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Evangelio del Domingo: Libertad de predicar

por Ignacio Blanco

Evangelio según San Mateo 10,26-33

No tengan miedo a los hombres, porque no hay nada secreto que no llegue a descubrirse; nada hay escondido que no llegue a saberse. Lo que les digo de noche díganlo ustedes en pleno día, y lo que escuchen al oído pregónenlo desde la azotea. No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No, teman más bien al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo. ¿No se venden un par de gorriones por unas moneditas? Y, sin embargo, ni uno de ellos cae al suelo sin que el Padre de ustedes lo disponga. En cuanto a ustedes hasta los cabellos de la cabeza Él los tiene contados. Por eso, no tengan miedo; no hay comparación entre ustedes y los gorriones. Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte delante de mi Padre que está en el Cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré delante de mi Padre que está en el Cielo.

Comentando este pasaje del Evangelio de Mateo, un santo de la iglesia, san Juan Crisóstomo, dice que Jesús «no solamente les desvanece todo temor (a sus discípulos), sino que los eleva, con la seguridad de mayores recompensas, en la libertad de predicar la verdad, diciendo: “A todo el que me confesare delante de los hombres, le confesaré Yo también delante de mi Padre, que está en los cielos”». Muy significativas las palabras que usa el santo: “libertad de predicar la verdad”. Reflexionar desde esa perspectiva sobre el mandato que Jesús hace a todos su discípulos de anunciar “en pleno día” lo que Él nos ha dicho y de pregonar “desde la azotea” lo que hemos escuchado, puede ser muy enriquecedor para nuestro compromiso cristiano.

La “libertad de predicar la verdad” nos remite a una experiencia en la que no hay nada que restrinja o coacte nuestra capacidad para poder vivir la fe y anunciar a Jesús. Ser libre, en ese sentido, implica la ausencia de ataduras o impedimentos. Y éstas pueden ser de diversos tipos. Por ejemplo, en un país donde está prohibido profesar la fe cristiana la experiencia de libertad para poder predicar el Evangelio, o incluso para poder practicar la propia fe, se verá seriamente comprometida. De hecho, hoy en día muchos cristianos ven hoy coaccionada su libertad de culto e incluso amenazada su vida por el mero hecho de creer en Jesús.

Pero también hay otro tipo de ataduras que de diversas maneras disminuyen nuestra libertad para predicar la verdad. Pensemos, por ejemplo, en las “cadenas invisibles” que nos pone muchas veces la cultura en medio de la cual vivimos. El Papa Benedicto XVI denunció muchas veces, en ese sentido, la dictadura del relativismo que pretender oprimir nuestra manera de pensar y actuar. En ese ambiente, la libertad interior para predicar a Jesucristo, sin que muchas veces nos demos cuenta, se va reduciendo. ¿Quién no ha llegado a experimentar en algunas circunstancias vergüenza de profesar su fe por temor a ser tildado de “retrógrado” o “cucufato”? Y esto no es algo nuevo. Ya San Pablo exhortaba a los cristianos de su época a no «avergonzarse de dar testimonio del Señor» (2Tim 1, 8).

El impacto de esta manera de pensar no es ajeno a nuestros círculos sociales, laborales y familiares. Es más, siendo en muchos casos la tendencia dominante,  más bien modela la manera como nos solemos relacionar incluso con las personas que nos son más cercanas.

En ese panorama, como discípulos de Jesús que queremos ser fieles a sus enseñanzas y a sus mandatos, conviene que nos preguntemos: ¿qué es lo que, de una u otra manera, coacta o restringe nuestra libertad para predicar la verdad que hemos recibido? Y quizá conviene que comencemos por revisar aquellas ataduras interiores que limitan nuestra libertad. Sobre las exteriores lo más probable es que en lo inmediato no tengamos mucho que hacer. A veces sentimos —y con cierta razón— que poco podemos hacer para cambiar una tendencia cultural, o una ley que atenta contra nuestros valores y principios cristianos. Sin embargo, contrastar nuestra mente y corazón con el ideal evangélico es algo que nada ni nadie nos puede impedir. Y es un paso fundamental para luego, teniendo la mente de Jesús, desde esa experiencia interior de libertad, contribuir a una transformación de la sociedad según el Evangelio.

En este camino el Señor Jesús nos promete su cercanía. Nos invita a confiar en Él, a no tener miedo. Ese es el punto de apoyo firme e inamovible desde el cual podemos comenzar a crecer en libertad y a anunciar la verdad sin temor. Jesús nos conoce mejor que nadie y por tanto sabe de las pesadas cadenas o las ligeras cintitas que nos limitan la libertad de los hijos de Dios. Lo que Él quiere es justamente que vivamos esa libertad que vino a traer a todos los que se abran a vivir en la verdad y según la verdad. Conocer la verdad, vivir en la verdad y experimentar la libertad que la verdad nos da es el horizonte al que el Señor Jesús nos invita (ver Jn 8,31) para anunciarlo sin temor.

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