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Jueves Santo: La Eucaristía vista con los ojos del Antiguo Testamento

Por Cardenal Tomás Spidlik

Un muchacho volvió de la escuela a su casa con esta objeción. Los cristianos celebran misa con pan y vino. Dicen que Jesús introdujo este rito para sustituir, con un sacrificio incruento, los sacrificios sangrientos que se realizaban en el Antiguo Testamento. Sin embargo, algunos afirman que este rito no es propiamente de Cristo. Antes de Jesús, lo realizaban en la liturgia un grupo de monjes hebreos, los esenios. Incluso en otras partes se encuentran noticias acerca de esta práctica.

Al muchacho esta objeción le parecía muy seria. Consideraba que esto hacía que se hundiera la fe en Jesucristo, ya que se le atribuía algo que no provenía de Él. Sin embargo, a quien conoce un poco más la teología, le parece ridículo proponer como objeción lo que desde hace tiempo es bien conocido y que nos puede ayudar a comprender mejor el rito de nuestra Misa. Jesús es hijo de su pueblo y de su tiempo. Hablaba la lengua de sus contemporáneos y usaba los símbolos que para ellos eran comprensibles. La larga tradición eclesial nos ha explicado el significado del rito de la Misa, pero ¿cómo podrían interpretar este simbolismo los judíos contemporáneos de Cristo? Tratemos de entrar en la mentalidad del tiempo, partiendo de la cuestión del pan y el vino.

El alimento tenía para los hebreos, como para sus pueblos vecinos, un carácter sagrado. Los beduinos que viajaban por el desierto estaban sujetos al peligro del hambre. Tampoco estaban exentos del hambre los campesinos ligados a la tierra. Los periodos de sequía y, sobre todo, las incursiones de los enemigos, privaban a la gente del alimento suficiente. compartir con otros el propio alimento era considerado un signo que manifestaba la bendición de Dios, que no era dada a todos. Los cananeos, antiguo pueblo de Palestina, daban gracias por esto a la madre tierra. Los hebreos daban gracias al Señor. Por eso, en los momentos en los que el hombre se encontraba con Dios, también se compartía una mesa ritual. El que recibe el alimento como don de Dios se une con el Donador; así nace la relación entre el que da y el que recibe. Entre los hebreos esto se expresaba con sacrificios incruentos en los que se ofrecían a Dios los primeros frutos de la tierra. Ofreciendo algunos alimentos a Dios, el hombre reconocía que el alimento es su don, que lo que posee proviene de Dios.

Cuando se le ofrecía a Dios el pan, el simbolismo será todavía más evidente. El pan es el alimento cotidiano. Reconocer que el pan viene de Dios es como decir: sin Dios no podría vivir. En los países del sur, el vino es una bebida cotidiana. En este contexto era natural que Jesús eligiese el pan y el vino como don divino de la vida, pero en este caso se trata de la vida eterna. Los otros pueblos saben que viven porque se nutre con pan y vino. A esto Jesús agrega algo nuevo: en el pan y en el vino que Él da esta la vida eterna y Él mismo. “Yo soy el pan de vida. El que viene a mí, no tendrá hambre, y el que cree en mí, no tendrá sed jamás” (Jn 6,35). Sin embargo, en Israel no sólo el pan y el vino tenían un significado simbólico. En la tradición de los profetas se compara al pueblo de Israel con una vid frondosa (ver Os 10,1). A Dios lo presentan como el viñador que ha trasplantado la vid de Egipto a la tierra prometida, la ha cultivado con gran cuidado y espera de esa vid la uva. La bella “canción de la viña” de Isaías (Is 5,1-7) puede ser la adaptación de un canto popular que se cantaba mientras se recogía la uva. Con esta imagen de la vid, el profeta expresaba el dinamismo de la relación entre el Señor y el pueblo elegido. El fruto de la vida es la imagen de lo que debería derivar de la colaboración de Dios con los hombres. Según el Salmo 104 (v. 15), el vino da alegría. Es un signo de que Dios ha bendecido la tierra cultivada. En el Cantar de los Cantares el vino es símbolo del amor entre el esposo y la esposa. Trasladándolo al simbolismo religioso indica el amor de Dios por su pueblo. Incluso exagerar en beber vino, la ebriedad, se vuelve una imagen espiritual. Bebiendo la sangre, circula la vitalidad.

En las bodas de Caná, María dijo: “No tienen vino” (Jn 2,3). Simbólicamente, esta expresión fue interpretada como para decir que el Antiguo Testamento ya no tiene vitalidad. Entonces, el primer milagro de Jesús consiste en ofrecer un vino nuevo, fuerte, que supera a los otros viejos (ver Mc 2,22). Sin embargo, él ofrece su excelente vino al final, en la última cena, dando la nueva vida eterna. Por eso el último milagro de Jesús está unido al primero: “Os digo que ya no beberé más de este fruto de la vid hasta el día en que beba con vosotros un vino nuevo en el reino de mi Padre” (Mt 26,27-28). En la última cena vemos aún otro gesto de Jesús: Él parte el pan y ofrece el cáliz. Nada se hace por casualidad. Los hebreos habían mantenido las viejas costumbres de los nómadas. El pan que se partía durante la cena, lo podían tomar los miembros de la familia, los sirvientes, los amigos, pero también los huéspedes que llegaban. Partir el pan con ellos significaba estrechar con ellos una amistad (ver Sal 41,10; Jn 13-18). En la comida, la familia se agrandaba, surgían nuevas relaciones. La comida era, por lo tanto, el momento justo para la reconciliación y para reforzar la amistad. Si el dueño de casa quería honrar a alguien de modo particular, se levantaba de la mesa e iba a servirlo. Así leemos, por ejemplo, respecto de Abrahán que, en el Encinar de Mambré, se puso a servir a tres huéspedes misteriosos (ver Gén 18,1-18). En esa ocasión recibió la noticia de que tendría un hijo y sería padre de una gran nación.

En la última cena, Jesús, que es “el Maestro y el Señor”, se levantó y lavó los pies a los apóstoles (ver Jn 13,1-20). A los apóstoles les sorprendió este gesto, tanto que Pedro protestó impetuosamente (ver Jn 13,6-8). Jesús realiza este gesto como un signo profético. Honra a los apóstoles, que se convierten en sus amigos, miembros de su familia. Por eso parte el pan y les ofrece el cáliz. La “familia” de Jesús está en la vida divina, en la vida de la Santísima Trinidad. Nace, por lo tanto, un nuevo pueblo de Dios, somos trasladados a un nuevo mundo. Jesús es plenamente consciente de esto, por eso bendice el pan y el cáliz. Esto se usaba en las cenas solemnes de los judíos y así se daba gracias a Dios. El más grande beneficio comienza ahora con la introducción de la liturgia del Nuevo Testamento. Por eso nuestro misterio se denomina con la expresión hebrea que indica dar gracias, traducida en griego: eucaristía.

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