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¿Jesús nos envía también a nosotros?

Por Ignacio Blanco

Evangelio según san Marcos 6,7-13

En aquel tiempo, llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto. Y añadió: «Cuando entren en una casa, quédense en ella hasta que se vayan de aquel lugar. Y si en algún sitio no los reciben ni los escuchan, márchense de allí, sacúdanse el polvo de los pies, para que les sirva a ellos de advertencia». Ellos salieron a predicar la conversión, echando muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

¿Cuántas veces hemos escuchado decir que “todo cristiano está llamado al apostolado”? El Evangelio de este Domingo no da la oportunidad de reflexionar sobre cuán cierta es esta frase y cómo la estamos viviendo.

Tal vez por influjo de visiones parciales de lo que es la Iglesia o por nuestra propia ignorancia o simplemente por indiferencia, podemos creer que la misión apostólica de la Iglesia está solamente en manos de aquellos que dedican su vida por completo a esa tarea: obispos, sacerdotes, consagrados. ¿Cuántas veces nos hemos referido a la Iglesia —o hemos escuchado a otros hacerlo—como a una realidad ajena a nosotros? “La Iglesia tal cosa”; “la Iglesia tal otra”; “la Iglesia debería hacer esto o aquello”. Ellos. A nosotros no nos toca.

Pero no. La realidad es otra. Todos los bautizados somos Iglesia. Y todo bautizado ha recibido, desde el momento en el que fue incorporado al Cuerpo de Cristo, la misión de anunciar la Buena Nueva de Jesús. «Todo cristiano está llamado al apostolado; todo laico está llamado a comprometerse personalmente en el testimonio participando en la misión de la Iglesia» (San Juan Pablo II). Ciertamente, cada uno lo hará de acuerdo a su propio estado de vida, y según sus posibilidades y realidad concreta. Pero lo fundamental, como enseña el Concilio Vaticano II, es tener bien claro que «la vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado». Por tanto, sí… ser cristiano es ser apóstol.

El origen último de estas enseñanzas está en el envío que hace el mismo Señor Jesús a sus discípulos. Él es quien nos envía a anunciar el Evangelio. En este sentido, el Señor nos da este Domingo por lo menos dos enseñanzas, íntimamente relacionadas, que conviene interiorizar.

Cuando envía a los apóstoles, Jesús les dice que no lleven nada consigo sino un un bastón para el camino. Manifiesta así la radicalidad de la tarea apostólica. La seguridad en la evangelización no está nunca puesta en los medios humanos (representados en el Evangelio por el alimento, el dinero, el calzado, la túnica de respuesto). La fuerza, la autenticidad y veracidad del anuncio —la seguridad— viene sólo de Aquel a quien se predica, de Aquel que nos envía. Todo el resto son medios que de diversas maneras se ordenan a alcanzar este fin apostólico. En este sentido, no olvidemos que Aquel que nos envía a evangelizar nunca se desentiende de nosotros. Él nos ha prometido estar con nosotros, acompañarnos en las buenas y en las malas, hasta el fin del mundo (ver Mt28,20). Y Él ha enviado su Espíritu para que sostenga, acompañe y haga fructificar nuestro compromiso evangelizador.

Como se desprende de lo anterior, el Señor invita implícitamente a sus seguidores a confiar totalmente en Él. Les manda hacer algo que podría parecer temerario: los envía desprovistos de todo. ¿Cuántos “peros” podrían haber puesto los apóstoles a Jesús? “Pero, ¿y si nos perdemos? Pero, ¿si alguno enferma? ¿Y si llueve, no sería conveniente tener un cambio de ropa? Pero, ¿no sería conveniente llevar un poco de pan y agua en caso de que nadie nos quiera alimentar?”.

Los apóstoles no pusieron “peros”. Confiaron en Jesús y se lanzaron a la gran aventura de cumplir con su misión, de poner por obra el encargo recibido. En ese proceso —que nadie dice que es fácil— se dejan educar por el Maestro. Van investidos del poder que Jesús les ha otorgado. Esa es su gran “seguridad”. Confían en Jesús porque creen en Él y en lo que Él les dice.

Como cristianos, todos nosotros también hemos sido enviados por Cristo. A la luz de la Palabra de Dios, preguntémonos: ¿Asumimos con plena confianza el llamado que nos hace Jesús a ser de sus discípulos? ¿Asumimos esa misión en el “hoy” de nuestra vida, poniendo nuestra seguridad en el Señor y sólo en Él?

Las palabras de Jesús nos ofrecen la ocasión para renovar nuestro compromiso con el llamado al apostolado que como bautizados hemos recibido. Y también de confrontar con valentía los muchos “peros” que tantas veces ponemos ante el apostolado. Tal vez podemos comenzar por reafirmar el propósito de vivir con coherencia nuestra vida cristiana y dar testimonio de ello, especialmente en los ambientes de la familia, el trabajo, la profesión, los círculos culturales y recreativos. En todos esos ambientes somos invitados a anunciar al Señor con nuestra propia vida, con nuestras acciones y palabras. ¿Ésa no es ya una forma muy concreta de hacer apostolado?

El Señor Jesús conoce bien nuestra realidad. Sabe de las circunstancias que vivimos, de nuestros desafíos y problemas, de nuestras debilidades y también de los dones y talentos que nos ha regalado. Sabe quiénes somos. Si confiamos en Él, si creemos en su Palabra y asumimos con generosidad nuestra misión, ¿qué podemos temer?

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