vid

Permanecer unidos a Jesús

Por Ignacio Blanco

Evangelio según san Juan 15,1-8

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el viñador. Si alguna de mis ramas no da fruto, Él la arranca; y poda las que dan fruto, para que den más fruto. Ustedes ya están limpios por las palabras que les he hablado; permanezcan en mí, y yo permaneceré en ustedes. Como la rama no puede producir frutos por sí misma, si no permanece en la vid, así tampoco pueden ustedes producir fruto si no permanecen en mí. Yo soy la vid, ustedes las ramas; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no pueden hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como ramas secas; luego las recogen y las echan al fuego, y arden. Si permanecen en mí, y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y se les dará. Con esto recibe gloria mi Padre, en que ustedes den fruto abundante; así serán discípulos míos».

En el Evangelio de este V Domingo de Pascua, el Señor Jesús nos presenta una figura muy rica y con un sentido muy claro y profundo: si permanecemos unidos a Él tendremos vida y daremos fruto.

Con un mínimo de conocimiento de botánica es fácil deducir que la rama de una vid se mantendrá viva y estará en la capacidad de dar fruto (las hojas y los racimos de uvas) sólo en la medida en que esté unida al tronco. El tronco lleva el agua, la savia que alimenta a la rama y le da la “fuerza” para dar fruto. Si quebramos la rama y la separamos del tronco, ésta no tardará en secarse y ciertamente no producirá fruto alguno.

Dentro de las muchas aplicaciones que se pueden hacer de esta rica figura evangélica detengámonos a meditar en un aspecto que nos toca personalmente: nuestra vida espiritual. Un primer elemento que salta a la vista es que las ramas de una vid no son autosuficientes. Dependen totalmente de la vid —y de su unión a ella— para vivir y fructificar. No es distinto en la vida espiritual. Todos los cristianos —que significa ser de Cristo— hemos sido “injertados” en Cristo, unidos a Él en el Bautismo y así hemos recibido la vida nueva y verdadera. Dependemos totalmente del Señor para vivir espiritualmente y para poder dar ese fruto que Él nos llama a dar: la santidad. Habría que precisar que como discípulos de Jesús nuestro empeño por vivir unidos a Él se tiene que verificar en la vida cotidiana. Es decir, no estemos a la espera de situaciones ideales para empezar a cultivar esa relación con el Señor. Por el contrario, Él se hace cercano a nosotros justamente en las situaciones de cada día, en los problemas, desafíos, dolores, alegrías y esperanzas que acompañan nuestros días.

Profundizando un poco, San Agustín explica claramente los alcances de las palabras de Jesús: «Para evitar que alguno pudiera pensar que la rama puede producir algún fruto, no dice [Jesús] que sin Mí podrán hacer un poco, sino que dijo: Sin MíNADApueden hacer». Ciertamente que el Señor se refiere a los frutos de la vida espiritual, a los frutos de conversión y santidad. Podemos “hacer” muchas cosas, producir muchos bienes, incluso ser “buenas personas”, con muchas capacidades y talentos que nos permitan desempeñarnos con eficiencia y éxito. Pero si estamos lejos de Él, o peor aún si vivimos de espaldas a Él, separados de la Vid, esos “frutos” no permanecerán, no nos enriquecerán espiritualmente, carecerán de la verdadera vida pues existirá en nuestro interior un divorcio invisible de consecuencias imprevisibles.

Ahora bien, mientras que la rama de un árbol permanece unida al tronco por la fuerza de sus tejidos y estructura, en la vida espiritual lo que nos mantiene unidos a Jesús, lo que nos hace permanecer en Él, es la fuerza del amor. Y ahí la cosa se nos complica un poco porque el amor implica libertad, implica respuesta y compromiso. No es algo mecánico. Jesús nos ha amado primero: «como el Padre me amó, yo también los he amado» (Jn15,9). Y nos invita a amarlo y permanecer en su amor: «permanezcan en mi amor» (Jn15,9). Contamos con la fuerza de Dios para poder hacerlo: ¡Él nos ha amado primero! Nosotros, desde una opción libre y perseverante, somos invitados a cooperar con su gracia. Y ello significa crecer en nuestra relación personal con Jesús.

¿Qué significa permaneceren Él? Significa conocerlo, amarlo, mantener una relación personal con Él. ¿Cómo hacerlo? El Papa Benedicto XVI tiene unas palabras muy iluminadoras al respecto: «Queridos amigos, los invito a cultivar la vida espiritual. Jesús dijo: “Yo soy la vid, ustedes las ramas. El que permanece en Mí y yo en él, ese da mucho fruto; porque separados de Mí no pueden hacer nada” (Jn15, 5). Jesús no hace juegos de palabras; es claro y directo. Todos le entienden y toman posición. La vida del alma es encuentro con Él, Rostro concreto de Dios. Es oración silenciosa y perseverante, es vida sacramental, es Evangelio meditado, es acompañamiento espiritual, es pertenencia cordial a la Iglesia, a sus comunidades eclesiales».

Si cada uno hace lo que tiene que hacer, el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia estará sano y lleno de frutos. Si algunas ramas se secan, todo el árbol sufre. No somos islas. Nuestro compromiso por ser santos, por profundizar en nuestra vida espiritual, por permanecer en el Señor, tiene también consecuencias sociales. Por eso es tan cierto aquello de que si queremos contribuir a cambiar el mundo, tenemos que empezar con nuestra propia vida.

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