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La Trinidad: un misterio de amor

 por Ignacio Blanco

Evangelio según San Juan 3,16-18

«Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios».

Si nuestro compromiso por vivir como discípulos de Jesús consistiera únicamente en conocer una serie de principios y códigos de conducta y en procurar que éstos rijan la propia vida, un misterio como el de la Santa Trinidad no pasaría de ser un dogma complicado de entender y sin el cual bien podríamos vivir. Sin embargo, la vida cristiana es mucho más que eso. El corazón de la vida cristiana —si nos permitimos la figura— es el amor. De allí brota, como de una fuente, todo lo demás. Y puesto que el amor implica relación, encuentro, ¿no es acaso fundamental que sepamos quién es Aquel que nos invita al encuentro, a una relación personal? En cualquier relación humana es así. Sería impensable una relación personal con alguien que no conozco, o conozco a medias. ¿Será diferente en relación a Dios? Definitivamente no, y por eso es fundamental que nos preguntemos: ¿Quién es Él? ¿Qué dice Él de sí mismo? La respuesta a esta pregunta constituye el «misterio central de la fe y la vida cristiana» (Catecismo de la Iglesia Católica). Y seguramente tiene mucho más que ver con nuestra vida de lo que podamos imaginar.

Nunca por sí mismo el ser humano hubiera llegado a conocer la realidad íntima de Dios. Tal vez viendo la creación y su propio ser hubiera llegado al convencimiento de la existencia de un Ser superior, creador y razón de lo que existe. Y de hecho muchos pueblos de la antigüedad así lo hicieron. Pero Dios, por amor a cada uno de nosotros, nos ha dado a conocer mucho más de sí mismo. En la plenitud de ese “darse a conocer” (que solemos llamar revelación) nos ha manifestado que la intimidad de Dios no es soledad. Es comunión de personas. Él es un solo Dios y tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Ciertamente es un misterio. Pero eso no significa que sea irracional o totalmente incomprensible.

El Señor Jesús nos ha revelado que «Dios es amor» (1Jn 4,16). Y también nos ha revelado que por amor nos ha creado; por amor se hizo hombre para salvarnos y reconciliarnos del pecado; por amor nos invita a la plenitud de la existencia en la vida eterna. Dios no es, pues, un ser lejano, distante, que supervigila el mundo ajeno al destino de sus creaturas. Dios es un ser personal, que ha querido desde el inicio del mundo relacionarse con nosotros. Nos hizo a su imagen y semejanza y cuando le dimos la espalda con el pecado no sólo no nos abandonó a nuestra suerte miserable sino que comenzó un largo y amoroso proceso de acercamiento al hombre. Camino que culminó en la plenitud de los tiempos, cuando envió a su propio Hijo que se hizo hombre en el seno de María por obra del Espíritu Santo. Jesús, Dios hecho hombre, vivió entre nosotros y murió por amor a nosotros para salvarnos. ¡Nos amó hasta el extremo! ¿Qué nos dice todo esto? ¿Tiene algo que ver con nuestra vida?

Pero el asunto no queda ahí. Dios, Trinidad de Amor, nos invita a entablar una relación de amistad y cercanía con Él. Nos creó para vivir el amor, para vivir el encuentro con nuestros semejantes, y alcanzar la plenitud de ese amor participando en su misma Comunión. El Señor Jesús no nos dice entonces solamente quién es Dios, sino que nos revela también quiénes somos nosotros mismos y cuál es nuestra vocación más grande. El Padre, en el Señor Jesús, con la fuerza del Espíritu, nos ha hecho verdaderos hijos suyos: «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!» (1Jn 3,1). Esto quiere decir que somos hermanos porque tenemos un Padre común. Quiere decir también que nuestras relaciones de amistad y amor están abiertas a ser un reflejo genuino de esa comunión de amor que Dios es en sí mismo. En esa medida nos realizaremos como personas en la donación y el encuentro auténticos. ¿Qué nos dice todo esto? ¿Tiene todo esto algo que ver contigo?

Cuando nos preguntamos, pues, por el origen de nuestra existencia —¿De dónde vengo?—; cuando en nuestro interior se despierta la interrogante sobre nuestro destino final —¿A dónde voy?—; cuando nos preguntamos sobre nuestra propia existencia y su razón de ser —¿Quién soy? ¿Qué hago acá?—; cuando buscamos la fuente de la auténtica felicidad… ¿Quién podrá darnos respuestas consistentes sino Aquel que nos ha creado y se ha hecho uno de nosotros para darnos la vida y enseñarnos a vivirla auténticamente?

Tal vez lo que diferencia a un creyente comprometido de otro que sólo lo es de nombre, es que el primero no sólo dice creer en una serie de principios, sino que está convencido de que Dios es el centro de su vida. Y no de una parte de su vida sino de toda su vida. Encontrarse con Dios Amor no nos deja indiferentes. «Si alguno me ama guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14,23). Ante estas palabras de Jesús, ¿podemos acaso comprometer “una parte” de nuestra vida? El amor no es así. Lo pide todo, pero no para quitárnoslo, sino para darnos todo a cambio, y más. El misterio de Dios Uno y Trino, que es Amor, ciertamente tiene mucho que decirnos.

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