Domingo con Xto: Yo soy la vid, ustedes las ramas

Yo soy la Vid, ustedes las ramas

Por Ignacio Blanco

En el Evangelio de este V Domingo de Pascua (ver Jn 15,1-8), el Señor Jesús nos presenta una figura muy rica y con un sentido muy claro y profundo: si permanecemos unidos a Él tendremos vida y daremos fruto.

Con un mínimo de conocimiento de botánica, es fácil deducir que la rama de una vid se mantendrá viva y estará en la capacidad de dar fruto (las hojas y los racimos de uvas) sólo en la medida en que esté unida al tronco. El tronco lleva el agua, la savia que alimenta a la rama y le da la “fuerza” para dar fruto. Si quebramos la rama y la separamos del tronco, ésta no tardará en secarse y ciertamente no dará fruto alguno.

Dentro de las muchas aplicaciones que se pueden hacer de esta rica figura evangélica, detengámonos a meditar en un aspecto que nos toca personalmente: nuestra vida espiritual.

Un primer elemento que salta a la vista es que las ramas de una vid no son autosuficientes. Dependen totalmente de la vid para vivir y para dar fruto. No es distinto en la vida espiritual. Todos los cristianos —que significa ser de Cristo— hemos sido “injertados” en Cristo, unidos a Él en el Bautismo y así hemos recibido la vida nueva y verdadera. Dependemos totalmente del Señor para vivir espiritualmente y para poder dar ese fruto que Él nos llama a dar: la santidad.

San Agustín, gran Padre de la Iglesia del siglo V, explica claramente los alcances de las palabras de Jesús: «Para evitar que alguno pudiera pensar que la rama puede producir algún fruto, no dice [Jesús] que sin Mí podrán hacer un poco, sino que dijo: Sin Mí NADA pueden hacer». Ciertamente que el Señor se refiere a los frutos de la vida espiritual, a los frutos de conversión y santidad. Podemos “hacer” muchas cosas, producir muchos bienes, incluso ser “buenas personas”. Pero si estamos lejos de Él, o peor aún si vivimos de espaldas a Él, separados de la Vid, esos “frutos” no permanecerán, no nos enriquecerán espiritualmente, carecerán de la verdadera vida.

Ahora bien, mientras que la rama de un árbol permanece unida al tronco por la fuerza de sus tejidos y estructura, en la vida espiritual lo que nos mantiene unidos a Jesús, lo que nos hace permanecer en Él, es la fuerza del amor. Y ahí la cosa se nos complica un poco porque el amor implica libertad, implica respuesta. No es algo mecánico. Jesús nos ha amado primero: «como el Padre me amó, yo también los he amado» (Jn 15,9). Y nos invita a amarlo y permanecer en su amor: «permanezcan en mi amor» (Jn 15,9). Contamos con la fuerza de Dios para poder hacerlo: Él nos ha amado primero. Nosotros, desde una opción libre y perseverante, somos invitados a cooperar con su gracia. Y ello significa crecer en nuestra relación personal con Jesús.

¿Qué significa permanecer en Él? Significa conocerlo, amarlo, mantener una relación personal con Él. ¿Cómo hacerlo? El Papa Benedicto XVI tiene unas palabras muy iluminadoras al respecto: «Queridos amigos, los invito a cultivar la vida espiritual. Jesús dijo: “Yo soy la vid, ustedes las ramas. El que permanece en Mí y yo en él, ese da mucho fruto; porque separados de mí no pueden hacer nada” (Jn 15, 5). Jesús no hace juegos de palabras; es claro y directo. Todos le entienden y toman posición. La vida del alma es encuentro con Él, Rostro concreto de Dios. Es oración silenciosa y perseverante, es vida sacramental, es Evangelio meditado, es acompañamiento espiritual, es pertenencia cordial a la Iglesia, a sus comunidades eclesiales» (Benedicto XVI, 18/05/2008).

Si cada uno hace lo que tiene que hacer, el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia estará sano y lleno de frutos. Si algunas ramas se secan, todo el árbol sufre. No somos islas. Nuestro compromiso por ser santos, por profundizar en nuestra vida espiritual, por permanecer en el Señor, tiene también consecuencias sociales. Por eso es tan cierto aquello de que si queremos contribuir a cambiar el mundo, tenemos que empezar con nuestra propia vida.

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