Domingo con Xto: Sólo Jesús te puede alimentar

Por Ignacio Blanco

Sólo Jesús te puede alimentar

Las palabras de Jesús en el Evangelio que conocemos como el Discurso del Pan de vida, nos deben llenar el corazón de alegría y de una profunda esperanza. ¿Por qué?

Cuando Jesús dice: «Yo soy el Pan de vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí no tendrá nunca sed» (Jn 1,35), nos está manifestando con toda claridad por lo menos dos cosas: primero, que Él sabe que tenemos hambre y sed; segundo, que Él es la respuesta definitiva a esas necesidades fundamentales.

Si leemos con atención el pasaje del Evangelio (Jn 6,24-25), veremos cómo Cristo Maestro va conduciendo a sus discípulos de una realidad histórica —el maná con el que Dios había alimentado a los israelitas en el desierto a pesar de sus quejas y rebeldía— a una realidad mucho más profunda y definitiva: que Él es el verdadero Pan del Cielo que el Padre ha enviado para dar la vida al mundo. Lo que podría quedarse en un nivel más externo (el hambre y la sed corporales) en realidad nos remite al hambre y la sed espiritual que, de diversas maneras, todos experimentamos. Jesús sabe, pues, que tenemos hambre y sed. Sabe de tus anhelos más profundos, de tus esperanzas, y también de tus miedos y temores. Lo sabe todo, porque te ama.

Conociendo nuestro interior a fondo, el Señor no pudo haber escogido mejor analogía para hacernos comprender lo que está en juego. Cuando se tiene hambre o sed, nos embarga una cierta inquietud, inconformidad, hasta que calmemos esas necesidades vitales. No es difícil imaginarlo. A mayor hambre o sed, mayor urgencia por buscar alimento o bebida que de verdad nos satisfaga. ¿Sucede igual con el hambre y la sed espiritual?

Ciertamente sí, hasta donde la analogía lo permite. Nuestro interior “nos hace saber” que necesita alimentarse para vivir. A veces nos damos cuenta y a veces no. Y muchas veces entendemos mal el “mensaje”, o buscamos satisfacer esa hambre y sed con naderías. Como si una lechuga —por más rica que sea— pudiera satisfacer el hambre de un adulto desfalleciente luego de un día sin comer y varias horas de trabajo. O lo que es peor, como si ingerir alimentos podridos o dañinos, aunque momentáneamente nos calmen, a la larga no nos hicieran daño, y a veces muy grave.

¿Qué hacer? ¿Dónde encontrar un alimento verdadero? Antes que salir a buscarlo, Él ya vino a nosotros. Y por eso decíamos que escuchar a Jesús decir con total seguridad y autoridad: «Yo soy el Pan de vida», nos debe dar gran alegría y esperanza. ¡Se acabó la búsqueda! ¡Podemos alimentarnos con seguridad y confianza! Él es el alimento definitivo, y no hay  que seguir “experimentando”.

No  miremos al costado. Cada uno pregúntese: sabiendo que Jesús es el Pan verdadero, que da la vida verdadera, ¿me alimento de Él? O a pesar de saberlo, sigo —a veces, o muchas veces— intoxicándome con sucedáneos.

¿Qué hacer, pues? Los apóstoles le preguntan a Jesús algo semejante: ¿qué hacemos para obrar las obras de Dios? Y Jesús responde: «La obra de Dios es ésta: que crean en quien Él ha enviado». Creámosle a Jesús cuando nos dice que es el alimento verdadero (el único) que nuestro interior reclama. Confiemos en que nos conoce, en que nos ama tanto que está presente en cada Eucaristía dando vida al mundo, dando la vida a cada persona. Vayamos a su encuentro y abrámosle la puerta del corazón.

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