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Aprendiendo a pedir consejo

Por Kenneth Pierce

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Sabemos que, para ser felices, debemos cumplir el Plan de Dios. Ese es el camino para avanzar por la santidad, la mejor ruta para vivir en plenitud. También sabemos que no siempre es fácil saber cuál es el camino que debemos tomar para seguir el designio amoroso de Dios. La vida cotidiana nos presenta en ocasiones muchas situaciones en que debemos elegir, y no siempre podemos ver todo con claridad. Cuando atravesamos circunstancias particularmente difíciles elegir es incluso más difícil.

Quien vive una vida cristiana auténtica sabe, sin embargo, que no se encuentra solo. Para empezar, como hemos meditado en las semanas pasadas, Dios siempre nos acompaña. Junto a la presencia de Dios siempre podemos encontrar, además, a personas que nos pueden ayudar y orientar en el camino. De hecho, una bendición particular que encontramos como hijos de la Iglesia es la compañía de otras personas que, como nosotros, también recorren el camino hacia la santidad.

Una de las dimensiones de crecer en “ciencia”, como nos lo pide San Pedro en su segunda carta, es aprender a recurrir al consejo de otras personas. Hoy día quizás está de moda el modelo de persona absolutamente independiente, que es capaz de alcanzar todas sus metas sin ayuda de nadie. Estas personas, que en realidad existen solamente en las películas, no necesitan recurrir a nadie. No tienen ninguna “debilidad”.

Qué diferente es, felizmente, la vida cristiana. Esta tiene un componente fundamental de comunidad y amistad. La Iglesia es una gran familia y en ella encontramos siempre amigos que nos tienden una mano generosa y nos ofrecen un consejo fraterno. La necesidad de otros no nos hace débiles, por el contrario, nos fortalece y anima, nos alienta y nos abre a un horizonte de crecimiento y amistad.

Si alguna vez hemos estado perdidos, ¿no ha sido acaso lo más natural detener a alguien para que nos oriente y nos explique como llegar a nuestro destino? De modo similar, en el peregrinar de fe es fundamental aprender a recurrir al consejo de personas prudentes y de confianza, que nos puedan dar luces para nuestra vida cristiana. Es un medio excelente para educarnos en la confianza, para ver aquello que quizás no estamos viendo, para abrir nuestro corazón y compartir nuestra vida con aquellas personas que nos pueden entender y ayudar. Es, más aún, virtud excelente para caminar con rectitud por el sendero de la santidad.

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