Domingo con Xto: Hacerse prójimo

Hacerse prójimo

Por Ignacio Blanco

Buen Samaritano

En aquel tiempo, se presentó un maestro de la Ley y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?». Él le dijo: «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?». Él contestó: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo». Él le dijo: «Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida eterna». Pero el maestro de la Ley, queriendo justificarse, preguntó a Jesús: «¿Y quién es mi prójimo?». Jesús dijo: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos que lo asaltaron, lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, se desvió y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo se desvió y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él y, al verlo, sintió compasión, se le acercó, le vendó las heridas, después de habérselas limpiado con aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos denarios y, dándoselos al encargado, le dijo: “Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré cuando vuelva”. ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?». Él contestó: «El que practicó la misericordia con él». Jesús le dijo: «Vete, y haz tú lo mismo».

La pregunta del maestro de la Ley es ocasión para que el Señor Jesús manifieste el alcance universal del amor al prójimo. La Ley revelada a Moisés —a cuyo estudio estaban dedicados los maestros de la Ley— claramente establecía que entre todos los mandamientos el mayor era el de amar a Dios sobre todas las cosas, y amar al prójimo como a uno mismo. La pregunta del maestro, pues, no era ingenua ya que él sabía de antemano la respuesta. Y probablemente sabía que Jesús también conocía este mandamiento. ¿Sobre qué quería entonces poner a prueba a Jesús?

Tal vez su intención era llevarlo a tomar partido sobre un punto difícil entre los estudiosos de la Ley que se manifiesta en la segunda pregunta del maestro: «¿Quién es mi prójimo?». ¿Era “prójimo” solamente aquel que formaba parte del pueblo de Israel? ¿O había que entender que el amor debe hacerse extensivo a todos los hombres? Este encuentro de perspectivas se refleja, por ejemplo, en el libro del Eclesiástico cuando dice: «La misericordia del hombre sólo alcanza a su prójimo, la misericordia del Señor abarca a todo el mundo» (Eclo 18, 13). El maestro de la Ley plantea el dilema a Jesús quizás para ponerlo en un apuro, quizás para conocer su postura.

El Señor, Maestro de verdad, narra una parábola conmovedora, llena de mensajes para el mismo maestro de la Ley, de la que se puede deducir que “el prójimo” no está circunscrito a ninguna pertenencia a un grupo social, religioso o racial. En ese sentido, que sea un samaritano quien socorre al herido —presumiblemente judío— es más que elocuente pues la enemistad entre estos dos grupos era conocida por todos en la época. Ahora bien, casi inadvertidamente Jesús ha transformado el sentido de la pregunta en la narración y cuando interroga al maestro le dice: «¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?». Pasa de “¿quién es mi prójimo?” a “¿Cuál de los tres fue el que se hizo prójimo del herido?”.

«El Señor responde —dice el Papa Benedicto XVI— invirtiendo la pregunta, mostrando, con el relato del buen samaritano, que cada uno de nosotros debe convertirse en prójimo de toda persona con quien se encuentra». No es un vacío juego de palabras. Señala un cambio de actitud interior que podríamos, con el riesgo de simplificar, describir como el paso de una actitud pasiva, que espera que le muestren quien es el prójimo, a una actitud activa que se hace prójimo de aquel que tiene delante, que se “deja tocar y se conmueve” por la realidad de la otra persona y se involucra con ella.

La razón de ello la encontramos, por un lado, en el hecho de que todas las personas llevamos impresa en nuestro interior la huella de Dios que nos creo a su imagen y semejanza. Por otro lado, como señala por ejemplo San Ambrosio y con él otros padres de la Iglesia, Jesús nos está invitando con esta parábola a imitar su ejemplo. Él es el Buen samaritano por excelencia. Siendo Dios —el mismo que por amor nos creó—, se hizo uno de nosotros para curar nuestras heridas con amor y sanar todas nuestras rupturas.

La respuesta de Jesús a la pregunta del maestro de la Ley rebasó con creces sus expectativas y nos muestra que hacernos prójimos para con todo aquel que nos necesita es el camino para vivir el amor como Cristo lo vivió. Camino ciertamente exigente y que no puede quedarse en meras intenciones o emociones pasajeras. Las palabras finales de Jesús en este pasaje son firmes y claras: «Vete, y haz tú lo mismo».

Comentando este pasaje, el Papa Juan Pablo II dijo en uno de sus viajes a América Latina unas palabras que vale la pena recordar y reflexionar: «Con otras palabras el Apóstol Santiago pone de relieve la necesidad de la actitud del buen samaritano cuando escribe en su epístola: “¿De qué le sirve a uno decir que tiene fe, si no tiene obras?…, la fe, si no tiene obras, está muerta por dentro…, es inútil” (St 2,14.17.20). Sin duda alguna, los dos que pasaron de largo conocían los libros sagrados y se consideraban no sólo creyentes, sino también profundos “conocedores” de las verdades de fe. Sin embargo, no fueron ellos sino el samaritano quien dio una prueba ejemplar de su fe. La fe dio fruto en él mediante una buena obra. Dios, en quien creemos, nos pide obras semejantes. Estas son las obras de amor al prójimo. La Palabra de Dios nos plantea a nosotros, los creyentes, en la liturgia de hoy, una pregunta fundamental: ¿Es fructuosa de veras nuestra fe?, ¿fructifica realmente en obras buenas?, ¿está viva o, tal vez está muerta?».

Agudas preguntas que deben movernos al examen sincero. Cuando nos presentemos ante el Señor al final de nuestra vida nos dirá: “cada vez que hiciste estas cosas a un hermano mío”; o por el contrario, “cada vez que no lo hiciste…” (ver Mt 25,40). La medida será la caridad, y entonces nuestro destino será definitivo.

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