hijo

La misericordia de Dios

por Ignacio Blanco

Evangelio según San Lucas 15,1-32

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: «Éste acoge a los pecadores y come con ellos». Jesús les dijo esta parábola: «Si uno de ustedes tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y va a los vecinos para decirles: “¡Alégrense conmigo! He encontrado la oveja que se me había perdido”. Les digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse. Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas para decirles: “¡Alégrense conmigo! He encontrado la moneda que se me había perdido”. Les digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta». También les dijo: «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde”. El padre les repartió los bienes. Pocos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, partió a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces a servir a casa de un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; pero nadie le daba de comer. Entonces recapacitó y se dijo: “¡Cuántos trabajadores en la casa de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre! Ahora mismo me pondré en camino, e iré a la casa de mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus trabajadores”. Se puso en camino hacia donde estaba su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió y corrió a su encuentro, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. El hijo empezó a decirle: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”. Pero el padre dijo a sus criados: “Saquen en seguida el mejor traje y vístanlo; pónganle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traigan el ternero cebado y mátenlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido, y ha sido encontrado”. Y empezaron el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando, al volver, se acercaba a la casa, oyó la música y el baile y, llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Éste le contestó: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado sano y salvo”. Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba convencerlo. Y él replicó a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con prostitutas, haces matar para él el ternero más gordo”. El padre le dijo: “Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y lo hemos encontrado”».

Estas tres parábolas nos remiten, a través de figuras y expresiones cercanas, a dimensiones esenciales de la vida cristiana: la conversión, el perdón y la misericordia. Solamente Jesús, el Hijo del Padre que conoce las profundidades de su amor, podía revelarnos la hondura de su misericordia de una forma a la vez tan bella como llena de sencillez. 

La manifestación del amor de Dios por cada uno de nosotros no puede dejarnos indiferentes. Una de las formas que tiene el enemigo interior de apartarnos de nuestro Padre es hacernos creer que somos indignos de su perdón y su misericordia. Es un hecho que pecamos y el pecado es una realidad muy grave que tiene consecuencias tremendas en la propia vida y en los demás. No se trata de “endulzar” esa realidad. Sin embargo, lo que quizá Jesús nos trata de hacer entender es que la misericordia de Dios no tiene límite ni medida. No importa cuán grande sea nuestro pecado, Él siempre está esperando —como el padre del hijo pródigo— que entremos en nosotros mismos y volvamos a su encuentro por el camino de la conversión. «¿Cómo no abrir nuestro corazón —nos pregunta el Papa Benedicto XVI— a la certeza de que, a pesar de ser pecadores, Dios nos ama? Él nunca se cansa de salir a nuestro encuentro, siempre es el primero en recorrer el camino que nos separa de Él».

Dios, que es amor, nunca se cansa. Él es como el pastor que va tras la oveja perdida o la mujer que busca la moneda, o el paciente padre que espera y apenas divisa al hijo en el horizonte sale corriendo a su encuentro. Los que nos cansamos, como ha señalado el Papa Francisco con gran agudeza espiritual, somos nosotros. Nos cansamos de pedir perdón; tal vez nos cansamos de una y otra vez volver a caer en el mismo vicio o pecado; nos cansamos de ser mediocres; nos cansamos porque, como decíamos, quizá creemos que lo que hemos hecho es imperdonable o atendemos a esa vocecita que nos murmura: “primero trata de solucionar el problema por tu cuenta, ‘límpiate la cara’, y recién entonces serás ‘digno’ de acercarte a Dios”.  Nada más lejano al perdón y a la reconciliación que Jesús nos ha regalado al precio de su propia vida.

En la lucha espiritual, decían los padres del desierto, la mayor victoria del enemigo no es tanto lograr que caigamos cuanto que permanezcamos en el piso. Las tres parábolas del Evangelio son para el pecador —y todos lo somos— un mensaje de confianza, de aliento y de esperanza. Si caemos en la lucha, el Señor nos abre su Corazón, nos muestra la inmensidad de su amor y nos da un mensaje claro: ¡Levántate! No demos lugar al temor, a la vergüenza o al desánimo. No levantemos el muro de la soberbia ni caigamos en la trampa de la tristeza que nos encierra en nosotros mismos. Dejémonos encontrar por el Pastor que nos busca. Seamos humildes y acudamos al Sacramento que Él mismo dispuso para perdonarnos y fortalecernos.

Resulta muy significativa la reiterada mención de Jesús a la alegría. Tanto el pastor como la mujer experimentan una alegría tan grande por haber encontrado sus bienes perdidos que no demoran en invitar a sus vecinos y amigos a compartirla. El padre del hijo pródigo se conmueve, corre, se echa en brazos de su hijo y lo besa; se alegra tanto que manda vestirlo con las mejores ropas y organiza un banquete para celebrar. Todas son figuras que nos remiten a la alegría indescriptible que hay en el Cielo cuando un pecador se convierte. Dios se alegra de la conversión del pecador porque Él quiere que todos los hombres se salven (ver 1Tim2,3ss). Lo quiere a tal punto que se hizo uno de nosotros para rescatarnos de la tierra de la desemejanza en la que la humanidad deambulaba perdida. Se hizo uno de nosotros para que viendo su Rostro nos reconozcamos, entremos en nosotros mismos, y podamos emprender el camino de regreso a la casa paterna. Pidámosle al Señor que nos conceda hoy la capacidad de conmovernos con su misericordia, de dejarnos tocar por ella, de ponernos de pie y acudir a su encuetro, de participar de la alegría de la comunión divina. 

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