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¡Jesús viene!

Por Ignacio Blanco

Evangelio según san Marcos 1,1-8

Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Como está escrito en el profeta Isaías: «Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino. Una voz grita en el desierto: “Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos”». Apareció Juan el Bautista en el desierto, predicando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. Acudía la gente de Judea y de Jerusalén, confesaban sus pecados, y él los bautizaba en el Jordán. Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y proclamaba: «Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero Él los bautizará con Espíritu Santo».

Las primeras palabras del Evangelio de Marcos que este segundo Domingo de Adviento escuchamos contienen de alguna manera la totalidad del mensaje cristiano: Evangelio de Jesucristo. Evangelio es una palabra que viene del griego y significa literalmente “buena noticia”. Esta “buena noticia” es de Jesucristo o, para decirlo con mayor propiedad, “es” Jesucristo mismo. Él es la buena noticia y todo lo que ha hecho, desde su Encarnación hasta su Ascensión, es buena noticia para nosotros. O quizá habría que decir que es “la” buena noticia. La Encarnación y Nacimiento del Hijo de Dios del seno de María es “la noticia” —el acontecimiento— que cambió definitivamente la historia de la humanidad. ¿A cambiado también la nuestra? El Adviento y la Navidad son un tiempo propicio para preguntárnoslo. ¿Es Jesús la “buena noticia” para mí?

En vistas a ello son muy iluminadoras las palabras del profeta Isaías que san Marcos cita: “Preparen el camino del Señor; allanen sus senderos”. En el trasfondo está la imagen del Señor que viene y la necesaria preparación para recibirlo. ¿Qué significa “preparar el camino” y “allanar el sendero”?

Estas acciones tienen en primer lugar un significado relacionado con la historia de la salvación. Durante siglos Dios fue preparando la llegada del Mesías que vendría a liberar a su pueblo. Y en diversas ocasiones envió mensajeros para que proclamaran su Palabra y ayudasen al pueblo escogido a prepararse. En este sentido, san Juan Bautista es el último mensajero que Dios envió para disponer su llegada definitiva.

El Bautista, con su estilo de vida austero y sobrio, con su predicación encendida y exigente, intenta sacudir las conciencias y hacernos despertar del sueño que nos entumece espiritualmente. «La llamada de Juan —explica el Papa Benedicto XVI— va, por tanto, más allá y más en profundidad respecto a la sobriedad del estilo de vida: invita a un cambio interior, a partir del reconocimiento y de la confesión del propio pecado. Mientras nos preparamos a la Navidad, es importante que entremos en nosotros mismos y hagamos un examen sincero de nuestra vida».

Vemos, pues, que la invocación a “preparar el camino” y “allanar el sendero” tiene también un sentido personal. Cada uno debe vivir una dimensión constante y permanente de preparación. El Adviento, en este sentido, es un tiempo privilegiado pues nos ofrece la oportunidad de poner una vez más en el centro de nuestra atención el hecho histórico de mayor trascendencia: Dios vino a nosotros, se hizo uno de nosotros. Para celebrar este acontecimiento, para hacerlo nuestro, tenemos que prepararnos.

Ahora bien, ¿cómo preparar el camino y allanar el sendero para que Dios venga a nuestra vida? San Jerónimo nos recomienda lo siguiente: «“Preparen el camino del Señor”, esto es, hagan penitencia y prediquen. “Allanen sus senderos”, para que, andando solemnemente el camino real, amemos a nuestros prójimos como a nosotros, y a nosotros mismos como a nuestros prójimos. Pues el que se ama a sí mismo y no ama al prójimo, se aparta del camino por la derecha, porque muchos obran bien y no corrigen bien (…). Y aquel que ama al prójimo pero tiene aversión de sí mismo, se sale del camino hacia la izquierda, pues muchos corrigen bien, pero no obran bien, como fueron los escribas y fariseos».

Sabias recomendaciones que invitan a ir a lo esencial. Preparar el camino y allanar el sendero es, en el fondo, un llamado a la conversión, a abrir nuestras mentes y corazones a Jesús y dejar que Él sea el centro de nuestra vida y que el amor sea la Ley bajo la cual todo se despliegue. ¿Cómo allanamos el sendero y preparamos el camino? Removiendo los obstáculos que dificultan que el Señor venga a nuestro corazón; limpiando el camino de las piedras que hieren a los que buscan acercarse a nosotros y nos aíslan.

Juan el Bautista predica la conversión en el desierto. El desierto evoca silencio y austeridad. Y esto no es necesariamente algo malo pues ofrece el espacio para que hagamos silencio (otra forma de entender ese “allanar el sendero”) y escuchemos la Palabra de Dios. Estamos a veces tan saturados de bulla (exterior e interior) que no somos capaces de escuchar. Silencio, reverencia, humildad, caridad: todas son disposiciones —entre otras tantas— que nos ayudarán a prepararnos para la venida del Señor y nos dispondrán a un renovado encuentro con Jesús que viene a nosotros.

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