Domingo con Xto: El Maestro nos enseña la humildad

Por Ignacio Blanco

El Maestro nos enseña la humildad

El Señor Jesús es Maestro. Consciente de las limitaciones de la gente que entonces lo escuchaba y de aquellos que escucharían resonar su Palabra en la Iglesia por siglos y siglos, el Señor se hace cercano a cada persona. El Evangelio de este Domingo nos dice que Jesús «anunciaba la Palabra, en la medida en que ellos (los discípulos) podían comprender». Él hablaba en parábolas, es decir, por medio de ejemplos y figuras tomados de la vida cotidiana del tiempo en el que vivió. Impresiona constatar cómo Dios se hace cercano al hombre. Dios Infinito, Eterno y Todopoderoso, se hace uno de nosotros en la Encarnación, y nos habla en un lenguaje que podemos comprender. Dios nos habla en nuestro lenguaje para que nosotros podamos aprender a hablar el lenguaje divino.

¡Qué increíble pedagogía! El Infinito se hace finito para enseñarnos a entender la nostalgia de infinito que anida en nuestro corazón; el Todopoderoso se hace pequeño para mostrarnos que el camino de la humildad es el único camino para alcanzar la auténtica grandeza; el Eterno se hace creatura y asume todas las dimensiones de nuestra temporalidad para educarnos a vivir el tiempo de nuestra vida como camino a la eternidad.

Este Domingo, de las muchas enseñanzas que Jesús nos da, nos vamos a detener en una. El Reino de los Cielos es como un sembrador que echa la semilla en la tierra y luego esta semilla germina y crece sin que el sembrador sepa cómo. El sembrador duerme, hace otras cosas y la semilla continúa creciendo como por fuerza propia. Claro que, como también nos enseña el Señor en otros pasajes, el sembrador tiene que escoger bien la tierra, prepararla y quitar la hierba mala. Tal vez si hay sequía tenga que regar el sembrío. Pero, en el contexto en el que Jesús está hablando, nada puede hacer el sembrador para que la planta crezca más rápido o sea más grande o más chica o sea de un color u otro. Alguno pensará: “pero hoy sí se puede, porque la ingeniería y los avances tecnológicos ya lo permiten”. Y en un sentido es verdad. Hoy el hombre ha llegado a comprender algunos de los secretos de la naturaleza y a manipularlos. Tal vez el mero hecho de hacer esta “observación” evidencie más lo esencial del mensaje de Jesús.

Con tanto adelanto técnico quizás pensamos que todo depende de nuestro ingenio y creatividad. Hoy se pueden hacer muchas cosas que antes no se podían hacer. Los avances científicos nos llevan muchas veces a creer que somos capaces de todo. El Evangelio nos dice: en la vida cristiana la clave está en la humildad. En este sentido, muchos padres espirituales ven en esta figura del Evangelio una enseñanza clara y sencilla: el crecimiento, el desarrollo, el avance en la vida cristiana no es sólo obra nuestra. Nosotros cooperamos con la acción de Dios en nuestro corazón. Él hace que la semilla de la fe que recibimos en el Bautismo germine y crezca. Nosotros, desde nuestra libertad, tenemos que ser humildes y perseverantes en cooperar con su acción para abrir nuestra mente y corazón a la fuerza transformante y santificante del Espíritu en nosotros.

El camino más creativo y “eficaz” es, pues, la humildad. Podemos poner mucho esfuerzo en hacer tal o cual trabajo, en poner muchos medios y hacer todo tipo de sacrificios, pero si no tenemos humildad todos esos esfuerzos serán inútiles. Evidentemente, eso no significa que esté mal poner medios o esforzarse en el combate espiritual. Lo que se nos quiere decir es que nunca perdamos de vista que en la vida cristiana se construye sobre la humildad. Y la humildad es andar en verdad. Por ello, ser humilde implica reconocer siempre quién es el Señor y quién es el siervo; quién es el Maestro y quién el discípulo; quién es el Protagonista y quién el que coopera.

La semilla de la fe, como el grano de mostaza, es pequeña. Sin embargo está llamada a dar grandes frutos. La semilla tiene que crecer hasta convertirse en un árbol grande que cobije bajo su sombra a los pájaros del cielo. A mayor altura, mayor profundidad de la raíz. Es decir, mayor humildad. De otra manera, al primer viento fuerte el árbol se caerá.

¿Dónde podemos ver un ejemplo de humildad? Miremos a María. La mujer que ha tenido el lugar “más grande” en la obra de la Reconciliación es la que nos dice que el Señor se ha fijado en la humildad de su Sierva (ver Lc 1,48). ¿Y no nos dice María: “Hagan lo que Él les diga” (ver Jn 2,5)? Pues Jesús, el Maestro, nos dice: “Aprendan de Mí que soy manso y humilde de corazón”(Mt 11,29).

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