templo

Asumir el riesgo del amor

Por Ignacio Blanco

Evangelio según San Marcos 12,28b-34

Un escriba que los oyó discutir, al ver que les había respondido bien, se acercó y le preguntó: “¿Cuál es el primero de los mandamientos?”. Jesús respondió: “El primero es: Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor; y tú amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento más grande que estos”. El escriba le dijo: “Muy bien, Maestro, tienes razón al decir que hay un solo Dios y no hay otro más que Él, y que amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y todos los sacrificios”. Jesús, al ver que había respondido tan acertadamente, le dijo: “Tú no estás lejos del Reino de Dios”. Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

Hablar del “amor” no es fácil y puede ser riesgoso. Es algo tan grande y tan profundo que casi hay que dar por descontado que se nos escaparían muchas cosas en cualquier “explicación” que intentásemos dar. Por otro lado, es una palabra que ha sido empobrecida, banalizada cuando no mutilada en su significado. En muchos casos pareciera que en nuestra sociedad el egoísmo, la soberbia y otros demonios le han robado al amor el corazón. ¿Cuántas veces lo que vemos (o vivimos) es sólo cáscara, modelos rígidos y superficiales, formas? Puede ser un riesgo porque si quieres hablar del amor en serio, tienes que estar dispuesto a comprometerte. Y el compromiso es uno de esos “temas” frente a los cuales hemos desarrollado olímpicas habilidades de evasión y fuga.

Cuando Jesús nos habla del amor, como en el Evangelio de este Domingo, es necesario explicitar algo que está supuesto pero que tal vez no consideramos suficientemente. Él habla del amor desde la realidad de ser Él mismo Amor. Y no sólo eso, sino que nos habla de lo que nosotros tenemos que vivir para responder a nuestro anhelo profundo de amar y ser amados, desde la realidad de habernos Él amado primero. Es decir, más que sus palabras hablan sus obras. Dios nos amó al crear el mundo, al crear al ser humano a su imagen y semejanza, al crearnos para vivir la plenitud de la felicidad en la comunión de amor con Él; nos amó al enviar a su propio Hijo al mundo para reconciliarnos del pecado; y ese amor fue llevado al extremo de la Cruz donde Jesús dio su vida por nosotros, por amor. Quien así nos habla del amor, nos ha amado primero; quien nos pide que amemos a Dios con todas nuestras fuerzas, es Dios mismo que nos ha amado primero. El Señor Jesús sabe bien de qué nos habla, y por tanto toda nuestra experiencia humana del amor debemos entenderla bajo esta luz para entender —al menos en algo— qué es lo esencial del amor.

Hablar en serio del amor reclama estar abiertos al compromiso. El amor implica necesariamente una “relación” de persona a persona. Amar a Dios con todo nuestro ser (corazón, alma, espíritu, con todas nuestras fuerzas) es corresponder a su amor, que ha salido primero a nuestro encuentro, que nos ha amado con nombre propio. Reconocer que es el único Señor, y amarlo “sobre todas las cosas”, es ponerlo en el centro de nuestra vida, amar lo que Él ama, y rechazar todo aquello que vaya en contra de su Plan. ¿Cómo podremos hacer esto? ¿Con qué fuerzas? ¿Cómo luchar contra la fuerza de nuestro egoísmo que nos lleva muchas veces a ponernos “por encima” de Dios mismo? ¿Cómo cumplir sus mandamientos? El Papa Benedicto XVI nos responde estas preguntas en un pasaje que vale la pena reflexionar con calma: «La novedad de Jesús consiste, esencialmente, en el hecho que Él mismo “llena” los mandamientos con el amor de Dios, con la fuerza del Espíritu Santo que habita en Él. Y nosotros, a través de la fe en Cristo, podemos abrirnos a la acción del Espíritu Santo,que nos hace capaces de vivir el amor divino. Por eso todo precepto se convierte en verdadero como exigencia de amor, y todos se reúnen en un único mandamiento: ama a Dios con todo el corazón y ama al prójimo como a ti mismo».

En otro pasaje del Evangelio el Señor Jesús habla también del amor al prójimo y dice: «Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros» (Jn13,34). San Agustín se pregunta en qué consiste la “novedad” de este mandamiento cuando ya el Antiguo Testamento decía —y Cristo lo repitió— que debemos “amar al prójimo como a nosotros mismos”. Y responde: «Lo nuevo en el mandato de Cristo está en que debemos amarnos mutuamente como Él mismo nos amó (…) Amémonos, pues, como se aman los hombres que son hijos del Altísimo, de modo que seamos hermanos del Hijo Unigénito de Dios. Amémonos con el mismo amor con que Dios nos amó a nosotros».

Esta perspectiva nos permite comprender que el mandamiento del amor nos remite siempre al amor que Dios tiene por nosotros, cuya máxima manifestación se hace “visible” en la Encarnación, Vida, Pasión, Muerte, Resurrección y Ascensión del Señor Jesús. “Amar al prójimo como a uno mismo” implica que nos amemos con el amor que Él nos tiene. No es, pues, una forma de egoísmo caprichoso o auto-referente. Es dar lugar en el corazón, por la fe, a un recto amor que busca hacerse partícipe del amor de Dios.

Amar al prójimo es hacernos partícipes del amor que Jesús ha tenido por todos y cada uno de nosotros. Fácil decirlo, difícil vivirlo. Es verdad. Sobre todo si pensamos en las múltiples y cotidianas “exigencias” que ello trae, y en que debemos procurar amar a nuestro prójimo —comenzando por “el que está más próximo a nosotros”, es decir padres, hermanos, esposo(a), hijos, amigos, etc.— como Jesús lo ama. Inmenso desafío que, por otro lado, ensancha el corazón y lo llena de verdadera alegría y paz.

¿Vale la pena asumir el riesgo del amor? ¿Vale la pena el compromiso? Sin duda. Si uno mira con honestidad su propio corazón no es difícil llegar a la certeza de que es lo que más queremos en la vida: amar y ser amados. El amor es la fuerza vital más poderosa del corazón humano, capaz de transformarlo todo, pues nos “asemeja” a Dios y nos hace partícipes de su mismo ser. ¡Asumamos el riesgo!

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