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Para aprender a buscar la corona incorruptible

Por Kenneth Pierce

Hemos venido destacando en las últimas semanas que la templanza que nos pide vivir el Apóstol Pedro tiene un horizonte positivo. No es, como muchas personas suponen, el recortar una parte de nuestra humanidad. Ahora bien no hay que olvidar que a veces la templanza sí tiene un componente, en cierto sentido, restrictivo. Lo expresaba bien San Pablo cuando decía: «Los atletas se privan de todo; y eso ¡por una corona corruptible!; nosotros, en cambio, por una incorruptible» (1Cor 9,25).

A veces la templanza nos lleva a renunciar a cosas que son lícitas en sí mismas. Una gran pregunta que nos podemos hacer, frente a este aspecto de la templanza, es: ¿cuál es el sentido de renunciar a algo que en sí es bueno? La respuesta no es difícil de hallar. Lo hacemos con vistas a un fin mayor. Se renuncia en un determinado momento a algo bueno para alcanzar algo que se entiende como mejor.

Es similar a lo que vivimos, por ejemplo, en la Cuaresma, donde la dinámica de purificación y preparación nos invita a que renunciemos a ciertas cosas que no son malas en sí mismas. Podemos renunciar a comer algo que nos gusta porque queremos educarnos a no dejarnos llevar por nuestros gustos, o porque podemos ofrecer esa renuncia con alguna intención superior.

La templanza nos lleva a no dejar que el gusto o el deseo natural interfiera con las propias convicciones, obligaciones, o metas propuestas. Esto nos recuerda otro aspecto muy importante de la templanza. Esta exige una cada vez mayor conversión y comprensión de la realidad. Es decir, necesita que miremos cada vez más nuestra vida y nuestra realidad con los ojos de Dios, y que a partir de esa mirada demos el justo valor a todo lo que nos rodea.

Una comprensión correcta de la realidad humana nos evidencia el valor y utilidad de las diversas dimensiones de la persona humana y de las cosas que nos rodean. Esa visión nos da la escala justa para darle a cada cosa su valor, y saber cuándo conviene renunciar a algo lícito con vistas a un bien mayor. Así, cuerpo, alma y espíritu, y todo lo material, no se ven como opuestos uno al otro, sino como dimensiones que deben ser estimadas y utilizadas acordemente, dándole a cada lugar su lugar en nuestro camino hacia la santidad.

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