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Meditación para el Jueves Santo

Hoy es jueves Santo. Se inicia el triduo pascual. Se inicia ese tiempo especial en el que anualmente tenemos la oportunidad de hacer un alto en el camino para meditar y rememorar los misterios centrales de nuestra Fe. Son días para dejarnos impactar por la grandeza del amor de Dios que una vez más sale a nuestro encuentro y nos levanta del polvo de nuestro pecado y miseria. Jesús nos ama. Se entrega por nosotros, hasta el extremo; Jesús te ama, quiere hacerte partícipe del don de la Salvación que ha venido a traernos.

Hoy conmemoramos la noche en la que el Señor Jesús instituyó el Sacramento de la Eucaristía. Hoy es un día para meditar y profundizar en la grandeza de ese misterio maravilloso que es la Eucaristía. Hoy debemos dejar que nos envuelva el “asombro eucarístico”. Asombro ante el misterio grande que es la Eucaristía: presencia real del Señor Jesús en medio de su Pueblo. ¡Qué cortas quedan las palabras para expresar tan grande misterio! Presencial Real del Señor Jesús. Asombro que debemos aprender a cultivar en nuestra vida cristiana para dejarnos evangelizar y reconciliar por esa Presencia Real del Señor en medio de nosotros.

El Señor está realmente presente en medio de nosotros en la Eucaristía. Son palabras que tantas veces hemos escuchado, tal vez repetido y enseñado. Pero, cuánto nos hemos rutinizado ante el misterio de la presencia de Jesús. Por ello pienso que la primera dimensión que nunca podemos dejar de atender en nuestra vida cristiana ante el milagro admirable del sacramento eucarístico es la reverencia.

Reflexionemos en un pasaje del Antiguo Testamento que seguramente todos conocemos: la Revelación de Dios a Moisés en la zarza ardiente.

«Moisés, que apacentaba las ovejas de su suegro Jetró, el sacerdote de Madián, llevó una vez el rebaño más allá del desierto y llegó a la montaña de Dios, al Horeb. 2 Allí se le apareció el Ángel del Señor en una llama de fuego, que salía de en medio de la zarza. Al ver que la zarza ardía sin consumirse, 3 Moisés pensó: “Voy a observar este grandioso espectáculo. ¿Por qué será que la zarza no se consume?”. 4 Cuando el Señor vio que él se apartaba del camino para mirar, lo llamó desde la zarza, diciendo: “¡Moisés, Moisés!”. “Aquí estoy”, respondió él. 5Entonces Dios le dijo: “No te acerques hasta aquí. Quítate las sandalias, porque el suelo que estás pisando es una tierra santa”. 6 Luego siguió diciendo: “Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob”. Moisés se cubrió el rostro porque tuvo miedo de ver a Dios» (Ex 3,1-6).

Ante todo, se debe resaltar la esfera sagrada del encuentro entre Dios que se manifiesta y la criatura que es invitada al encuentro con Dios. Dios se manifiesta a través de una realidad física extraordinaria, que llama la atención de Moisés: «Dijo Moisés: “voy a acercarme para ver este extraño caso: por qué no se consume la zarza”». Tenemos acá, pienso, una primera consideración: Dios invita a la persona a entrar en relación con Él; en este caso lo hace a través de esta realidad física extraordinaria; y Moisés se deja de alguna manera interpelar por esa realidad fuera de lo común y se acerca a ver. Notemos que se trata de un hecho portentoso: una zarza, un arbusto que arde sin consumirse.

Se debe explicitar que se trata de un signo muy elocuente de la realidad divina, pues es un fuego que no consume el elemento —en este caso una zarza, un arbusto— que le sirve de combustible. Es decir, podríamos decir que de alguna manera el fuego se alimenta de una realidad sin destruirla; la zarza permanece y el fuego se mantiene vivo. Físicamente es algo imposible; es un signo que habla de que lo que ocurre es obra de alguien que trasciende las fuerzas naturales. Y Moisés se deja tocar, como decía, por esa realidad. Se asombra, se maravilla ante esa realidad que lo saca de la cotidianeidad de su existencia y lo pone en las orillas del misterio.

Entonces el Señor, viendo que Moisés se acerca sorprendido, asombrado a la zarza, le dice: «Moisés, Moisés». Lo llama por su nombre, y Moisés responde, «heme aquí». La invitación al diálogo, a la relación entre la criatura y el Creador, entre la naturaleza humana y la realidad sobrenatural de Dios, se da en términos de un profundo respeto por parte de Dios y de una llamada personal; es una relación, pues, que toma en cuenta a la persona, con todo lo que ello implica.

Ahora bien, el Señor inmediatamente añade: «No te acerques aquí; quita las sandalias de tus pies, porque el lugar en que estás es tierra sagrada». El Señor invita a Moisés a tomar consciencia del espacio y el lugar sagrado en el que se encuentra. Podríamos decir que explicita que es Él, que Moisés ha salido de la esfera de lo cotidiano, para introducirse en la realidad sobrenatural de la manifestación de Dios. Y muestra palpable de ello es la invitación a descalzarse.

Este símbolo de quitarse las sandalias tiene diversos significados. En la misma Biblia, hay otros lugares en los cuales significa un acto de purificación previo a entrar en un lugar santo. La sandalia de alguna manera está “contaminada” con el polvo del camino recorrido… Es, pues, una invitación a despojarse de algo impuro para así poder entrar en un lugar que está habitado por Aquel que es el todo Santo y que con su presencia santifica. Por otro lado, quitarse las sandalias es también señal de respeto y de sumisión, de reconocimiento de la dignidad y superioridad de aquel en cuya presencia se está entrando. En este sentido, tomemos en cuenta que inmediatamente el Señor se “identifica”: «Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob». Ante esa manifestación abierta de la trascendencia, Moisés —dice la Escritura— «se cubrió el rostro».

Desde otra perspectiva, la invitación a quitarse las sandalias es también una invitación a entrar en intimidad. Así por ejemplo, y no sólo en Israel, era costumbre descalzarse antes de entrar en la tienda, es decir la morada, en el lugar donde otro habitaba.

Estos elementos, que no son excluyentes, sino por el contrario son diversas dimensiones de una actitud vital que el Señor invita a Moisés a tener ante su presencia, ofrecen un marco muy rico de reflexión para nosotros en relación al misterio de la Eucaristía.

En primer lugar el asombro ante el misterio. En la Eucaristía no encontramos ya un portento físico que deslumbre nuestros sentidos —como la zarza ardiente—. Sin embargo, bajo esa humilde apariencia de pan y vino está realmente presente Dios. Tomemos consciencia de que en la hostia y el vino consagrados está realmente presente el Señor Jesús, Dios y hombre verdadero. Lo que en las figuras del Antiguo Testamento se presentaba velado bajo representaciones Jesús lo ha venido a manifestar plenamente en su propia persona. Él es el Verbo Encarnado, Dios mismo que se ha hecho hombre para rescatar al hombre… en Él se han cumplido todas las promesas de la Antigua Alianza… Él es la Palabra definitiva del Padre… Y en la Eucaristía ha querido quedarse con nosotros, realmente presente, hasta el fin de los tiempos. Por ello es que no dudamos en afirmar que la Eucaristía es el tesoro más grande que tiene la Iglesia, pues en Cristo mismo… Cuánto mayor debe ser, pues, nuestro asombro, nuestra reverencia ante la grandeza de ese misterio de amor. Pero, cómo nos traiciona la superficialidad y la rutina. Como nuestros ojos de la carne no ven nada extraordinario —y qué acostumbrados estamos a buscar que nuestros sentidos exteriores se exciten por estímulos—, entonces la presencia real del Señor puede pasarnos inadvertida. No podemos, pues, nunca perder el sentido de lo sagrado en nuestra vida cristiana, ese “asombro” ante el misterio. Y ante la Sagrada Eucaristía debemos, desde esa apertura al misterio, renovar una y otra vez nuestra fe: “Oh buen Jesús, yo creo firmemente que por mi bien estás en el altar”. Estás Tú, Señor; llamándome, esperándome para darme la vida verdadera.

Hoy en día son muchos los obstáculos que encontramos en nuestra vida cotidiana para vivir una vida cristiana coherente, y particularmente para crecer en nuestra piedad eucarística. Nuestra sociedad, decía en una ocasión el Cardenal Ratzinger propicia una “difamación de lo sacro y una mistificación de los profano”. Lo sagrado hoy se banaliza, no se entiende que hay una real frontera que cruzamos cuando entramos en contacto con lo sagrado. No hay separación ni ruptura, pero ciertamente al acercarnos a la dimensión sagrada de la presencia del Señor entre nosotros, ingresamos a un espacio distinto; es un espacio sagrado. Y es sagrado no por la acción de los hombres, sino por la presencia real del Señor que está en medio de nosotros.

Ahora bien, ¿Cómo hacer para no perder ese sentido de lo sagrado? ¿Cómo hacer para que la rutina, la participación repetida de una serie de acciones y ritos, no oscurezca y de alguna manera “banalice” la realidad sagrada que en ellos se realiza? Son preguntas que interpelan y plantean una serie de desafíos. Algunas consideraciones que podemos hacer al respecto:

  • se requiere una actitud de permanente renovación interior, nutrida de un profundo sentido de humildad ante lo sagrado, de asombro y de maravilla. Esto lleva a la necesidad de una constante renovación interior en la consciencia de quién es Aquel que se hace presente en la Eucaristía.
  • se requiere el cultivo de virtudes concretas que ayuden a mantener siempre vivo ese sentido de lo sagrado es imprescindible. Entre ellas habría que destacar el cultivo de una virtud muy especial: la reverenciacomo una especie de virtud-síntesis que dispone ante lo sagrado.
  • es muy distinto si alguien participa de una ceremonia de la que conoce poco y entiende menos a que si alguien va poco a poco tomando conocimiento de qué es lo que sucede en la misa. Para ello es importante la formación en la fe. Pero no solamente conocer el desarrollo de las celebraciones, etc… tal vez lo más importante sea conocer más a Jesús. Y es que si no lo conocemos no podemos amarlo.
  • se requiere también un esfuerzo perseverante por crecer en la piedad, esa virtud de relación de amor con Dios, especialmente la piedad eucarística por la que conscientes del don inmenso que en ella recibimos buscamos manifestar al Señor allí presente expresiones de amor, de afecto, de adhesión de corazón.

Esta dimensión sagrada de la vida cristiana, que se manifiesta de modo único y extraordinario en la Eucaristía, no es algo ajeno al ser humano. Por el contrario, todos nosotros, todo hombre y mujer, vive de diversas maneras, a veces incluso contradictorias, anhelando ese encuentro con lo sagrado en su vida. No nos basta la feria de vanidades que el mundo nos ofrece. Frente a los anhelos más profundos del corazón, las ofertas del mundo —sin que necesariamente sean malas o pecaminosas— se quedan cortas. En este sentido, el pasaje de la zarza ardiente nos pone a consideración un segundo elemento: viendo que Moisés se acerca sorprendido, asombrado a la zarza, el Señor le dice: «Moisés, Moisés». Lo llama por su nombre, y Moisés responde, «heme aquí». Se da, pues, una relación personal entre Dios y Moisés.

En la Eucaristía esa relación personal es llevada a su culmen por Jesús. Cristo, al hacerse uno de nosotros, verdaderamente hombre, ha tendido como dice la Carta a los Hebreos, un puente entre Dios y los hombres. Lo que el pecado había roto, esa intimidad entre Adán y Eva y el Creador, el Señor Jesús lo ha restablecido. En Él no hay más división ni lejanía. Es “Dios con nosotros”. Él ha querido hacerse realmente presente en la Eucaristía, quedarse en el Sagrario, y te invita a ser su amigo, te llama por tu nombre y te dice: “estoy tocando a tu puerta, si me abres entraré en tu casa y cenaremos juntos”. El Señor nos llama a una vida de intimidad con Él. En cada Eucaristía conmemoramos su sacrificio de amor, su muerte y Resurrección, y Él vuelve a darse como alimento verdadero que da la vida verdadera. Relación personal. Te llama por tu nombre, como a Moisés. Y tú, ¿qué le respondes? Cuando escuchas la voz del Señor, cuando escuchas que llama a tu puerta, ¿qué haces?

Volvamos al pasaje de Moisés y la zarza ardiente para señalar un tercer elemento. «No te acerques aquí; quita las sandalias de tus pies, porque el lugar en que estás es tierra sagrada». Es una invitación de Dios a despojarse de toda impureza antes de entrar en esa relación con lo santo, con lo sagrado. Esta dimensión apunta también a que tomemos consciencia de la realidad del pecado en nuestras vidas y de la necesidad de purificarnos, o más bien dejarnos purificar por el fuego del Espíritu Santo. Quitarse las sandalias es, pues, una invitación fuerte y clara a todos los invitados a participar en el Sacramento del Amor; es una invitación a purificar nuestro corazón para poder acoger al Señor que viene a nuestro encuentro. ¿Quién de nosotros puede decir que está sin pecado? Todos necesitamos del perdón de Dios; reconocer que somos frágiles y acudir con confianza y humildad a pedirle perdón a Dios. Y ¿cómo nos vamos a acercar a recibir al Señor realmente presente en la hostia consagrada si tenemos consciencia de pecado grave? Quién recibiría a una huésped querido, importante, en una casa sucia desordenada? No tengamos miedo en pedir misericordia a Dios por nuestro peceado, en acudir al Sacramento de la Reconciliación, a la confesión, y purificar con confianza y humildad nuestro corazón. Dios es infinitamente bueno y paciente. Tenemos que quitarnos las sandalias empolvadas con la suciedad del pecado, purificarnos y disponernos para entrar en la intimidad con Dios en la Eucaristía.

Frente a esta realidad, el ideal de una vida de gracia, de una vida en el Señor reclama nuestro compromiso. El compromiso se alimenta de una relación personal con el Señor, y particularmente de una piedad eucarística en la que nuestro amor vaya creciendo y creciendo. El compromiso con una persona real, Jesús, es acicate para cambiar en nuestras vidas todo aquello que obstaculiza nuestro crecimiento como personas, todo aquello que nos aleja del bien. La Eucaristía es, pues, alimento que nos fortalece en la lucha espiritual; es consuelo para los momentos de dificultad; es fuente de auténtica e inacabable alegría. Frente a lo pasajero de la vida, frente a los vacuo de muchas realidades que nos ilusionan, frente a lo efímero de la existencia, la Eucaristía es prenda de vida eterna, es presencia de aquello que permanece para siempre, que no pasa, que nos da seguridad y confianza: es la presencia del Señor mismo.

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