comunión de amor. Como dice el Papa Benedicto XVI, «la lepra que realmente desfigura al hombre y a la sociedad es el pecado; esta lepra del espíritu, que desfigura el rostro de la humanidad, nadie puede curarla sino Dios, que es Amor. Abriendo el corazón a Dios, la persona que se convierte es curada interiormente del mal».

Nos toca hacernos la pregunta: ¿Cuál es nuestra actitud ante esta gracia que el Señor nos concede? ¿Seremos como los 9 leprosos que se marcharon? ¿O más bien buscaremos ser como ese único extranjero que sobrecogido por el don recibido vuelve y se postra ante Jesús lleno de gratitud?

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