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Alegrémonos en el Señor

Por Ignacio Blanco

Evangelio según san Juan 1,6-8.19-28

Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. Y éste fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a Juan, a que le preguntaran: «¿Tú quién eres?». Él confesó sin reservas: «Yo no soy el Mesías». Le preguntaron: «¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías?». Él dijo: «No lo soy». «¿Eres tú el Profeta?». Respondió: «No». Y le dijeron: «¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado, ¿qué dices de ti mismo?». Él contestó: «Yo soy la voz que grita en el desierto: “Allanen el camino del Señor”, como dijo el profeta Isaías». Entre los enviados había fariseos y le preguntaron: «Entonces, ¿por qué bautizas, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?». Juan les respondió: «Yo bautizo con agua; pero en medio de ustedes hay uno que no conocen, que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de su sandalia». Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde estaba Juan bautizando.

Hace varios años el hoy santo Papa Juan Pablo II decía que el Adviento «se expresa mediante una actitud». ¿Cuál es nuestra actitud? Celebramos el tercer Domingo de Adviento y estamos cada vez más cerca de las fiestas de Navidad. ¿Cómo va nuestro cultivo de esa actitud interior para celebrar la venida de Jesús? ¿Cómo nos estamos preparando?

Este Domingo rezamos un himno muy especial durante la liturgia de la Palabra: el Cántico de María. Estas palabras que nuestra Madre pronuncia en presencia de su prima Isabel están llenas de esa actitud del Adviento. María está alegre: «Proclama mi alma la grandeza del Señor; se alegre mi espíritu en Dios mi Salvador». El Adviento es un tiempo de alegría en el que procuramos acoger y vivir la exhortación de san Pablo: «Estén siempre alegres» (1Tes 5,16). La alegría de María se enraíza en Dios que se ha fijado en la humildad de su Sierva. Esa es la alegría a la que San Pablo también nos exhorta y ello lleva a preguntarnos: ¿Dónde está la fuente de nuestra alegría?

El corazón de María está alegre, desborda de la presencia de Jesús, Dios hecho hombre a quien lleva en sus entrañas. ¿Qué otra actitud descubrimos en María? María se sabe la Sierva humilde elegida por Dios. El Poderoso ha hecho obras grandes por Ella. El corazón alegre de María está en paz consigo misma; sabe quién es, cuál es su misión. Se sabe bendecida por Dios y reconoce que las generaciones futuras la llamarán «bienaventurada» porque Dios la eligió para ser la Madre de su Hijo. Las palabras de María infunden alegría, salud, armonía interior, unidad tejida de humildad y verdad.

De esta actitud también nos da testimonio Juan Bautista. «¿Eres tú Elías o el Profeta?» le preguntan. «No lo soy» responde. Juan sabe quién es —la Voz que grita en el desierto— porque conoce a Jesús; Juan es capaz de responder a esa pregunta que inquieta el corazón de todo hombre y mujer —¿Tú quién eres? ¿Qué dices de ti mismo?— porque conoce al Señor ante quien se considera indigno de desatarle las sandalias. Dirigiéndose a los fariseos, Juan les dice: «En medio de ustedes hay uno que no conocen, que viene detrás de mí». Estas palabras deberían hacernos pensar mucho. Jesús caminaba en medio de la gente y no lo conocían; Juan, por el contrario, sabe quién es Jesús y —como María— sólo en relación con Él se conoce a sí mismo, sabe cuál es su misión, dónde está la fuente de su alegría.

El Señor Jesús está en medio de nosotros. En cada iglesia, en cada Tabernáculo está realmente presente. ¿Lo conocemos? ¿Lo adoramos en la hostia y el vino consagrados? ¿Reconocemos su Palabra cuando leemos o escuchamos proclamar la Escritura? ¿Lo reconocemos en el rostro de nuestros hermanos, especialmente de los que más sufren y nos necesitan? La preparación para la Navidad es una excelente ocasión para renovarnos en el encuentro con el Señor, acercándonos a Él con humildad y reverencia. No olvidemos que, como María y Juan nos lo testimonian, mientras más nos acerquemos a Jesús, mientras sea Él cada vez más el centro de nuestra vida, mejor nos conoceremos a nosotros mismos, estaremos alegres en el Señor y seremos más capaces de asumir con libertad y generosidad nuestra vida según el Plan de Dios.

Este tercer Domingo de Adviento se nos invita de manera especial a la alegría. En la tradición se conoce como el Domingo de Gaudete recordando la exhortación de San Pablo a alegrarnos. Junto con Santa María, nuestra Madre y educadora, alegrémonos en el Señor que viene a nosotros. Jesús está cerca, con nosotros, en la alegría y el dolor, en la prueba y el sufrimiento. Confiemos en Él, abramos mente y corazón a su presencia salvífica.

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