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Oración del sábado: “Mi alma canta la grandeza del Señor”

+  En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Oración inicial

Con alegría al comenzar mi oración Señor, quiero reconocer la grandeza de tu amor. Quiero darte las gracias por los dones recibidos de tus manos generosas y a seguir pidiéndote la gracia necesaria para responder con generosidad a la misión de amor que tienes para mí.

Acto penitencial

Hago en silencio un breve examen de conciencia de mi último día:

Te pido perdón Señor porque a pesar de tu bondad infinita sigo cayendo en el pecado, sigo cometiendo errores. Pero me acerco a Ti, con la seguridad de que tu misericordia es eterna y tu paciencia se mantiene a pesar de mis caídas. Con esa seguridad te pido que me des la gracia necesaria para caminar con los ojos puestos en el horizonte de esperanza y con el corazón ardoroso por la consciencia de la grandeza de tu amor.

Lectura Bíblica según el Evangelio del día: “Mi alma canta la grandeza del Señor” (Lc 1,46-56)

María dijo entonces: “Mi alma canta la grandeza del Señor, 
y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador, 
porque el miró con bondad la pequeñez de tu servidora. En adelante todas las generaciones me llamarán feliz, 
porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas: ¡su Nombre es santo! 
Su misericordia se extiende de generación en generación sobre aquellos que lo temen. 
Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. 
Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes. 
Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías. 
Socorrió a Israel, su servidor, acordándose de su misericordia, 
como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y de su descendencia para siempre”. 
María permaneció con Isabel unos tres meses y luego regresó a su casa.

Lectura espiritual breve

Meditemos en el cántico de María con estas palabras del Papa Francisco:

María camina llevando la alegría de quien canta las maravillas que Dios ha hecho con la pequeñez de su servidora. A su paso, como buena Madre, suscita el canto dando voz a tantos que de una u otra forma sentían que no podían cantar. Le da la palabra a Juan —que salta en el seno de su madre—, le da la palabra a Isabel —que comienza a bendecir —, al anciano Simeón —y lo hace profetizar y soñar —, enseña al Verbo a balbucear sus primeras palabras.

En la escuela de María aprendemos que su vida está marcada no por el protagonismo sino por la capacidad de hacer que los otros sean protagonistas. Brinda coraje, enseña a hablar y sobre todo anima a vivir la audacia de la fe y la esperanza. De esta manera ella se vuelve trasparencia del rostro del Señor que muestra su poder invitando a participar y convoca en la construcción de su templo vivo. Así lo hizo con el indiecito Juan Diego y con tantos otros a quienes, sacando del anonimato, les dio voz, les hizo conocer su rostro e historia y los hizo protagonistas de esta, nuestra historia de salvación. El Señor no busca el aplauso egoísta o la admiración mundana. Su gloria está en hacer a sus hijos protagonistas de la creación. Con corazón de madre, ella busca levantar y dignificar a todos aquellos que, por distintas razones y circunstancias, fueron inmersos en el abandono y el olvido.

En la escuela de María aprendemos el protagonismo que no necesita humillar, maltratar, desprestigiar o burlarse de los otros para sentirse valioso o importante; que no recurre a la violencia física o psicológica para sentirse seguro o protegido. Es el protagonismo que no le tiene miedo a la ternura y la caricia, y que sabe que su mejor rostro es el servicio. En su escuela aprendemos auténtico protagonismo, dignificar a todo el que está caído y hacerlo con la fuerza omnipotente del amor divino, que es la fuerza irresistible de su promesa de misericordia.

En María, el Señor desmiente la tentación de dar protagonismo a la fuerza de la intimidación y del poder, al grito del más fuerte o del hacerse valer en base a la mentira y a la manipulación. Con María, el Señor custodia a los creyentes para que no se les endurezca el corazón y puedan conocer constantemente la renovada y renovadora fuerza de la solidaridad, capaz de escuchar el latir de Dios en el corazón de los hombres y mujeres de nuestros pueblos.

Breve meditación personal

Haz silencio en tu interior y pregúntate:

1.- ¿Qué me dice el evangelio que he leído?

2.- ¿Cómo ilumina mi vida?

3.- ¿Qué tengo que cambiar para ser más como Jesús?

4.- ¿Qué me falta para ser más como Él?

Acción de gracias y peticiones personales

Te doy gracias Señor por la abundancia de tu amor, y particularmente por este encuentro que he podido tener con tu Palabra. Te pido que me ayudes a maravillarme cada día más con las inmensas grandezas que obras en nuestras vidas, en especial por el don infinito de habernos dejado a María como nuestra Madre.

Amén

Si quieres, puedes pedirle al Señor por tus intenciones.

Reza un Padre Nuestro, un Ave María y un Gloria…

Consagración a María

Pidámosle a María que nos acompañe siempre:

Madre del Redentor, Virgen fecunda
puerta del Cielo
siempre abierta,
estrella del mar
ven a librar al pueblo que tropieza
y se quiere levantar.

Ante la admiración
de cielo y tierra,
engendraste a tu Santo Creador,
y permanecés siempre Virgen,
recibe el saludo del ángel Gabriel
y ten piedad de nosotros pecadores.

+  En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

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