Luz

Oración del martes: “Cuando hayan levantado al Hijo del hombre, entonces sabrán que Yo Soy“

+  En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Oración inicial

Puesto en tu presencia, Señor mío, te quiero agradecer por este momento de oración. Ilumíname con la luz de tu Espíritu para que pueda comprender cada vez mejor tu palabra, interiorizarla, y vivirla en el día a día con mayor fidelidad.

Acto penitencial

Hago en silencio un breve examen de conciencia de mi último día.

Sé, Señor, que muchas veces me aparto de Ti. Sé que muchas veces prefiero mis planes, sobre todo cuando Tú me invitas a la generosidad y al sacrificio. Te pido perdón, Señor, y pido también tu auxilio para no escandalizarme frente a tu Cruz y, por el contrario, abrazarla con amor.

Lectura Bíblica según el Evangelio del día: “Cuando hayan levantado al Hijo del hombre, entonces sabrán que Yo Soy” (San Juan 8,21-30).

Jesús les dijo otra vez: «Yo me voy y ustedes me buscarán, y morirán en su pecado. Adonde yo voy, ustedes no pueden ir». Los judíos se decían: «¿Es que se va a suicidar, pues dice: “Adonde yo voy, ustedes no pueden ir?”. Él les decía: «Ustedes son de abajo, yo soy de arriba. Ustedes son de este mundo, yo no soy de este mundo. Ya les he dicho que morirán en sus pecados, porque si no creen que Yo Soy, morirán en sus pecados». Entonces le decían: «¿Quién eres tú?» Jesús les respondió: «Desde el principio, lo que les estoy diciendo. Mucho podría hablar de ustedes y juzgar, pero el que me ha enviado es veraz, y lo que le he oído a él es lo que hablo al mundo». No comprendieron que les hablaba del Padre. Les dijo, pues, Jesús: «Cuando hayan levantado al Hijo del hombre, entonces sabrán que Yo Soy, y que no hago nada por mi propia cuenta; sino que, lo que el Padre me ha enseñado, eso es lo que hablo. Y el que me ha enviado está conmigo: no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada a él». Al hablar así, muchos creyeron en él.

Lectura espiritual breve

Lee con atención la siguiente reflexión que te ayudará a profundizar el evangelio:

El Pueblo de Israel estuvo peregrino por cuarenta años en el desierto, antes de llegar a la tierra prometida. Pero en medio de esta experiencia unas serpientes venenosas los empezaron a picar. Y Moisés mandó levantar una serpiente de bronce, para que todo aquél que la mire, quede curado. Esa serpiente de bronce que fue levantada era figura de Cristo, que también fue levantado en la cruz y más aún en la resurrección. “Cuando levantéis al Hijo del hombre, sabréis que yo soy”, nos ha dicho el Señor hoy en el Evangelio. 

No sabemos bien cómo eran curados de sus males los israelitas al mirar a la serpiente. Pero sabemos que mirar al Señor con fe, a Cristo muerto y resucitado sí nos cura, nos sana el corazón. Mirar al Señor en la cruz significa estar con Él, aprender de Él, tener la valentía también de cargar nuestra cruz, como Él lo hizo. Es el antídoto eficaz contra nuestro egoísmo y nuestra mezquindad. Nos estamos preparando en la cuaresma justo para eso, para ver a Jesús elevado, muerto y resucitado. Al ver al Señor así, que sea una invitación a no rechazar nuestra propia cruz, sino asumirla y cargarla con amor. Besarla y abrazarnos a ella. Carguemos con firmeza la cruz de nuestros compromisos cuaresmales. Asumamos nuestras flaquezas, debilidades, dificultades, problemas, con amor, como un verdadero tiempo de conversión. Y así llegaremos a celebrar esta pascua con un corazón renovado.

Breve meditación personal

Haz silencio en tu interior y pregúntate:

1.- ¿Qué me dice el evangelio que he leído?

2.- ¿Cómo ilumina mi vida?

3.- ¿Qué tengo que cambiar para ser más como Jesús?

4.- ¿Qué me falta para ser más como Él?

Acción de gracias y peticiones personales

Gracias, Señor, porque me renuevas en el deseo de seguirte más de cerca y de amarte cada vez más. En estos días en los que me preparo para la Semana Santa ayúdame a comprender mejor el sentido de tu Cruz, para acogerla y crecer en santidad y caridad.
Amén

Si quieres, puedes pedirle al Señor por tus intenciones.

  Reza un Padre Nuestro, un Ave María y un Gloria…

Consagración a María

Pidámosle a María que nos acompañe siempre:

Acuérdate,
¡oh piadosísima, Virgen María!,
que jamás se ha oído decir
que ninguno de los que
han acudido a tu protección,
implorando tu auxilio
haya sido abandonado de Ti.

Animado con esta confianza,
a Ti también yo acudo,
y me atrevo a implorarte
a pesar del peso de mis pecados.

¡Oh Madre del Verbo!,
no desatiendas mis súplicas,
antes bien acógelas benignamente.
Amén

+  En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén

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