La voz del Pastor

por Ignacio Blanco

Evangelio según San Juan 10,1-10

En aquel tiempo, dijo Jesús: «Les aseguro que el que no entra por la puerta en el corral de las ovejas, sino que salta por otra parte, ése es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el guardián, y las ovejas escuchan su voz, y él va llamando por su nombre a las ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños». Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús: «Les aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entra por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia».

Jesús nos habla en un lenguaje cercano. Muchas veces utiliza figuras y ejemplos tomados de la vida cotidiana para ayudarnos a entender verdades profundas sobre Él, sobre nosotros mismos y sobre la vida. Este cuarto Domingo de Pascua, el Señor nos habla con una figura muy cercana a los hombres y mujeres del tiempo en que vivió: la del pastor y las ovejas. Tal vez no lo es tanto a nuestra experiencia de vida urbana. Pero podemos hacer un esfuerzo por comprenderla mejor y sobre todo por escuchar la voz del Buen Pastor.

Para personas que vivían en un medio rural, la relación con los animales que criaban era fundamental, entre otras cosas, para su propio mantenimiento. En no pocos casos les proporcionaban alimento y vestido. En ese contexto, toda persona que en algún momento tuvo que cuidar un rebaño de ovejas entendía muy bien la importancia y las exigencias de ser pastor. Implicaba velar por las ovejas, protegerlas de los posibles robos de salteadores y ladrones o de los ataques de lobos u otras fieras. Implicaba también conocer a las ovejas, buscarlas cuando alguna quedaba retrasada o perdida. Y ciertamente asegurarse de que comieran y bebieran lo necesario. Cuando el Señor habla de llamar a las ovejas por su nombre, de guiarlas, de cuidarlas, para muchos de sus oyentes esto significaba algo así como: lo que tú haces con las ovejas que cuidas, Yo lo hago contigo. Así de importante eres tú para Mí. Yo te cuido, te protejo, te llevo a pastos verdes para que te alimentes, a aguas limpias para que bebas. Puedes confiar en Mí. Si te pierdes te iré a buscar; si sufres la amenaza de un ladrón o la agresión de un lobo, Yo te defenderé. Y todo esto el Señor lo hace por amor.

Con esta figura el Señor Jesús nos revela algo muy profundo de sí mismo. Él es nuestro Pastor y da su vida por nosotros. Es tal el amor que nos tiene, que se sacrifica a sí mismo para que nosotros tengamos la vida verdadera, y esa vida en abundancia (ver Jn 10,10). A diferencia del que entra al redil saltando el muro, el pastor bueno entra por la puerta. Para San Juan Crisóstomo la “puerta” son las Sagradas Escrituras, que nos hablan de la venida del Mesías, de las profecías que Jesús ha cumplido. Él es el enviado de Dios que viene a guiar a su pueblo. Por ello es tan importante que conozcamos las Escrituras, que las meditemos asiduamente pues es allí donde aprendemos a conocer la voz del Pastor. A diferencia del asalariado, el pastor verdadero conoce a sus ovejas y sus ovejas lo conocen a él, conocen su voz y por eso lo siguen. Al asalariado, en cambio, no le interesan las ovejas, y las ovejas no lo seguirán pues les resultará un extraño.

Más adelante, Jesús dice que Él es la puerta, añadiendo riqueza a la figura. ¿Qué significa que Él es la puerta? «No debe extrañarnos que Él se llame a sí mismo puerta —dice el mismo Crisóstomo—, porque se presenta a sí mismo también como pastor. Él se llama puerta por ser el que nos conduce al Padre, y se llama pastor por ser el que nos guía». Y San Agustín, concretando un poco el mensaje, nos dice: «Entra por la puerta el que entra por Cristo, el que imita la pasión de Cristo, el que conoce la humildad de Cristo, que siendo Dios se ha hecho hombre por nosotros». Claramente la clave está en Cristo, que es a la vez la puerta y el pastor, y en el conocimiento que Él tiene de sus ovejas y el que sus ovejas tienen de Él.

Ante ello, cabe preguntarnos con sinceridad: ¿qué tanto conocemos a Jesús, nuestro pastor? Él nos conoce a profundidad, a cada uno con nombre propio. ¿Y nosotros? «¡Aprended a conocer a Cristo y dejaos conocer por Él!» invocaba San Juan Pablo II. Y continuaba: «Estad seguros de que Él conoce a cada uno de vosotros más que cuanto cada uno de vosotros se conoce a sí mismo. Conoce, porque ha dado su vida (cf. Jn 15, 13). Permitidle que os encuentre. A veces el hombre, el joven, se descarría en sí mismo, en el mundo que lo circunda, entre toda la maraña de las cosas humanas que lo envuelven. Permitid a Cristo que os encuentre. Que conozca todo de vosotros. ¡Que os guíe! Es verdad que para seguir a uno, hay al mismo tiempo que exigirse a sí mismo; tal es la ley de la amistad. Si queremos andar juntos tenemos que estar atentos al camino que hemos de recorrer. Si nos movemos sobre la montaña, conviene seguir las señales. Si escalamos una montaña, no podemos dejar la cuerda. Hay ante todo que conservar la unión con el Amigo divino que tiene por nombre Jesucristo. Hay que colaborar con Él».

Conocer a Jesús y dejarnos conocer por Él. Para conocer al Señor, para ser amigos de Jesús, para recibir la vida que nos ofrece en abundancia, tenemos que rezar, ser cercanos a Él, abrirle nuestro corazón, ser dóciles a su Palabra. Podemos confiar en Él decididamente porque Jesús no miente y nunca abandona.

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