¿Pensamos como Jesús?

Por Ignacio Blanco

Evangelio según San Marcos 10,35-45.

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron: «Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir». Les preguntó: «¿Qué quieren que haga por ustedes?». Contestaron: «Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda». Jesús les contestó: «Ustedes no saben lo que piden. ¿Pueden beber el cáliz que voy a beber yo, y recibir el bautismo que yo voy a recibir?». Ellos contestaron: «Sí, podemos». Jesús les dijo: «El cáliz que yo voy a beber lo beberán, y recibirán el bautismo que yo voy a recibir, pero el sentarse a mi derecha o mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado». Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan. Jesús, reuniéndolos, les dijo: «Ustedes saben que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y les hacen sentir su autoridad. Pero entre ustedes no debe ser así: el que quiera ser grande, que se haga el servidor de todos; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos».

¿Qué habrá motivado a Juan y Santiago a hacer este pedido a Jesús? Ellos dos, junto a Pedro, participaron de momentos muy intensos con el Señor. Por ejemplo, cuando subieron a la montaña y delante de ellos Él se transfiguró. ¿Tal vez se hicieron la idea de que estaban destinados a tener algún tipo de prerrogativa sobre los demás? El Señor Jesús había hecho ya varios anuncios de que estaba próximo el tiempo de subir a Jerusalén donde tenía que padecer, morir y al tercer día resucitar. Parecería que estos anuncios les dieron la sensación de que se acercaba un momento importante en el que Cristo, el Mesías, iba a manifestar su poder y gloria. Y ellos querían estar cerca de Él. ¿Anhelo de grandeza? ¿Búsqueda de poder o autoridad sobre los demás? No lo sabemos, pero ciertamente algo había en la mente y corazón de estos dos apóstoles que nubló su juicio y aspiraciones.

Jesús da una muestra más de que su paciencia y amor por nosotros son infinitos. Fiel a su reverencia y respeto por las personas, les hace unas preguntas y comentarios como para que tomen conciencia de lo desencaminadas que están en sus pretensiones. Los otros 10 se incomodan por el diálogo, pensando quizás que Juan y Santiago obtendrían algún tipo de poder especial. Esta escena nos muestra lo humana y frágil que fue la comunidad de los apóstoles de Jesús. Hombres pecadores como nosotros, con sus inconsistencias y fragilidades, encuentros y desencuentros, y que sin embargo son las columnas de la Iglesia.  En medio de ellos el Señor, paciente y lleno de caridad, no se cansa de educarlos y ayudarlos a purificarse —como a nosotros— para que poco a poco brille con mayor intensidad, aunque no entendieran muchas cosas, el amor que tenían en sus corazones.

El Maestro da entonces una lección que pone en cuestión la manera de pensar de sus discípulos hace 2000 años y lo sigue haciendo hoy. Las palabras de Jesús muestran hasta qué punto pueden ser contrapuestas la visión de Dios y la visión del hombre enceguecido cuando no encadenado por la soberbia y el poder. Donde muchas veces vemos grandeza en realidad hay esclavitud; donde buscamos libertad y señorío en realidad nos esperan grilletes y cadenas. Por el contrario, donde tal vez pensamos que estamos disminuyendo nuestra libertad, en realidad la estamos ganando; donde parecería que venimos a menos, en realidad alcanzamos la auténtica grandeza humana.

Esta enseñanza del Señor tiene un fundamento indestructible. No sólo desde el punto de vista lógico o argumentativo, sino sobre todo desde el punto de vista existencial, vital. A diferencia de muchos maestros de su tiempo, Jesús enseña con el ejemplo. No es un legislador que nos dice “hagan esto o aquello”, sino que nos dice: “hagan como Yo he hecho, sigan mis huellas, vengan detrás de Mi”. Si quieren ser los primeros, sean los siervos de todos, «porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos».

Para comprender mejor lo revolucionario que es este “cambio de mentalidad”, consideremos por un momento que quien nos habla es Dios mismo hecho hombre. El amor, que es el corazón de la “revolución” de Dios, lo lleva a cumplir las profecías de un modo absolutamente inesperado e imprevisible: viene Él mismo a salvarnos, haciéndose uno de nosotros. Su amor es tan grande, infinito, que el “abajamiento” de Dios que se hace hombre, su hacerse “siervo y servidor de todos”, es de proporciones cósmicas y llega, como dice San Pablo, a la locura de la Cruz (ver 1Cor 1,18). La Palabra de Dios es una roca maciza e inamovible, es inquebrantable, porque tiene “detrás”, como garante, al Señor Jesús que corrobora su enseñanza con sus acciones y signos, con su vida sobre la tierra.

Notemos que la conversión —el cambio de mente— al que Jesús nos llama, es radical. El Señor marca claramente la distinción entre «aquellos a quienes se considera gobernantes» que piensan de una manera y los discípulos a quienes dice: «Entre ustedes no debe suceder así». No se trata, pues, de asumir una postura estratégica para conseguir lo que queremos. Es decir, “hago de siervo de los demás para luego ser grande, ser el primero”. Se trata más bien de cambiar la concepción mundana y soberbia que podamos tener de lo que es la grandeza, de lo que es “ser el primero”. En el Evangelio, ser siervo es ser grande; ser servidor de todos es ser el primero; la humildad es lo primero y es la mayor grandeza a la que podemos aspirar. ¿Cómo lo sabemos? Porque Jesús, el Señor, así lo hizo:

«Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo:
El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios.
Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo
haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre;
y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz.
Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre.
Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos,
y toda lengua confiese que Cristo Jesús es SEÑOR para gloria de Dios Padre» (Flp 2,5-11).

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