El individualismo

Por Kenneth Pierce

Quizás una de las características más fáciles de percibir en la sociedad occidental moderna es el individualismo. Muchos aspectos de la cultura de hoy nos empujan a pensar solo en nosotros mismos, a buscar el propio beneficio, a cerrar los ojos y los oídos a las necesidades de quienes nos rodean.

Es evidente que somos individuos y el respeto y reverencia a esa individualidad, tanto la nuestra como la de los demás, es muy necesaria. No se trata de que nos disolvamos en una colectividad en la que perdamos nuestra identidad, o en la que el valor de cada persona se diluya.

El individualismo es algo muy distinto de la recta vivencia de nuestra individualidad. Es dejar de lado un aspecto esencial a nuestra identidad que brota del ser creados a imagen y semejanza de Dios: la necesidad de encuentro y entrega a los demás. Así como el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo se aman entre sí, el hombre ­–como enseñaba el Concilio–  debe vivir algo similar, y «no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás».

El individualismo es la negación de esta dimensión de nuestra humanidad. Cuando somos individualistas estamos, en un sentido, renunciando a una parte de nosotros, viviendo “a medias”.

El individualismo, por otro lado, podría parecer que nos hace más sólidos, cerrando “brechas” y lazos que nos exponen o nos hacen frágiles. Nada más lejos de la verdad. El individualismo nos vuelve débiles, barcas barridas fácilmente en las tempestades de la vida. Por otro lado va secando nuestra interioridad, creando cortezas cada vez más gruesas que impiden amar y reconocer el amor que los demás nos tienen.

Si hay un “vicio” que está particularmente ligado al individualismo es el egoísmo. Supone la “exageración” de mi individualidad hasta el punto de distorsionarla, porque me cierra a Dios y al prójimo. Decía el Papa Juan Pablo II que “este individualismo egoísta, que es un desorden fruto del pecado, impide la creación de lazos de humanidad y fraternidad que hagan sentirse al hombre miembro de una comunidad, parte solidaria de un pueblo unido”.

Dios convocó a un pueblo, el pueblo de Israel, para que sea destinatario de su revelación. Con la venida del Señor Jesús, señaló a la Iglesia, sacramento de comunión y reconciliación, en donde los hombres y mujeres de todo lugar encuentran un espacio de encuentro con Dios y sus hermanos peregrinos. Abrirse a la experiencia de encuentro y comunión, donde el individualismo es vencido por el amor fraterno y la caridad, es una hermosa exigencia de la vida cristiana.

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