Un tiempo para preparar el camino

Por Ignacio Blanco

Evangelio según San Lucas 3,1-6.

El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene, bajo el pontificado de Anás y Caifás, Dios dirigió su palabra a Juan, hijo de Zacarías, que estaba en el desierto. Este comenzó entonces a recorrer toda la región del río Jordán, anunciando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados, como está escrito en el libro del profeta Isaías: Una voz grita en desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos. Los valles serán rellenados, las montañas y las colinas serán aplanadas. Serán enderezados los senderos sinuosos y nivelados los caminos desparejos. Entonces, todos los hombres verán la Salvación de Dios.

El evangelista San Lucas enmarca la predicación de San Juan Bautista con precisión histórica. Nos narra con detalle el tiempo y el espacio en el que Dios se dirigió a Juan el Bautista y éste comenzó su recorrido y predicación en la región del río Jordán. Son datos que quizás podrían pasar desapercibidos pero que son un signo significativo que la Iglesia siempre ha recibido como una nota que sitúa en la historia humana los acontecimientos narrados en el Evangelio. Juan Bautista —y luego Jesús de Nazaret— son para nosotros personajes históricos, insertos realmente en la historia de un pueblo en un lugar determinado del mundo hace poco más de dos mil años. Es bueno recordar que lo que hoy creemos, celebramos y buscamos vivir hunde sus raíces en el paso por este mundo de una Persona, Jesús, cuyas palabras y acciones realmente sucedieron y cambiaron el mundo para siempre.

Juan el Bautista anunció la conversión para el perdón de los pecados. Su voz resuena hasta hoy como una firme invitación a enderezar el camino de la propia vida, a preparar nuestros corazones para acoger al Señor Jesús cuyo Nacimiento nos disponemos a celebrar en la Navidad. Un gran escritor cristiano del s. III decía que «se ha de preparar en nuestro corazón el camino del Señor; porque es grande y espacioso el corazón del hombre, cuando está limpio. Prepara en tu corazón el camino al Señor, por medio de una buena vida, y dirige la senda de ella por medio de obras nobles y perfectas, para que la palabra de Dios discurra por ti sin ningún obstáculo» (Orígenes).

Toca a cada uno preguntarse con serenidad: ¿Cómo debo preparar el camino al Señor en mi vida? ¿Qué hay en mi corazón ocupando un espacio que obstaculiza la presencia de Jesús? Estas preguntas lejos de llevarnos a una mirada negativa de nuestra realidad nos invitan a considerarla desde la fe. La fe en el Señor Jesús nos dispone a mirarnos con realismo, en y desde la verdad. No hay lugar al temor ni a las excusas si sobre todo brilla la fuerza transformante de la Reconciliación que Dios nos ha regalado en ese Niño que nacerá de una Virgen.

¿Cómo avanzar en el camino de la conversión? «La liturgia de hoy nos da la respuesta: “enderezando” las injusticias; “rellenando” los vacíos de bondad, de misericordia, de respeto y compresión; “rebajando” el orgullo, las barreras, las violencias; “allanando” todo lo que impide a las personas una vida libre y digna. Sólo así podremos prepararnos para celebrar de modo auténtico la Navidad» (San Juan Pablo II). El tiempo de Adviento que estamos viviendo es propicia ocasión para enderezar, rellenar, rebajar, allanar todo aquello que sea necesario en nuestro corazón de modo que el Niño Jesús nos encuentre bien dispuestos para recibirlo, para amarlo y para seguirlo por el camino.

En este camino —en la vida cristiana— nos precede siempre María, la mujer de la fe. Ella supo, desde su más tierna edad, hacer lugar en su corazón a la Palabra de Dios, escucharla, interiorizarla y vivirla. Meditó la Escritura, creyó en las promesas del Señor, puso todo de su parte de manera que cuando llegó el momento supo ser dócil y Dios obró maravillas en su corazón y nos llegó a través suyo el más grande regalo jamás soñado: un niño, el Hijo de Dios hecho hombre, que es el Salvador de la humanidad. Dejémonos educar con especial intensidad en este tiempo de Adviento por el ejemplo de nuestra Madre. Ella conoce los senderos, valles, montañas y colinas de nuestro corazón; sabe de nuestras luchas, caídas y victorias; de nuestros sueños y fragilidades. Confiemos siempre en su maternal cuidado con la seguridad de que, como toda madre buena y amorosa, Ella siempre vela por las necesidades de sus hijos y quiere nuestro mayor bien.

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