Domingo con Xto: Seguir a Jesús con todo

Seguir a Jesús con todo

Por Ignacio Blanco

Sigueme

Lectura del Evangelio según San Lucas 9,18-24

Una vez que Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos, les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?». Ellos contestaron: «Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas». Él les preguntó: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?». Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías de Dios». Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y añadió: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser rechazado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día». Y, dirigiéndose a todos, dijo: «El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz cada día y me siga. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí la salvará».

El Apóstol San Pablo, inspirado por el Espíritu, nos dice unas palabras impresionantes: «Todos ustedes son hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Porque, habiendo sido bautizados en Cristo, han quedado revestidos de Cristo (…) todos ustedes son uno en Cristo Jesús» (Gal 3,26-27). Somos hijos de Dios en Cristo… Hemos quedado revestidos de Cristo… somos uno en Cristo. Estas expresiones nos hablan de algo que realmente ha sucedido en nuestro interior cuando fuimos bautizados. Ser revestidos de Cristo no significa haber recibido un ropaje exterior que nos arregla por fuera. Significa, por el contrario, haber sido despojados de la vestiduras del hombre viejo y haber sido renovados totalmente por Jesús, realmente transformados hasta el punto de poder decir que somos uno en Él.

Ahora bien, ¿cómo se desarrolla esta realidad a lo largo de nuestra vida? ¿Qué implica en nuestra vida cotidiana? En la frase final del Evangelio de Lucas el mismo Jesús nos da la clave: ser cristiano, ser bautizado implica seguirlo. Parecería algo evidente, pero no lo es tanto si lo pensamos con detenimiento. El seguimiento de Jesús es una realidad totalizante. No es que uno pueda decir, como se puede hacer respecto de un gurú o de un maestro sabio con mucho carisma, “tomo este aspecto de su enseñanza, y este otro… leo de vez en cuando sus escritos o asisto a una que otra de sus charlas”. Seguir a Cristo nos compromete por completo e involucra todo en nuestra vida.

La pregunta que le hace Jesús a sus discípulos, nos las hace también a cada uno de nosotros: «Y ustedes ¿quién dicen que soy Yo?». Es una pregunta fundamental que Jesús hace fruto de un momento de oración, como nos lo hace notar San Lucas. Sus palabras llegan al fondo del corazón y ponen al descubierto cualquier “caricatura de Cristo” que nos podamos haber hecho. Queda claro que la medida la pone Él, no nosotros. Si reconocemos con fe, como lo hicieron los apóstoles, que Jesús es el Señor y creemos en Él, entonces seguirlo significará vivir como Él vivió. Sobre esto decía el Papa Juan Pablo II: «No existen dos caminos, sino uno solo:  el que recorrió el Maestro. El discípulo no puede inventarse otro. Jesús camina delante de los suyos y a cada uno pide que haga lo que Él mismo ha hecho».

Seguir a Jesús, caminar tras sus huellas, es una empresa exigente y no nos libra de dificultades y sufrimientos. Las palabras del Maestro son inequívocas: «El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz cada día y me siga». Renunciar a uno mismo y cargar la cruz cada día. Es casi como una condición que el Señor pone para poder seguirlo y ser su discípulo. ¿Por qué lo dice? Tal vez porque conoce muy bien nuestro interior, hambriento de plenitud y felicidad, y también nuestra debilidad que nos lleva muchas veces a buscarnos a nosotros mismos por encima de todo. “Seguirme —parece decirnos el Señor— significa estar dispuesto a poner todo de lado y asumir con docilidad y humildad que soy el único Dios y Señor”. Esto, evidentemente, tiene muchas consecuencias en la vida de cada uno.

El seguimiento del Señor Jesús es un camino en el que aprendemos a asumir con esperanza las dificultades y dolores de la vida desde la Cruz de Jesús, comprendiendo que Él ha cargado sobre sí todos nuestros sufrimientos y ha sanado con su propio dolor nuestras heridas. Es también un camino de humildad en el que el Señor nos va manifestando la verdad sobre nosotros mismos y nos invita a vivir con autenticidad. Es importante entender que este «camino de la humildad no es un camino de renuncia, sino de valentía. No es resultado de una derrota, sino de una victoria del amor sobre el egoísmo y de la gracia sobre el pecado. Siguiendo a Cristo e imitando a María, debemos tener la valentía de la humildad; debemos encomendarnos humildemente al Señor, porque sólo así podremos llegar a ser instrumentos dóciles en sus manos, y le permitiremos hacer en nosotros grandes cosas» (Benedicto XVI).

María, los Apóstoles y discípulos nos enseñan en el Evangelio que seguir a Jesús no es tanto aprender ciertas formas exteriores o ser capaces de repetir sus enseñanzas sino sobre todo entrar en ese camino de conversión total, de verdadera transformación que nos hace ser parte de su Cuerpo y que nos lleva a repetir con San Pablo: «vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,20). Jesús nos pide radicalidad, totalidad y fidelidad. Nos pide que nos pongamos en camino tras sus huellas sin miedo a “perder algo” en el intento. No hay nada que perder si estamos con Él. Por el contrario, realmente Él nos lo da todo y nos invita a compartir esa alegría con otros.

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