Domingo con Xto: ¡Auméntanos la fe!

¡Auméntanos la fe!

Por Ignacio Blanco

Aumenta nuestra fe

Evangelio según San Lucas 17,5-10

En aquel tiempo, los apóstoles le pidieron al Señor: «Auméntanos la fe». El Señor contestó: «Si ustedes tuvieran fe como un granito de mostaza, dirían ustedes a ese árbol: Arráncate de raíz y plántate en el mar”. Y les obedecería. ¿Quién de ustedes que tenga un criado arando o pastoreando, le dice cuando llega del campo: “Ven, siéntate a la mesa”? ¿No le dirá más bien: “Prepárame la cena y sírveme mientras como y bebo, y luego comerás y beberás tú”? ¿Tienen que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Así también ustedes: Cuando hayan hecho todo lo mandado, digan: “Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que debíamos hacer”».

¿Eran los apóstoles hombres de fe? Desde que escucharon el llamado personal de Jesús y comenzaron a seguirlo, muchas veces lo escucharon hablar de la fe, de la necesidad de creer en Él. El Señor dijo e hizo cosas que reclamaban de sus discípulos dar ese paso interior y libre de adhesión a su Persona. Poco a poco fueron comprendiéndose a sí mismos avanzando por un camino, siguiendo a Cristo, descubriendo quién era Él y ciertamente creyendo en Él. Tal vez un momento muy significativo fue aquel en el que, luego de haberles preguntado quién decía la gente que Él era, se dirigió a sus más cercanos y les preguntó: Y ustedes, ¿quién dicen que soy? Entonces Pedro le dice: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo (ver Mt 16,15-17). Sí, los apóstoles creyeron en el Hijo de Dios; eran hombres de fe. Acogieron en sus vidas el don de Dios y se pusieron en camino tras los pasos de Jesús.

Esos hombres son los que llegado un momento del camino le piden a Jesús: ¡Auméntanos la fe! Es un clamor interior con el cual nos identificamos todos los que queremos ser discípulos del Señor. Es una oración que nunca debemos cansarnos de repetir con humildad y constancia.  Los apóstoles saben que sólo el Señor les puede dar lo que piden. Ello nos ayuda a recordar que la fe es ante todo un don de Dios. Este don que recibimos en nuestro Bautismo es como un colirio que purifica nuestros ojos y nos permite “ver” la realidad con los ojos de Dios; o como una luz que se enciende e ilumina nuestra vida, develando cosas que si faltase la fe nos serían desconocidas.

Junto con ello, la oración de los apóstoles y la respuesta de Jesús —«Si ustedes tuvieran fe como un granito de mostaza…»— nos recuerdan también que la fe es una respuesta. El Catecismo nos enseña que «la fe es un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por Él (…) Sólo es posible creer por la gracia y los auxilios interiores del Espíritu Santo. Pero no es menos cierto que creer es un acto auténticamente humano. No es contrario ni a la libertad ni a la inteligencia del hombre depositar la confianza en Dios y adherirse a las verdades por Él reveladas» (nn. 153-154). Dos dimensiones de la fe que se reclaman mutuamente y que nos llevan a creer en Dios, a adherirnos de corazón a su Palabra y a obrar según Él nos dice.

¡Auméntanos la fe! Esta oración también nos remite a que la vida de fe no es una realidad estática, fosilizada. La fe o se alimenta y crece o se descuida y se debilita; o abrimos nuestra mente y corazón a la acción del Espíritu o no lo hacemos. ¿Cuántas veces hemos experimentado en momentos críticos de nuestra vida cristiana, o cuando se nos presenta una situación difícil, que nuestra fe “se queda corta”? No es que la fe se quede corta, sino que nuestra vivencia de la fe es insuficiente. El Señor nos dice: si tuvieran fe al menos como un grano de mostaza (que es muy pequeño) podrían hacer cosas inimaginables (como decirle a un árbol que se plante en el mar). Ello nos habla de la grandeza de la fe, de cómo la vida de fe nos pone, en un sentido, en otras coordenadas. Lo que puede parecer un absurdo desde una visión horizontal, desde la luz de la fe tiene mucho sentido, y viceversa. La fe, pues, no sólo tiene algo que ver con nuestra vida sino que es como el fundamento sobre el que se construye la vida del cristiano. La fe, lejos de alejarnos del mundo en que vivimos, nos permite ver y conocer la profundidad de realidad y desde vivir comprometidos en la edificación de una sociedad según el Plan de Dios.

¡Cómo, pues, no hacer nuestra esa oración de los apóstoles para pedirle al Señor que aumente nuestra fe! Pongamos también en práctica las recomendaciones que la Iglesia nos da para mejor disponernos a recibir la luz del Espíritu, para alimentar nuestra fe conociéndola mejor, para vivir con coherencia según lo que creemos.

Hay un detalle en el pedido de los apóstoles que es muy importante en relación con la fe. El Evangelio dice que «los apóstoles le pidieron al Señor: ¡Auméntanos la fe!». Le pidieron juntos, como comunidad. La fe, si bien es siempre un acto personal de relación con Dios, «no es un acto aislado. Nadie puede creer solo, como nadie puede vivir solo» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 166). El don de la fe lo hemos recibido en la Iglesia, creemos como hijos de la Iglesia y como Iglesia tenemos en encargo del Señor de llevar la fe hasta los confines del mundo. En este sentido, el Catecismo nos deja una enseñanza muy valiosa en relación a la dimensión comunitaria de la fe, de su vivencia y del anuncio: «Nadie se ha dado la fe a sí mismo, como nadie se ha dado la vida a sí mismo. El creyente ha recibido la fe de otro, debe transmitirla a otro. Nuestro amor a Jesús y a los hombres nos impulsa a hablar a otros de nuestra fe. Cada creyente es como un eslabón en la gran cadena de los creyentes. Yo no puedo creer sin ser sostenido por la fe de los otros, y por mi fe yo contribuyo a sostener la fe de los otros» (n. 166).

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