pan

Prenda de eternidad

Por Ignacio Blanco

Evangelio según san Juan 6,41-51

En aquel tiempo, los judíos criticaban a Jesús porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo», y decían: «¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?». Jesús tomó la palabra y les dijo: «No critiquen. Nadie puede venir a Mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y Yo lo resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: “Serán todos discípulos de Dios”. Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende, viene a Mí. No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que procede de Dios: Ése ha visto al Padre. Les aseguro: el que cree, tiene vida eterna. Yo soy el Pan de la Vida. Los padres de ustedes comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el Pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el Pan Vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este Pan vivirá para siempre. Y el pan que Yo daré es mi carne para la vida del mundo».

El pasaje del Evangelio de Juan que leemos este Domingo es continuación del que leímos el Domingo pasado. Por ello es que podemos encontrar muchas similitudes entre uno y otro pues forman parte de la predicación de Jesús sobre el Pan de la vida y, efectivamente, hay frases y términos en el discurso que son muy semejantes. Dentro de las muchas cosas que particularizan las palabras de Jesús este Domingo, detengámonos en una: la insistencia del Señor en que el pan que nos ofrece nos da la vida eterna.

Ante las críticas y murmuraciones de los judíos, Jesús les refresca la memoria y les recuerda que sus antepasados comieron el maná en el desierto y sin embargo murieron. Y añade, refiriéndose a sí mismo: «Este es el Pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera» (Jn6,50). Sabemos, como enseña el Papa San Juan Pablo II, que «además del hambre física, el hombre lleva en sí también otra hambre, un hambre más fundamental, que no puede saciarse con un alimento ordinario. Se trata aquí de un hambre de vida, un hambre de eternidad. La señal del maná era el anuncio del acontecimiento de Cristo, que saciaría el hambre de eternidad del hombre, convirtiéndose Él mismo en el “pan vivo” que “da la vida al mundo”».

A esa hambre de vida, profunda, interior, nos remite el Señor. “Hambre de eternidad” la llama el Papa. Expresión muy significativa, que dice tanto. Somos seres que vivimos en el tiempo y sin embargo tenemos hambre de eternidad. Sabemos que vamos a morir. Es más, si de algo podemos estar totalmente ciertos en esta vida es de que un día moriremos. ¿Cuándo? No lo sabe nadie. Pero sí que moriremos. Junto a ello, tenemos la experiencia de anhelar la eternidad, y la fe nos da la certeza de que con la muerte nuestra existencia no se disuelve en la nada. Se transforma, pasamos a la “otra vida”, la que no acaba y por eso la llamamos “vida eterna”.

¿Quieres la vida eterna? A la eternidad vamos a llegar todos. El asunto es si la viviremos en comunión con Cristo, o alejados de Él. Si la eternidad la vivimos con Dios o lejos de Él, depende de lo que hagamos en esta vida terrena con la gracia que Él nos da. ¿Pensamos suficiente en estos temas? A veces parecería que no. A la luz de ese horizonte de eternidad, muchas cosas en nuestra vida de aquí y ahora cobrarían otro color, ¿no? Urgencias, prioridades, qué es lo imprescindible, qué es lo necesario, qué es lo importante, qué lo accesorio, qué lo superfluo…

Preguntémonos: ¿Qué relación hay entre la Eucaristía (el Pan vivo que es Jesús) y la “vida eterna”? Tal vez hemos escuchado alguna vez decir, o lo hemos leído, que la Eucaristía es “prenda de la vida eterna”. Es decir, es garantía, seguridad de esa vida futura. Es adelanto de la felicidad que viven por toda la eternidad los que mueren en Cristo. ¿Por qué? El Compendio del Catecismo nos da una respuesta muy concisa: «La Eucaristía es prenda de la gloria futura —nos dice— porque nos colma de toda gracia y bendición del Cielo, nos fortalece en la peregrinación de nuestra vida terrena y nos hace desear la vida eterna, uniéndonos a Cristo, sentado a la derecha del Padre, a la Iglesia del Cielo, a la Santísima Virgen y a todos los santos».

Es impresionante constatar cómo esta certeza de fe está viva en la Iglesia desde los primeros siglos del cristianismo. Los discípulos de Jesús acogieron su mensaje y vivieron este peregrinar en la tierra alimentados y nutridos por el Pan de vida, garantía de la vida eterna. En este sentido, San Ignacio de Antioquía, mártir del s. II, en una de sus cartas tiene unas palabas muy hermosas: «En la Eucaristía, nosotros partimos un mismo pan que es remedio de inmortalidad, antídoto no para morir sino para vivir en Jesucristo para siempre». ¡Vivir en Jesucristo para siempre! ¿No es eso lo que anhelamos? ¿No es en el fondo ese el ideal de ser cristianos, discípulos de Jesús? ¿No es eso lo que nos enseña María, la perfecta discípula?

«Yo soy el Pan Vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este Pan vivirá para siempre. Y el pan que Yo daré es mi carne para la vida del mundo». (Jn6,51). Este Domingo —como en cada Eucaristía— esto se hace realidad frente a nuestros ojos. Sacudámonos el polvo gris de la rutina, maravillémonos de la sobreabundancia del amor que Jesús nos tiene y no desaprovechemos la oportunidad de recibir una prenda de eternidad, el alimento verdadero que nos nutre y sostiene, ¡a Cristo mismo!

 

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