San Ignacio de Loyola

Evangelio del día: “Un profeta es despreciado solamente en su pueblo y en su familia”

Oración del viernes

+ En el nombre del Padre y, del Hijo, y del Espíritu Santo: Amén.

Oración Inicial

En este día, Buen Jesús, quiero mostrarte mi amor y mi confianza. Deseo vivir cada vez más cerca de Ti, porque nos has creado para la comunión y la amistad contigo y sé que mi corazón está sediento de Ti. Que este momento de oración me ayude a nutrirme de Ti, que eres el alimento que da la vida eterna.

Acto penitencial

Hago en silencio un breve examen de conciencia de mi último día

Padre Bueno y Misericordioso, sé que me has creado para la felicidad, pero muchas veces tomo caminos equivocados que me alejan de Ti. Pero sé que tu perdón es más grande que mis pecados. Te pido que me ayudes a saber perdonar y a vivir la auténtica reconciliación que Tú me llamas a vivir.

Lectura Bíblica según el Evangelio del día: “Un profeta es despreciado solamente en su pueblo y en su familia” Mt 13,54-58

Y, al llegar a su pueblo, se puso a enseñar a la gente en la sinagoga, de tal manera que todos estaban maravillados. “¿De dónde le viene, decían, esta sabiduría y ese poder de hacer milagros? ¿No es este el hijo del carpintero? ¿Su madre no es la que llaman María? ¿Y no son hermanos suyos Santiago, José, Simón y Judas? ¿Y acaso no viven entre nosotros todas sus hermanas? ¿De dónde le vendrá todo esto?”. Y Jesús era para ellos un motivo de tropiezo. Entonces les dijo: “Un profeta es despreciado solamente en su pueblo y en su familia”. Y no hizo allí muchos milagros, a causa de la falta de fe de esa gente.

Lectura Espiritual breve

Lee este breve texto del que te ayudará a profundizar el sentido del Evangelio:

¿No descubrimos tal vez en nuestra propia vida un poco —o mucho— de la cerrazón de los parientes y amigos de Jesús? El Señor nos invita a examinarnos con franqueza y sin miedo. No dejemos pasar la oportunidad y hagámoslo a la luz del Evangelio y en presencia de Dios. Hoy el Señor Jesús está presente en nuestra vida de diversas maneras, siempre buscando nuestra felicidad y salvación. Tal vez está actuando por medio de personas conocidas y haciéndose presente en situaciones de las más cercanas y cotidianas. Y justamente por eso no lo vemos. ¡Rompamos las anteojeras de la rutina! Limpiemos nuestra vista con la luz de la fe.

Así podremos abrir los ojos del corazón y percibir el rostro del Señor. Así descubriremos que Él está presente en nuestra vida, hoy. Y sobre todo seremos capaces de reconocerlo y adorarlo realmente presente en la Eucaristía, de reconocerlo y acogerlo en la proclamación de su Palabra. Una vez más, y no nos cansemos nunca, exclamemos con humildad y confianza: ¡Creo, Señor, pero aumenta mi fe! Acudamos a Santa María, la Mujer de la Fe, y por su intercesión pidámosle al Señor que nos conceda una fe preciosa como la de su Madre y como la de los Apóstoles. Pongamos todo de nuestra parte para vivir coherentemente con lo que creemos.

Breve meditación personal

Haz silencio en tu interior y pregúntate: 

1.- ¿Qué me dice el evangelio que he leído?
2.- ¿Cómo ilumina mi vida?
3.- ¿Por medio de qué personas cercanas a mí Dios me puede estar diciendo algo?
4.- ¿Estoy dispuesto a aceptar que la acción de Dios puede ser por medio de cualquier persona? No necesariamente la más “santa…” Dios habla como quiere, cuando quiere y a través de quien quiere.

Acción de gracias y peticiones personales

Señor Jesús, gracias porque sales a mi encuentro y me enseñas la humildad de escucharte en cualquier persona. Sólo Tú eres capaz de entender qué sucede en mí y de hablarme directo al corazón. Por eso te pido Señor que no dejes de hablarme y mostrarme el camino que debo seguir.  Ayúdame Buen Señor a ser consciente de cómo es que actúas en mi vida concreta. Que no me vuelva insensible a la acción de tu Santo Espíritu, y pueda cooperar siempre activamente con tu gracia.

Amén

Si quieres, puedes pedirle al Señor por tus intenciones

Reza un Padre Nuestro, un Ave María y un Gloria...

Consagración a María

Termina esta oración rezándole a María.

Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, 
vida, dulzura y esperanza nuestra. 

Dios te salve. 

A Ti clamamos los desterrados hijos de Eva, 
a Ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas. 

Ea, pues, Señora Abogada Nuestra, 
vuelve a nosotros tus ojos misericordiosos, 
y después de este destierro, muéstranos a Jesús,
fruto bendito de tu vientre.
Oh, clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María. 

Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios, 
para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo.

Amén

+ En el nombre del Padre y, del Hijo, y del Espíritu Santo: Amén.

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