cruz (1)

“Seguir” a Jesús, ¿es sólo acompañarlo?

Por Ignacio Blanco

Evangelio según san Mateo 16,21-27

En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por causa de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a reprenderlo: «¡No te lo permita Dios, Señor! Eso no te puede pasar». Jesús se volvió y dijo a Pedro: «Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios». Entonces dijo Jesús a sus discípulos: «El que quiera venir conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del Hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta».

“Pedro se lo llevó aparte y se puso a reprenderlo”. La frase por sí misma parece de ficción. ¿Quién se puede arrogar el derecho de reprender a Jesús? Probablemente Pedro en ese momento habrá tenido sus motivaciones. No estaba loco para actuar así. Momentos antes Jesús mismo le había dicho que su confesión de fe era fruto de la revelación del Padre y que él era la roca sobre la cual iba a edificar su Iglesia. Ahora pretende ponerse en el camino de Jesús para impedir que suba a Jerusalén a ser crucificado. ¿Qué pasó? ¿Cómo puede operarse un cambio así en la mente y el corazón?

Estas preguntas nos interpelan en nuestro aquí y ahora. Nosotros también, muchas veces, damos esos giros a veces inexplicables para nosotros mismos. Nos comprometemos a algo, experimentamos que el camino es claro y debemos avanzar por él y de pronto, tal vez por la aparición de algún obstáculo o dificultad, la realidad nos cambia de color y cambiamos de opinión, emprendemos otro rumbo. El Señor, luego de poner a Pedro en su sitio, le da (y en él a todos nosotros) una clave fundamental: «tú piensas como los hombres, no como Dios». He ahí una razón que nos puede ayudar a comprender ese cambio de perspectiva en Pedro que lo lleva a interponerse en el camino de Jesús.

Ante esto, cabe la pregunta: ¿qué significa “pensar como los hombres” y qué “pensar como Dios”? Con esa afirmación, el Señor nos enseña que detrás de muchas de nuestras actitudes están esos “pensamientos” en los cuales, de alguna manera, se sustenta nuestra valoración de las cosas y por ende las opciones que tomamos. Inmediatamente el Maestro lleva el tema a un punto medular: «El que quiera venir conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga». Pedro se escandaliza cuando Jesús anuncia que va a Jerusalén a sufrir y a morir; Jesús, con caridad y firmeza, le muestra que sus pensamientos no son los de Dios y delinea con toda claridad el camino que todo aquel que quiera ser su discípulo (y por tanto ser cristiano) debe recorrer: negación de uno mismo, cargar la cruz y seguirlo.

Notemos que el Señor Jesús no se queda corto en explicitar que seguirlo es un camino exigente e implica la disposición de renunciar a todo por Él. Seguirlo, pues, no es un mero “acompañarlo”, estar con Él a veces y otras no. Hay una exigencia de totalidad que muchas veces, incluso gráficamente, se concentra precisamente en la cruz. Santa Rosa de Lima decía que «fuera de la Cruz no hay otra escala por donde subir al Cielo». Por ello, antes que estar huyendo de cargar nuestra cruz —como pretendió Pedro con Jesús— o tratando de “aligerar” sus exigencias, ¿no sería más cristiano asumirla como signo de reconciliación y como el camino a la Resurrección? ¿No nos dice el mismo Jesús: «Mi yugo es suave y mi carga ligera» (Mt 11,28-30)»? Hay algo que ciertamente se nos escapa cuando el camino de la cruz se nos presenta como un yugo que oprime y una carga que aplasta. De una u otra manera, cuando eso pasa es porque hemos dejado de “pensar como Dios” y estamos “pensando como los hombres”.

La enseñanza de Jesús en el Evangelio es muchas veces desconcertante y para la mentalidad del mundo es un absurdo. No pocas veces escuchamos esta pregunta resonar con rebeldía en nuestro interior: ¿Por qué la cruz? Como dice el libro de la Sabiduría, «apenas conocemos las cosas terrenas y con trabajo encontramos lo que está a nuestro alcance, pues, ¿quién rastreará las cosas del cielo? ¿Quién conocerá tu designio, si Tú no le das sabiduría, enviando tu santo espíritu desde el cielo?» (Sab 9,16-17). Pidamos intensamente que el Señor nos conceda esa sabiduría, que el Espíritu nos ayude a conformar cada día nuestra mentalidad con la “mente de Cristo” (ver 1Cor 2,16) despojándonos de la “mente del mundo”.

San Pablo experimentó las exigencias de seguir a Jesús cargando con su cruz. Experimentó también en carne propia las dificultades de predicar el camino de la cruz como camino de salvación. Su testimonio es un gran aliento y en su carta a los cristianos de Corinto dice unas palabras que hoy nos ayudan a poner la mirada en lo fundamental: «Como el mundo mediante su propia sabiduría no conoció a Dios en su divina sabiduría, quiso Dios salvar a los creyentes mediante la necedad de la predicación. Así, mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, locura para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (1Cor 1,21-24).

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