hor

Lo esencial es el amor

Por Ignacio Blanco

Evangelio según san Mateo 22,34-40

En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, formaron grupo, y uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?». Él le dijo: «“Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser”. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas».

Deberíamos estar muy agradecidos con ese hombre que, más allá de sus intenciones —que sólo Dios puede juzgar—, formula una pregunta a la que Jesús responde con una palabras que tocan el corazón de su Evangelio así como el corazón de toda persona. El fariseo hace una pregunta que para la mentalidad de la época era muy difícil de responder. Habían más de 600 preceptos en la Ley. ¿Cuál era el principal?

Jesús no duda. Su respuesta es contundente y definitiva. La grandeza de su respuesta está, entre otras cosas, en que lleva nuestra mirada a lo esencial. A lo esencial de la Ley; a lo esencial de la existencia humana; a lo que debe ser esencial en nuestra propia vida.

¡Qué difícil es hoy hablar del amor! Esta palabra sublime, que la Escritura utiliza para expresar la esencia misma de Dios (ver 1Jn 4,16), hoy se quiere convertir en una “experiencia” tejida muchas veces con los hilos de nuestro capricho cuando no mutilada por la estrechez de nuestro egoísmo. Y sin embargo Jesús nos habla del amor. Hoy, más de 2000 años después, seguimos escuchando su respuesta contundente: el principal y más grande mandamiento es amar a Dios sobre todas las cosas; el segundo, semejante al primero, es amar al prójimo como a uno mismo. Jesús nos ayuda a recuperar la profundidad del amor y nos invita a lanzarnos sin miedo a vivirlo en toda su grandeza y exigencias, sin miedos ni titubeos, sin recortes ni mordazas.

Jesús nos revela, tomando unas palabras del Antiguo Testamento, que el amor a Dios es totalizante. Debemos amarlo por sobre todas las cosas; y debemos amarlo con todo nuestro ser. La relación de facultades humanas que el Señor hace —con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser— nos indican justamente la totalidad de la persona. No hay aspecto o dimensión de nuestra vida que quede excluida. Es la persona en su integralidad la que ama y es amada. Y eso tiene consecuencias para toda la vida.

Es importante renovarnos siempre en la conciencia de que el mandamiento del amor se fundamenta en una realidad que nos precede: Dios nos ha amado primero. En este sentido, el Señor Jesús nos hace una impactante revelación en el Evangelio de Juan: «el Padre los ama» (Jn 16,27). Es el Hijo, el Verbo encarnado, Aquel que ha visto al Padre y puede dar testimonio de Él, quien nos asegura que somos amados por el Padre. Si nos hacemos el espacio interior para considerar estas palabras, ¿no lo cambian todo? Sobre ese fundamento nuestra existencia encuentra solidez, seguridad total. Es la realidad más “real” a la que podemos aspirar, aunque tal vez no la veamos ni la sintamos según nuestros parámetros.

Jesús ha respondido a la pregunta del fariseo. Sin embargo el Maestro va más allá: «El segundo [mandamiento] es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”». Cristo pone la prioridad absoluta del primer y principal mandamiento al tiempo que nos enseña que el segundo mandamiento no es ni igual ni completamente distinto al primero. Es “semejante”. San Juan Pablo II nos dice al respecto: «Los dos mandamientos no son intercambiables, como si se pudiera cumplir automáticamente el mandamiento del amor a Dios guardando el del amor al prójimo, o viceversa. Tienen consistencia propia, y ambos deben cumplirse. Pero Jesús los une para mostrar a todos que están íntimamente relacionados: es imposible cumplir uno sin poner en práctica el otro».

Esta profunda y compleja relación de semejanza la pone de manifiesto el Espíritu en la carta del Apóstol San Juan. «Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve» (1Jn 4, 20). Y, por otro lado, «en esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos» (1Jn 5, 2). Para saber si verdaderamente amamos a Dios, consideremos si amamos a nuestro prójimo; si queremos saber cómo va nuestro amor al prójimo, ¿no deberíamos preguntarnos si amamos verdaderamente a Dios?

En este vínculo de relación hay un elemento más. El Señor nos invita a amar al prójimo como a nosotros mismos. ¿Cómo amarnos a nosotros mismos sin caer en alguna forma de egoísmo caprichoso o auto-refente? «Ámate tal cual Aquel que te ha amado te ha hecho» nos recomienda San Antonio de Padua. Se trata de dar lugar en el corazón, por la fe, a un recto amor que busca hacerse partícipe del amor de Dios que, como decíamos, nos ha amado primero.

La respuesta del Señor Jesús a la pregunta del experto en la Ley nos lleva a lo esencial para que desde allí se ilumine toda nuestra vida. Toca el misterio de Dios mismo así como el misterio del hombre creado por amor y para el amor, y que es invitado por Jesús a realizarse y ser feliz recorriendo precisamente el camino del amor.

Comentarios

Comentarios

Comparte esta publicación

Share on facebook
Share on google
Share on twitter
Share on linkedin
Share on pinterest
Share on print
Share on email
A %d blogueros les gusta esto: