El silencio de cuerpo

Por Kenneth Pierce.

La semana pasada reflexionábamos sobre el silencio de palabra, un medio sumamente oportuno para vivir la virtud. El silencio de palabra no es, sin embargo, el único “silencio” que nos ayuda a ir tomando control y crecer en dominio personal.

Podemos vivir asimismo, por ejemplo, el “silencio de cuerpo”. Se trata también de un camino hacia la virtud que implica una valoración muy positiva de lo corporal. Es importante recordar que por silencio no se entiende una ausencia sino, por el contrario, una maestría activa.

Para empezar, debemos entender que no solo nos comunicamos por medio de la palabra. Hoy hay muchísimos estudios que enfatizan cómo la persona se comunica con todo su cuerpo. Por medio de nuestro cuerpo, de hecho, comunicamos muchísimo de nosotros mismos.

¿En qué consiste exactamente el silencio de cuerpo? El silencio de cuerpo consiste en, por medio de la voluntad, dominar mi cuerpo y sus signos, es decir, cualquier gesto o movimiento exterior con el que expresamos nuestros pensamientos, sentimientos y acciones. La meta es gobernar estas manifestaciones, dirigiéndolas bajo la acción de la gracia y el recto uso de mi voluntad para ayudar en nuestra armonía interior y así avanzar por un sendero que nos conduzca al cumplimiento del Plan de Dios. Recordemos que el ser humano es una unidad bío-psico-espiritual y, por eso, tomando posesión de esas manifestaciones exteriores, podremos recorrer un camino hacia la armonía interior.

Pensemos en un ejemplo que además nos será de gran ayuda. El silencio de cuerpo nos ayuda muchísimo en la vida de oración. ¿En qué sentido? Cuando uno reza hay ciertas posturas corporales que nos facilitan una adecuada disposición. Arrodillarse, por ejemplo, es una de ellas, o a veces alzar las manos en gesto de alabanza. Lo vemos también en el sacerdote que celebra la Misa, donde muchos de sus movimientos tienen una intencionalidad y buscan expresar de algún modo lo que celebra.

Así como en la vida de oración podemos ir adecuando, en las diversas circunstancias de lo cotidiano, nuestros movimientos para avanzar por un camino de autenticidad y respuesta al divino Plan, y asimismo comunicar mejor quiénes somos. Cuando conversamos con alguien, por ejemplo, podemos transmitir mejor nuestro sincero deseo de escucha con una postura adecuada. Si queremos enseñar algo, o advertir, o consolar, nos será de gran ayuda tener un buen silencio de cuerpo.

No siempre es fácil, pero es un camino que poco a poco nos permite educarnos y, tomando conciencia de nuestro cuerpo, avanzar hacia una mayor vivencia y comunicación de nuestra identidad, así como de respuesta al Plan de Dios.

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