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La reverencia: aprendiendo a hacer extraordinario lo ordinario

Por Kenneth Pierce

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“Reverencia” es una palabra que muchas veces asociamos al respeto por una persona o a un gesto que expresa reconocimiento o veneración. La relacionamos a una experiencia de solemnidad o incluso formalidad en una situación en la que reconocemos frente a nosotros algo que escapa lo ordinario. Ese reconocimiento o conciencia de que nos encontramos en una situación especial nos lleva a comportarnos de una manera particular, de acuerdo a la situación. Por ejemplo, si tuviésemos un encuentro con el presidente de una nación, o acudiésemos a una ceremonia especial, nos preparamos para la ocasión, nos vestimos de modo apropiado, y cuidamos nuestro lenguaje y modales.

La reverencia no es, aunque parezca en primer lugar, solo una cuestión de formas. Las formas, más bien, son expresión de la sensibilidad frente a algo más profundo. La reverencia implica sensibilidad para percibir la realidad y actuar en concordancia. En el marco de la Dirección de San Pedro, la reverencia aparece como un medio para vivir la gnosis, pues nos educa en la sensibilidad para percibir lo que nos rodea a la luz del conocimiento que viene de Dios.

Desde esta perspectiva podemos notar una diferencia con el concepto que usualmente las personas manejan acerca de la reverencia. Por lo general se entiende que debemos ser reverentes en determinados momentos o en situaciones especiales, pero si lo pensamos bien, lo ordinario de la vida siempre tiene un carácter extraordinario cuando tomamos conciencia de la presencia de Dios en nuestras vidas, y en este sentido, siempre debemos vivir con reverencia.

La reverencia entonces no es sólo conciencia de que en el fondo Dios es el fundamento de toda nuestra vida, sino aprender a actuar en concordancia con esa gran verdad. La irreverencia, por el contrario, nos lleva a considerarnos el centro de la realidad, a ser autorreferentes, a cerrarnos ante nuestro prójimo.

La reverencia la podemos vivir, en primer lugar, con nosotros mismos, cuidando nuestra salud física y espiritual. La podemos vivir en nuestra vida de oración, en nuestra participación en la liturgia. La debemos vivir, también, en nuestra relación con los demás, tratando siempre a los demás según su dignidad de hijos de Dios, estando atento a los detalles que son importantes y que demuestran un interés real por el bien de quienes nos rodean. La reverencia me lleva también al cuidado de las cosas materiales, considerándolos dones de Dios que podemos y debemos poner al servicio de su Plan.

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