resucito

Resurrección en tiempos de pandemia

por Ignacio Blanco

Evangelio según san Juan 20,1-9

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro muy temprano, cuando aún estaba oscuro, y vio la piedra quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». Salieron Pedro y el otro discípulo y fueron rápidamente al sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que Él había de resucitar de entre los muertos.

Este año nos ha tocado vivir una Semana Santa totalmente particular. La crisis ocasionada por el coronavirus nos ha obligado a quedarnos en casa y participar de las liturgias en modo remoto; la incertidumbre sobre el futuro, querámoslo o no, está como trasfondo de nuestros pensamientos y estado de ánimo. Celebraciones con templos vacíos y cámaras de video. Y, sin embargo, en medio de lo extraño de la situación se abre paso lo esencial de la fe: Cristo, Dios hecho hombre en el seno virginal de María, dio su vida en la Cruz para salvarnos del pecado, fue sepultado y, al tercer día, ¡resucitó! Estas pocas frases expresan el Acontecimiento que transformó la historia de la humanidad y la vida de todo ser humano. Y estas pocas frases, quizá, hoy tengan una resonancia distinta en nuestros corazones por las circunstancias en las que las escuchamos. Esto puede ser una oportunidad para que ese mensaje, que escuchamos año a año, cale más profundo esta vez.

Los primeros discípulos de Jesús vivieron y atesoraron su experiencia de encuentro con Cristo resucitado, e inmediatamente empezaron a anunciarla y transmitirla. Y lo hicieron en circunstancias que tampoco fueron fáciles. En medio de persecuciones e incomprensiones, el Apóstol San Pedro, por ejemplo, lo anuncia a voz en cuello en Jerusalén: «Israelitas, escuchen estas palabras: a Jesús de Nazaret, hombre acreditado por Dios ante ustedes por los milagros, signos y prodigios que realizó Dios a través de Él, como bien saben, a Este, lo alzaron en la cruz y le dieron muerte por mano de los infieles. Pero Dios, rotas las ataduras de la muerte, lo resucitó» (Hch 2,22-24). Por su parte San Pablo expresaba a los creyentes de Corinto lo que consideraba el núcleo del mensaje cristiano, en donde ve cumplidas las Escrituras del Antiguo Testamento: «Les he transmitido, en primer lugar, lo que yo mismo he recibido: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras, que fue sepultado, que resucitó al tercer día, según las Escrituras» (1Cor 15,3-4).

Este anuncio de la fe cristiana es lo que se conoce como el kerigma, la fe en Cristo muerto y resucitado. De ese núcleo fluye todo lo demás. Si esto, que es lo esencial, se diluye y nos quedamos solamente con una serie de normas de conducta, de códigos y ritos religiosos, hemos perdido como cristianos nuestro fundamento. Este año no hemos podido ir a las iglesias ni participar de procesiones o visitas a monumentos religiosos. Las cosas se han tenido que “reacomodar” por las circunstancias. Y, quizá, esta realidad nos permite palpar lo esencial que igual ha sucedido: Jesucristo es el Señor que ha muerto por amor a nosotros y ha resucitado, venciendo a la muerte y al pecado, y nos ha dado la vida verdadera.

La luz ha vencido a las tinieblas. El que estaba muerto ¡ha resucitado! Su Muerte y Resurrección, ¿son acaso indiferentes a nuestra situación concreta, a nuestros problemas y angustias? Como cristianos tenemos hoy el desafío de preguntarnos: ¿cómo creer en que Jesús ha resucitado en medio de una pandemia? Proclamamos que Él ha vencido a la muerte en medio de una crisis mundial que está costando miles de vidas cada día que pasa. Parecería un despropósito celebrar su victoria en medio de esta situación. Y, sin embargo, Jesús resucitado no es indiferente a esta realidad. Todo lo contrario. Nada de lo que nos pasa le es indiferente. Nada de lo que vivimos es ajeno a la fuerza redentora y transformante de su amor. Tampoco lo es la pandemia que nos azota, ni la incertidumbre sobre nuestro futuro. El peligro está en que nos encerremos en nosotros mismos, que nuestros miedos y temores no dejen que la luz de su Resurrección nos ilumine, que nos arrebaten la esperanza. Entonces podríamos llegar a pensar que lo que Jesús hizo no tiene mucho que ver nosotros, aquí y ahora, que nos ha abandonado o ha perdido actualidad o relevancia para nuestra vida.

Celebrar la resurrección de Cristo no le va a quitar el dolor a los que ya perdieron a sus seres queridos a manos del virus; no va a resolver los problemas logísticos de los gobiernos, ni las carencias de los sistemas de salud. Celebrar la victoria de Cristo sobre la muerte nos da derecho a tener esperanza, como ha dicho el Papa Francisco: “no es un mero optimismo, no es una palmadita en la espalda o unas palabras de ánimo de circunstancia, con una sonrisa pasajera. No. Es un don del Cielo, que no podíamos alcanzar por nosotros mismos”. Y ejerciendo ese derecho podemos pensar en un mañana en el que, no sin esfuerzo ni sacrificio, levantemos la mirada y sigamos caminando más hermanos, más humanos… más cristianos.

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