Domingo con Xto: ¿Por qué celebramos la Santa Cruz?

¿Por qué celebramos la Santa Cruz?

 Por Ignacio Blanco

Exaltacion de la Cruz

Lectura del santo Evangelio según san Juan 3,13-17

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: «Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en Él tenga vida eterna». Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él.

Este Domingo del tiempo ordinario es 14 de setiembre, día en el que se celebra la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. El origen de esta fiesta se remonta al s. VII y está vinculado a la recuperación de la cruz de Cristo que fue robada por los persas que invadieron Jerusalén. El emperador cristiano Heraclio derrotó al rey persa y devolvió las reliquias de la cruz al lugar donde se veneraba.

Si lo vemos desde una perspectiva, celebrar la Cruz entraña una paradoja. ¿Cómo podemos “celebrar” y exaltar lo que en su momento fue el instrumento de la muerte de Jesús? No olvidemos que en la época del Imperio la cruz era una de las maneras que tenían los romanos para ajusticiar a los delincuentes. Algo equivalente a lo que hoy día es en algunos países la horca o la silla eléctrica.

Sin embargo, para nosotros cristianos, desde los primeros siglos de nuestra historia, las reliquias de la cruz del Redentor son testigos silenciosos de la Muerte de Jesús, de su entrega hasta el extremo en el Gólgota. Celebrar y exaltar la Santa Cruz es para nosotros celebrar la entrega amorosa del Señor Jesús; es conmemorar con fe que en la Cruz se entrecruzan la historia del hombre y el amor de Dios; que allí el Hijo de Dios pagó con su vida el precio de nuestro rescate. Para un cristiano, pues, la cruz no es un signo de tortura o de muerte sino que es la expresión sublime del amor de Dios que nos reconcilió en el sacrificio de su propio Hijo a quien «levantó sobre todo y le concedió el “Nombre-sobre-todo-nombre”; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre» (Flp 2,9-11).

Al mirar la Cruz con los ojos de la fe sabemos que estamos salvados. Nos lo dice el mismo Jesús: «Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en Él tenga vida eterna». Cada vez que miramos la Cruz se actualizan para nosotros esas palabras de San Pablo: «Me amó y se entregó por mí» (Gál 2,20). Sí, Jesús nos amó y entregó su vida por nosotros. ¡Por eso exaltamos la Santa Cruz!

La mirada de la fe nos permite no quedarnos en el misterio de la Cruz. La vida de Jesús, y cada uno de sus misterios, están íntimamente unidos entre sí. No podemos mirar la Cruz sin tener presente que Aquel que pende del madero es el Hijo de Dios encarnado en el seno de la Virgen María. Tampoco podemos olvidar que ese sacrificio de amor es el culmen de toda la vida, predicación y gestos de Jesús quien, a punto de morir en el Calvario, pronunció esas estremecedoras palabras: «Todo está cumplido» (Jn 19,30). Cuando miramos la Cruz con los ojos de la fe vemos triunfo y victoria porque sabemos que Jesús resucitó a los tres días venciendo las ataduras de la muerte y ascendió a la derecha del Padre. En este sentido, uno de los hermosos himnos que la liturgia nos propone para esta fiesta dice:

“Brille la cruz del Verbo luminosa,
Brille como la carne sacratísima
De aquel Jesús nacido de la Virgen
Que en la gloria del Padre vive y brilla”.

¿De quién sino de aquella que estuvo de pie junto a la Cruz podemos aprender a contemplar este misterio de amor? Este es un día especial para mirar a María, para dejarnos alentar por su testimonio de fe, de esperanza inquebrantable, para dejarnos educar por su visión de eternidad. Es también ocasión para renovarnos en nuestro amor filial a María, recordando que fue justamente al pie de la Cruz donde recibimos del Señor Jesús el don de la maternidad espiritual de María y donde Él nos pidió que la amemos como Él, con amor de hijos.

Recorriendo ese camino espiritual encontramos luces para penetrar, aunque sea a tientas, en el inagotable misterio del amor de Dios que quiso entregar a su propio Hijo a la muerte para salvarnos: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna» (Jn 3,16).

Comentarios

Comentarios

Comparte esta publicación

Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin
Share on pinterest
Share on print
Share on email