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Domingo con Xto: Cuestión de fe

Por Ignacio Blanco

Cuestión de fe

Es impresionante el testimonio de fe que nos dan la mujer que sufría una hemorragia continua y Jairo, uno de los jefes de la Sinagoga cuya hija estaba agonizante. Ambos acuden a Jesús con una profunda convicción: Él podía hacer por ellos lo que ningún otro podía. «Mi hija está a punto de morir—le dice Jairo a Cristo—; ven, impón tus manos sobre ella, para que se salve y viva». Y la mujer, que había gastado sus bienes en médicos que no lograron curarla, decía para sí: «si logro tocar aunque sea su manto, quedaré curada». Tomémosle el peso a estas palabras. La mujer y Jairo no comprendían totalmente quién era en realidad Jesús. Al parecer habían escuchado hablar de Él. Se corría la voz de que era el Mesías esperado y que realizaba grandes milagros. Ambos vivía una situación extrema. A uno se le moría la hija; la otra llevaba 12 años con una molesta enfermedad y lo había tratado  todo. Éstas y muchas otras cosas más habrán estado en el corazón de estas dos personas, que finalmente se deciden a dar un paso valiente: ir al encuentro de Cristo, caer a sus pies y suplicarle con insistencia por sus necesidades.

Cuando escuchamos este relato, o cualquier otro del Evangelio en el que se nos narra algún milagro de Jesús, ¿qué es lo que se nos suscita? ¿Una firme adhesión? ¿Una vaga incertidumbre frente a esos hechos “fuera de lo común”? ¿Tal vez cierta expectativa por tratar de entender mejor el significado de esos hechos extraordinarios? Si vamos distinguiendo las diversas experiencias que se pueden aparecer en nuestro interior, quizá poco a poco vayamos encontrándonos con una cuestión fundamental: la fe. ¿Creemos que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios? ¿Creemos en todo lo que dijo e hizo por nosotros? ¿Creemos que Él está vivo y sigue actuando en su Iglesia?

Cuando Juan el Bautista manda a sus discípulo a que pregunten a Jesús si era Él al que esperaban, el Señor les dice: «Vayan y cuenten a Juan lo que oyen y ven: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva» (Mt 11, 4-5). Los milagros son, pues, signos que manifiestan la llegada del Reino de Dios. En este sentido, el Catecismo de la Iglesia enseña que «Jesús acompaña sus palabras con numerosos “milagros, prodigios y signos” (Hch 2, 22) que manifiestan que el Reino está presente en Él. Ellos atestiguan que Jesús es el Mesías anunciado (cf. Lc 7, 18-23)» (n. 547).

Tomemos consciencia de que vivimos en un mundo que muchas veces cierra sus oídos a todo aquello que tenga un cierto “tono sobrenatural”. Se duda o se ve con escepticismo todo aquello que de alguna manera no se ajusta a nuestras medidas. En medio de ese mundo, La Iglesia no deja de anunciar y proclamar la Buena Nueva recibida de Jesús y transmitida desde los Apóstoles de generación en generación: Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios, acompañó su palabra con milagros, prodigios y señales; padeció, murió y resucitó, rompiendo las ataduras de la muerte. Jesús es el Reconciliador y los milagros que realizó son un signo de la llegada del Reino de Dios. Y la acción de Dios en nuestro mundo, en nuestra historia, no ha cesado nunca.

Es muy interesante, en este sentido, la historia de Alexis Carrel (1873-1944), ganador del premio nobel de medicina. Ateo y decidido a exponer la supuesta farsa de los milagros que ocurrían en el Santuario de la Virgen de Lourdes (Francia), este afamado científico se estrelló con la realidad. Ante sus ojos ocurrió la curación instantánea de una mujer que, desde el punto de vista médico, no tenía sino días de vida. Ante el hecho incontrovertible, y ratificado por su misma ciencia sobre la autenticidad de la curación, Carrel se encontró con la fe. Se convirtió y narró toda su experiencia en un libro que ha ayudado a miles de personas. Descubrió que la fe y la ciencia no son incompatibles. Que la fe no es irracional. Es un don, una realidad que abre nuestra mente y corazón a Dios y su acción, al mundo sobrenatural, a la realidad completa.

El testimonio de Jairo y la mujer enferma es un gran aliento y también un desafío. Las palabras de Jesús son, en este sentido, reveladoras: «No temas —le dice a Jairo ante la noticia de que su hija ya había muerto—; solamente ten fe». Y luego que la mujer le confesó atemorizada que ella había sido la que tocó su manto, Jesús le dice con infinita bondad: «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad». Aliento a la fe, a la confianza, a la apertura; desafío a la incredulidad, la soberbia, la autosuficiencia, la cerrazón.

Pidamos al Señor con insistencia: ¡Creo, Señor, pero aumenta mi fe! En un tiempo en el que por doquier se nos presiona para “creer sólo en lo que vemos o podemos medir”, la palabra del Maestro, la Verdad, nos dice manso pero firme: ¡No temas, ten fe!

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