El Papa Juan Pablo II nos ofrece en este texto una hermosa meditación sobre cómo María es modelo de contemplación del Rostro luminoso de Cristo:
«El rostro del Hijo le pertenece [a María] de un modo especial. Ha sido en su vientre donde se ha formado, tomando también de Ella una semejanza humana que evoca una intimidad espiritual ciertamente más grande aún. Nadie se ha dedicado con la asiduidad de María a la contemplación del rostro de Cristo. Los ojos de su corazón se concentran de algún modo en Él ya en la Anunciación, cuando lo concibe por obra del Espíritu Santo; en los meses sucesivos empieza a sentir su presencia y a imaginar sus rasgos. Cuando por fin lo da a luz en Belén, sus ojos se vuelven también tiernamente sobre el rostro del Hijo, cuando lo “envolvió en pañales y le acostó en un pesebre” (Lc 2, 7).
Desde entonces su mirada, siempre llena de adoración y asombro, no se apartará jamás de Él. Será a veces una mirada interrogadora, como en el episodio de su extravío en el templo: “Hijo, ¿por qué nos has hecho esto?” (Lc 2, 48); será en todo caso una mirada penetrante, capaz de leer en lo íntimo de Jesús, hasta percibir sus sentimientos escondidos y presentir sus decisiones, como en Caná (ver Jn 2, 5); otras veces será una mirada dolorida, sobre todo bajo la cruz, donde todavía será, en cierto sentido, la mirada de la ‘parturienta’, ya que María no se limitará a compartir la Pasión y la Muerte del Unigénito, sino que acogerá al nuevo hijo en el discípulo predilecto confiado a Ella (ver Jn 19, 26-27); en la mañana de Pascua será una mirada radiante por la alegría de la Resurrección y, por fin, una mirada ardorosa por la efusión del Espíritu en el día de Pentecostés (ver Hch 1, 14)».