Meditación para el Sábado Santo

Sábado de espera y esperanza

Rememoramos el sábado santo el día en el que el mundo amaneció y ya no vio a Jesús. Ha pasado la hora de las tinieblas, la hora en la que la furia desatada del mal se ha ensañado con Jesús: le han pegado, le han escupido, le han azotado, le han despojado de todo para lanzarlo indefenso a la brutalidad de los agentes del mal. El Cuerpo llagado de amores que ha soportado el peso de nuestros pecados yace en un sepulcro, solo. Han pasado los momentos desgarradores de la Pasión y Muerte del Redentor.

Jerusalén amanece con las manos manchadas de Sangre. Los hombres que se hicieron a sí mismos jueces y dueños de la verdad, amanecen con el sabor amargo de la injusticia en su boca —han matado a un inocente—. El Templo con el velo rasgado, roto. Judas colgado de un árbol y su cuerpo zarandeado por el viento sucio de su traición. Los apóstoles desconcertados, presos del temor y la incertidumbre. Han herido al Pastor y se han dispersado las ovejas.

En medio de este panorama brilla tenue, pero firme, la llama de la fe de la Madre. María estuvo al pie de la Cruz y ha permanecido firme, de pie. Su presencia luminosa y serena es como un ancla en medio de la turbulencia que azota la tierra entera. María ha permanecido firme y serena en medio del dolor.

María brilla en medio de las tinieblas que cubrieron la tierra. Su firmeza maternal nos abre los ojos de la mente y el corazón al profundo tramado de dolor y alegría con el que se estaba tejiendo la historia de nuestra Reconciliación. Nuestra Madre es la Virgen dolorosa, que ha vivido como nadie la Pasión de su Hijo. Llena de compasión, María ha acompañado en la oración los pasos dolorosos de la Pasión. Cuánto dolor frente al perverso juicio a Jesús; sufrimiento en silencio sereno por el escarnio ante Pilato y Herodes; cómo habrá sentido en carne propia cada latigazo, cada escupitajo, cada burla, compadeciéndose con el Siervo Sufriente, su Hijo amado; compasión en cada paso del camino al Calvario, en cada caída; María vivió su propio Calvario, unida a Jesús; qué punzante el dolor al ver la carne santa del Redentor atravesada por los clavos; cuánto dolor en el corazón amoroso de María, en fin, al asociarse a esa impotencia que embargaba el mismo Corazón de Jesús: tanto amor, tanto amor y habrán tantos en ese momento, en la historia, tantos y tantos que lo rechazarán.

La madre dolorosa recibe en brazos el Cuerpo destrozado de su Hijo amado. Lo llora, lo limpia, lo acaricia. Solo una madre debe poder comprender el dolor por tener a un hijo muerto en sus brazos. María, firme y serena asiste al sepulcro donde depositan el Cuerpo que Ella dio a luz a este mundo. “Tu dolor, oh Madre, es inmenso como el mar”, solemos cantar en estos días… y en otro canto: “todo el dolor del mundo llora en tu corazón”. Expresiones de nuestra fe que buscan barruntar la realidad inmensa del dolor de la Madre. Y es que ciertamente, el dolor de María, que vive la compasión con su Hijo, es inmenso como el mar.

Al ver a María en este trance, tomamos conciencia de que el largo camino de preparación que ha vivido bajo la pedagogía divina va llegando a su culmen. La unión de la Madre con su Hijo se acrisola aún más en el dolor intenso. Esa comunión íntima ente la Madre y el Hijo alcanzará un momento sublime al pie de la Cruz. ¡Es la Hora de Jesús! Y ahí está la Madre, la mujer de la fe. La joven mujer que dio su Sí, su Hágase ante el anuncio del Ángel, está ahora de pie junto a la Cruz de su Hijo, renovando su compromiso fecundo, mostrándonos el camino de la entereza, de la integridad, de la donación total.

En medio de este desolador escenario, el Corazón amante y reverente de María no ha olvidado las promesas del Señor. Junto con el dolor desgarrador y para nosotros indescriptible e incomprensible en todos sus alcances, se va insinuando la esperanza nutrida por la fe que descubre en esos acontecimientos el cumplimiento de las promesas de Dios. Cómo habrá recibido el corazón amante de la Madre esas palabras finales de Jesús: «todo está cumplido».

Se va delineando el horizonte de eternidad, a la luz del cual María va comprendiendo el sentido de todo lo acontecido. El dolor no desaparece; pero es asumido en una visión de fe, que inunda el Corazón de María con la esperanza del cumplimiento de las promesas de Dios. La Madre va comprendiendo que la entrega cruenta de Jesús tiene un sentido. La donación total del Redentor es como un río fecundísimo que inundará la tierra entera. Realmente al ver a María, qué fuerza cobran esas palabras de San Pablo: «¿Dónde está muerte tu victoria? ¿Dónde está muerte tu aguijón?» (1Cor 15,55).

Sábado Santo. Si la esperanza es la virtud que nos lleva a poner nuestra confianza en las promesas de Dios, María, tal vez hoy más que nunca, es la Madre de la esperanza, es ejemplo paradigmático de esperanza.

María experimenta la soledad por la ausencia física de Jesús. En esa soledad, la Madre medita en oración, como lo ha hecho siempre. Su Corazón sopesa los alcances de todo lo acontecido. Vendrán una y otra vez a su memoria las ocasiones en las que el mismo Jesús, dicen los evangelistas, «comenzó a manifestar que debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser matado y resucitar al tercer día» (Mt 16,21). Ella confía plenamente en las palabras de su Hijo.

Al ver a María hoy, al contemplar la grandeza de su fe, de su esperanza, de su unión íntima en el amor con Jesús, al contemplar el misterio de su maternidad espiritual, también a nosotros nos embarga una alegría inmensa por constatar que Dios es fiel a sus promesas: María es la Mujer de cuyo linaje ha nacido Aquel que ha derrotado a la serpiente.

Hoy, sábado santo, queremos cobijarnos bajo el manto protector de nuestra Madre. Acudimos a Ella, para aprender, para dejarnos educar en su Escuela, para cogernos de su mano y dejarnos enseñar cómo vivir la esperanza. ¿Cómo puede María, ante tal magnitud de dolor, de desconcierto, de violencia física, psíquica y espiritual, reaccionar de esa manera? ¿Cómo pudo, llegada la Hora de Jesús, permanecer firme y de pie ante la Cruz?

María ha sabido a lo largo de su vida ser dócil a la pedagogía divina. Ella supo ponerse a la escucha de la Palabra de Dios; supo encaminar su vida con opciones auténticamente libres. María se ha educado, alentada y sostenida por la gracia divina, a escuchar, a acoger en su interior, y a vivir según Dios. La Virgen cree y confía en Dios. Por ello cuando el Ángel le anuncia el designio Divino, María da ese salto de fe y confianza y, manifestando un amor extraordinario, pronuncia su «Hágase». Desde entonces toda la vida de la Madre ha sido una constante educación. Dios la invita a recorrer los valles y quebradas de la alegría y el dolor, y Ella supo responder siempre: hágase, aquí estoy, Señor. Sin miedo. Confiando. Dándose a los demás. Amando.

Descubrimos en la Virgen esa especie de metodología a cada paso de su vida. El Señor la ha conducido por los caminos de su acción misteriosa y Ella ha sido silente, siempre atenta a la pedagogía divina, meditando en su corazón, interiorizando, atesorando, siguiendo con docilidad las señales del Altísimo. La Virgen va creciendo en la fe, ve su esperanza dilatarse en la expectación del cumplimiento de las promesas de Dios, ve crecer la intensidad de su amor al ir caminando por los senderos del Plan de Dios.

Cuando vemos a María firme al pie de la Cruz, cuando la vemos sobrellevar con entereza e integridad admirable los espantosos pasos del Calvario, cuando la vemos esperar confiada en las promesas divinas, dándonos un ejemplo de esperanza vivida, no podemos perder de vista todo ese camino recorrido, ese peregrinaje de fe, esperanza y caridad, que la Madre ha realizado con una paciencia y perseverancia impresionantes.

Y esto es una gran enseñanza para todos nosotros, para nuestra vida cristiana. ¡Cuántas veces quisiéramos las cosas ya! Ver prontamente resueltas los problemas que nos aquejan, ver respondidas las preguntas que tenemos, ver tal vez ya sanadas las heridas que podamos tener. Y perdemos de vista la necesaria paciencia que debe acompañar nuestra vida cristiana. Esa paciencia que nutrida de esperanza nos da el aguante en la lucha y la perseverancia en el camino del bien. Perdemos de vista que somos peregrinos, y que la carrera de la santidad es una carrera de perseverancia y no de velocidad. Perdemos de vista nuestra fragilidad y nuestra condición de pecadores, y que necesitamos de la ayuda ante todo de Dios, que nos sostiene con su gracia, y a otro nivel también de los amigos que nos acompañan en el camino.

En la Biblia encontramos una figura que nos aproxima a lo que es la esperanza cristiana. Leemos en la carta a los Hebreos, que el Espíritu nos invita a confiar en la promesa de Dios, «asiéndonos a la esperanza propuesta, que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma» (Heb 6,18-19). La figura del ancla —tomada del mundo de la navegación— rápidamente fue tomada en la iconografía cristiana como símbolo de la esperanza. Esta figura evoca la barca de nuestra existencia que muchas veces tiene que surcar mares embravecidos, fuertes oleajes, frente a los cuales parece que todo está perdido. En esos momentos, el ancla del barco sujeta la nave al fondo del mar, le da estabilidad, y le permite sortear la bravura del mar. La esperanza en la vida cristiana es como esa ancla, que en cuanto está firmemente sujetada «en la rocosa entraña de lo eterno» (Miguel de Unamuno), nos permite surcar los mares de las tribulaciones y dolores de la vida, con la seguridad que sólo la permanencia en el Señor puede dar.

Qué podemos aprender de María:

  1. María nos muestra un camino: trabajar por acoger el don de la Reconciliación que el Señor nos ha obtenido con su Pasión, Muerte y Resurrección; permitir que esa fuerza transformante sane nuestro corazón. Y aquí nadie puede decir “este fardo no me toca”. Todos experimentamos y padecemos la fuerza del pecado. Y está en nuestras manos acoger el don que Jesús nos ofrece una y otra vez.
  2. Al ver a María, nos admira la íntima unión de la Madre con su Hijo. Esa unión con Jesús es la fuente de su entereza y de su fortaleza. Como a nadie, a ella se le puede aplicar la parábola de la Vid y los Sarmientos que el mismo Jesús nos enseñó: como sarmientos, tenemos que permanecer unidos a la vid, que es Jesús. ¿Cómo? Cultivando una vida de oración, una relación personal con Jesús.
  3. Como María, si permanecemos en Jesús, seremos capaces de ser para otras personas una pequeña luz de esperanza en medio de situaciones difíciles. Hoy vivimos una situación crítica en la que muchas gente a nuestro alrededor necesita consuelo, esperanza, aliento. Seamos portadores de la luz del resucitado para esas personas.

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