En la oración, nos abrimos a la contemplación de este gran misterio, que es el plan divino de amor en la historia humana, en nuestra historia personal

El Santo Padre, continuó el día de ayer con las Catequesis sobre la oración en San Pablo… Compartimos con ustedes algunos extractos:

 

Nuestra oración muy a menudo tiene necesidad de ayuda. Es normal para el hombre, porque necesitamos ayuda, necesitamos de los otros, necesitamos a Dios. Por eso, para nosotros, es normal pedir algo de Dios, buscar la ayuda de Dios, y debemos recordar que la oración que el Señor nos ha enseñado, el Padre Nuestro, es una oración de petición y, con esta oración, el Señor nos enseña las prioridades de nuestra oración. Limpia, purifica nuestros deseos, y así limpia y purifica nuestros corazones. Así que, si es algo normal que pidamos en la oración cosas, también es normal que la oración sea una ocasión para dar gracias.

Nuestro corazón está abierto, porque a pesar de todos los problemas, vemos también la belleza de su creación, la bondad que se muestra en su creación. Así que debemos no sólo rogar, sino también alabar y dar las gracias. Sólo así nuestra oración es completa.

Para los creyentes,misterio no es tanto lo desconocido, cuanto la voluntad misericordiosa de Dios, su designio de amor que en Jesucristo se revela plenamente y nos ofrece la posibilidad de «comprender con todos los santos, cuál es la anchura, la longitud, la altura y profundidad, y conocer el amor de Cristo» (Efesios 3:18-19). El misterio desconocido de Dios se revela, y es que Dios nos ama y nos ama desde el principio, desde la eternidad.

En primer lugar tenemos que bendecir a Dios Padre, porque según san Pablo, «Dios nos ha elegido en él, antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos e irreprochables en su presencia, por el amor». (v. 4). Lo que nos hace santos y sin mancha es la caridad. Dios nos ha llamado a la existencia, a la santidad, y esta elección precede incluso la creación del mundo.

Desde siempre estamos en el designio de Dios, en su pensamiento. Con el profeta Jeremías, podemos afirmar también nosotros que, antes de formarnos en el vientre de nuestra madre, Él ya nos conocía (cf. Jr 1,5), y conociéndonos nos amó. La vocación a la santidad, es decir, a la comunión con Dios, pertenece al plan eterno de este Dios, un diseño que se extiende a la historia y comprende a todos los hombres y mujeres del mundo, porque es una llamada universal. Dios no excluye a nadie, su proyecto es sólo para de amor.

El sacrificio de la cruz de Cristo es el acontecimiento único e irrepetible con el que el Padre ha mostrado de manera luminosa su amor por nosotros, no sólo de palabra, sino de manera concreta, Dios es tan real y su amor se concretiza, que entra en la historia, se hace el mismo hombre para ver lo que se siente, cómo es este mundo creado y acepta el camino del sufrimiento de la pasión, padeciendo incluso la muerte. Tan real es el amor de Dios que participa en nuestro ser, no sólo eso, sino en nuestro sufrir y morir.

El sacrificio de la cruz significa que llegamos a ser propiedad de Dios, porque la sangre de Cristo nos redimió del pecado, nos limpia de todo mal, nos saca de la esclavitud del pecado y de la muerte.

De esta certeza: «Dios está con nosotros», ninguna criatura podrá separarnos, porque su amor es más fuerte. Tenemos que entrarla en nuestro ser, en nuestra conciencia de cristianos.

Tenemos que aceptar que el camino de la redención es también un camino nuestro, porque Dios quiere criaturas libres, que digan Sílibremente. Pero ante todo, éste fue su camino. Ahora estamos en sus manos y tenemos la libertad de proseguir por el camino abierto por Él. Vamos en este camino de la redención y avanzando con Cristo percibimos que la redención se realiza.

En la oración, nos abrimos a la contemplación de este gran misterio, que es el plan divino de amor en la historia humana, en nuestra historia personal. En la oración constante, en la relación diaria con Dios, aprendemos también nosotros, como san Pablo, a vislumbrar cada vez más claramente los signos de este diseño y esta acción: en la belleza del Creador que emerge en sus criaturas (cf. Ef 3 , 9), como canta san Francisco de Asís: «Alabado seas mi Señor, con todas tus criaturas» (Tus FF 263).

En toda la historia de la salvación, en la que Dios se ha acercado a nosotros, Él espera con paciencia nuestros tiempos, comprende nuestras infidelidades, alienta nuestros esfuerzos y nos guía.

San Ireneo dice que en la Encarnación, el Espíritu Santo se acostumbró a estar en el hombre. En la oración, debemos acostumbrarnos a estar con Dios. Esto es muy importante, porque aprendemos a estar con Dios y así vemos cuán hermoso que es estar con Él, que es la redención.

La oración, como manera de acostumbrarse a estar con Dios, genera hombres y mujeres animados, no por el egoísmo, el afán de poseer, la sed de poder, sino por la gratuidad, el anhelo de amar, la sed de servir, animados por Dios, y sólo así, se puede llevar la luz a la oscuridad del mundo.

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