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Oración del lunes: “Cuídense de toda avaricia, porque aún en medio de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas”

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+  En el nombre del Padre y, del Hijo, y del Espíritu Santo: Amén.

Oración inicial

Señor Jesús, Amigo Fiel, gracias por este nuevo día de vida. Gracias también por este momento de encuentro contigo en el que me das la ocasión de alimentarme con tu Palabra de Verdad.

Acto penitencial

– (Hago en silencio un breve examen de conciencia de mi último día).

Señor, soy consciente de que muchas veces escojo mal mis caminos y opto por alejarme de Ti. Te pido perdón de todo corazón. Sé que Tú eres Bueno y Misericordioso y, lejos de asustarte con mis heridas y rupturas, me curarás con tu amor y me llevarás a la casa del Padre.

Lectura Bíblica según el Evangelio del día:“Cuídense de toda avaricia, porque aún en medio de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas” (San Lucas 12,13-21)

Uno de la multitud le dijo: “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”. Jesús le respondió: “Amigo, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre ustedes?”. Después les dijo: “Cuídense de toda avaricia, porque aún en medio de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas”. Les dijo entonces una parábola: “Había un hombre rico, cuyas tierras habían producido mucho, y se preguntaba a sí mismo: ‘¿Qué voy a hacer? No tengo dónde guardar mi cosecha’. Después pensó: ‘Voy a hacer esto: demoleré mis graneros, construiré otros más grandes y amontonaré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida’. Pero Dios le dijo: ‘Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?’. Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios”.

Lectura espiritual breve

Meditemos lo que nos dice en estas palabras el Padre Sebastián Correa:

Vivimos en un mundo donde muchos aspectos materiales nos son fundamentales, pues debemos comer, tener un techo digno, acceso a la salud, y muchas otras cosas sin las cuales es difícil sobrevivir. Pero junto con esas cosas materiales esenciales, también nos vamos llenando de “falsas necesidades” que pueden parecer fundamentales en un inicio pero que con el tiempo descubrimos que realmente no lo son. Y por lo mismo podemos pasarnos la vida tratando siempre de tener más cosas o más riquezas, para cubrir esas supuestas necesidades y descuidamos nuestro tiempo y atención en lo esencial: la eternidad.

Es por ello que el Señor nos exhorta con el Evangelio a cuidarnos de la avaricia. El problema no es tener cosas materiales, sino poner nuestra seguridad y esperanza en ellas. Para cuidarnos de la avaricia podemos utilizar con periodicidad estas tres preguntas: ¿Realmente necesito esto que estoy tratando de conseguir? ¿Tenerlo me ayuda a ser más santo? ¿Guardar o acumular esto me ayuda a vivir la caridad?

Breve meditación personal

– (Haz silencio en tu interior y pregúntate:)

1.- ¿Descubres en tu corazón apego a las cosas materiales?

2.- ¿Tienes tu esperanza puesta en el Señor y sus promesas, o la tienes en las cosas de este mundo?

Acción de gracias y peticiones personales

Gracias Señor porque me has concedido este momento de oración, de encuentro contigo. Cuídame Amigo de toda avaricia. Que yo jamás ponga mi corazón en las cosas terrenas, sino que busque siempre las eternas. Ayúdame a vivir la caridad y la misericordia con el necesitado, así como Tú la vives día a día conmigo. Amén.

– (Si quieres, puedes pedirle al Señor por tus intenciones).

 – Reza un Padre Nuestro, un Ave María y un Gloria…

Consagración a María

–  Termina esta oración rezándole a María:

¡Oh Señora mía, oh Madre mía!,
yo me entrego del todo a Ti,
y en prueba de mi filial afecto,
te consagro en este día
mis ojos, mis oídos, mi lengua y mi corazón,
en una palabra, todo mi ser,
ya que soy todo tuyo,
¡oh Madre de bondad!,
guárdame y protégeme como hijo tuyo. Amén.

+  En el nombre del Padre y, del Hijo, y del Espíritu Santo: Amén.

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