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Evangelio del Domingo: Cristo Rey

Evangelio según san Mateo 25,31-46

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con Él, se sentará en el trono de su gloria, y serán reunidas ante Él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces dirá el rey a los de su derecha: “Vengan ustedes, benditos de mi Padre; hereden el reino preparado para ustedes desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y ustedes me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber, fui forastero y me dieron hospedaje, estuve desnudo y ustedes me vistieron, enfermo y me visitaron, estuve en la cárcel y vinieron a verme”. Entonces los justos le contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?”. Y el rey les dirá: “Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, conmigo lo hicieron”. Y entonces dirá a los de su izquierda: “Apártense de mí, malditos, váyanse al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y ustedes no me dieron de comer, tuve sed y no me dieron de beber, fui forastero y no me hospedaron, estuve desnudo y ustedes no me vistieron, enfermo y en la cárcel y no me visitaron”. Entonces éstos también contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?”. Y él entonces les responderá: “Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo”. Y éstos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna».

Con la Solemnidad de Cristo Rey que celebramos este Domingo llegamos al final del año litúrgico. El Evangelio nos propone un pasaje que es a la vez estremecedor y decisivo. Jesús nos explica qué es lo que sucederá al final de los tiempos cuando Él vuelva “en su gloria” y reúna ante sí a todas las naciones de la tierra. El gran pintor italiano Giotto inmortalizó esta escena en un admirable fresco que se encuentra en la Capilla de los Scrovegni, en Padua. El fresco, terminado hacia el año 1306, representa a Cristo rodeado de los coros angélicos con la mano derecha abierta en signo de acogida y la mirada dirigida hacia aquellos benditos que han alcanzado la bienaventuranza. La mano izquierda está en postura de rechazo hacia aquellos que por sus obras se han hecho merecedores —como dice el Evangelio— del «castigo eterno».

Este pasaje del Evangelio puede hoy no ser muy popular. Afirma con claridad que el destino del ser humano es eterno. Tanto el premio como el castigo son para siempre. Luego de ese juicio final, no hay otra oportunidad, ya no hay lugar al arrepentimiento ni al “ahora sí”. Esto implica, como nos enseña la Iglesia, que lo que hagamos en esta vida, las decisiones que tomemos, el rumbo que elijamos desde nuestra libertad para nuestra existencia, tiene resonancias y consecuencias para la eternidad. No se trata de “meter miedo” sino de sopesar con madurez y libertad, a la luz del Evangelio, el sentido y las opciones que uno hace. En este pasaje «las imágenes son sencillas, el lenguaje es popular, pero el mensaje es sumamente importante:  es la verdad sobre nuestro destino último y sobre el criterio con el que seremos juzgados» (Benedicto XVI). Hace varios siglos que el poeta Jorge Manrique expresó esta realidad en un verso que vale la pena recordar:

«Este mundo es el camino para el otro,
que es morada sin pesar;
mas cumple tener buen tino
para andar esta jornada sin errar».

Como se ve claramente en las palabras del Señor, el amor será la medida fundamental con la que seremos juzgados. Al llegar al final del año litúrgico, el Evangelio vuelve a poner nuestros ojos sobre lo esencial. Y no se nos habla de un amor “genérico”. Las palabras de Jesús son muy concretas: dar de comer, vestir, visitar, hospedar. ¿Qué tienen en común todas estas obras? Quizá que en todas ellas, el que las practica ha logrado romper el muro de su egoísmo e indiferencia y ha reconocido en el hermano o la hermana que sufre a su prójimo, a un hermano, hijo del mismo Padre, a quien amar. El reino de Jesús está hecho de compromiso, y no de indiferencia; de entrega, y no de egoísmo; de encuentro, y no de aislamiento autocomplaciente.

No nos engañemos. En base a si hemos amado como Él nos enseña, se nos juzgará al final. Unos escucharán una invitación hermosa: «vengan, benditos de mi Padre». Y otros no: «apártense de mí, malditos, váyanse al fuego eterno». ¿A quién más que a Cristo le dolerá tener que pronunciar esas palabras? Él que quiere que todos alcancemos la salvación, que nos ama y quiere ardientemente ser nuestro amigo, seguramente verá su corazón desgarrarse de amor ante la negativa de tantos a seguir su camino. ¿Por qué no nos salva a todos, independientemente de cómo hayamos vivido? Nuestras opciones son libres, y alguien que ama, justamente porque nos ama, ¿no respetaría nuestra libertad?

Considerar la eternidad nos impulsa a comprometernos con el aquí y ahora que vivimos. Y sobre todo nos impulsa a poner al Señor en el centro de nuestra vida y a hacer como Él nos dice, amando al prójimo como Él nos ha enseñado. El Reino de Cristo tiene su ley: Dar de comer al hambriento, de beber al sediento, vestir al desnudo o visitar al enfermo; amar al hermano que pasa cualquiera de esas necesidades. ¡Cuánto dista de la ley del egoísmo, del individualismo, de la indiferencia! ¿Bajo cuál se rige nuestra vida?

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