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La piedad: un modo de vivir para dar gloria a Dios

Por Kenneth Pierce

Si bien el amor debe nutrir toda la vida cristiana, y cada paso de la escalera espiritual que San Pedro nos propone, los últimos tres escalones nos alientan a vivirlo de un modo más intenso. Estos tres últimos escalones son la piedad, el amor fraterno, y la caridad, y se pueden vincular, a grandes rasgos, con el amor a Dios, el amor a las personas que tenemos cerca, y el amor por todas las personas, incluso aquellas que no conocemos.

Luego de la hypomone el Apóstol nos propone la piedad (en griego se dice “eusebeia”), como horizonte de crecimiento. En tiempos de Homero esta palabra expresaba una mezcla de respeto y asombro inspirados por la sublimidad o la fuerza. Tenía asimismo una connotación ligada a la veneración religiosa, relacionada con la manera adecuada de pensar, sentir y actuar hacia Dios.

Este último fue el sentido que permaneció con más fuerza. Se asociaba entonces la piedad a la reverencia, actitud fundamental que comprende adhesión a Dios, vida virtuosa, estima y asombro en la adoración, así como sentido del deber.

La piedad o eusébeia a la que nos llama el Apóstol Pedro es el amor a Dios que se despliega desde una actitud interior hacia un estilo de vida reverente y que penetra todas las dimensiones de la existencia: la relación con Dios, con uno mismo, con la sociedad y con el mundo creado. Va mucho más allá de un mero moralismo, o del culto externo y formal. Implica particularmente momentos fuertes de oración, pero es también despliegue de la fe en la vida cotidiana. Es un modo de vivir en el que la persona da gloria a Dios con todo su ser y sus acciones, y hace de toda su existencia un acto de oración y de alabanza al Señor.

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