¿Quién es dueño de tu tiempo?

Por Ignacio Blanco

Evangelio según san Marcos 1,14-20

Cuando arrestaron a Juan, Jesús se dirigió a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: «Se ha cumplido el plazo; está cerca el reino de Dios: conviértanse y crean en el Evangelio». Pasando junto al mar de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando las redes en el mar. Jesús les dijo: «Vengan conmigo y los haré pescadores de hombres». Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca reparando las redes. Los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los trabajadores y se fueron con Él.

Muchas veces escuchamos o decimos frases como: “me falta tiempo”; “no tengo tiempo para nada”; “tengo que organizar mejor mi tiempo para hacer tal o cual cosa”. Parecería que la vida urbana y agitada nos pone en posición de regatearle tiempo al tiempo a cada instante. Nos juntamos con amigos o familiares y nunca falta el recuerdo que nos hace tomar consciencia: “qué rápido se pasa el tiempo… ¿te acuerdas cuando estuvimos en tal sitio? Han pasado 15 años y parece ayer”. Entre el pasado, el presente y el futuro nuestra vida transcurre en el tiempo.

El Señor Jesús inicia su predicación en Galilea con una indicación temporal: «Se ha cumplido el plazo». En otras traducciones se lee directamente: «El tiempo se ha cumplido». La referencia al “tiempo” que hace Jesús, ¿qué nos dice? ¿Cómo ilumina nuestra experiencia?

El Señor sitúa el comienzo de su predicación en continuidad con la historia del Pueblo elegido por Dios. Se sabe inserto en esa historia. Como vemos a cada paso y tropiezo del pueblo de Israel, Dios actúa en la historia de hombres y mujeres concretos. Esa historia —nos dice Jesús— ha llegado a su momento culminante. Todo lo anterior apuntaba a ese momento. Y a partir de entonces empieza un tiempo de gracia y salvación. La Encarnación del Hijo de Dios ha transformado para siempre las promesas en realidad; la espera ha llegado a su fin.

Desde esta perspectiva, el tiempo ha sido “santificado” por Cristo. El tiempo no es más el devenir inexorable que suscita impotencia; no es más el tirano frente al que no queda sino resignación. El tiempo ha sido —si cabe la expresión— liberado por el Señor de la historia y es para nosotros espacio de encuentro y salvación, chispazo de eternidad. Como discípulos de Cristo nuestra vida se desarrolla en el “tiempo de salvación” del cual además no somos dueños. El Papa Francisco invita a la reflexión sobre este asunto al decirnos: «Cuidado con ilusionarse en ser dueños de nuestro tiempo. Se puede ser dueños del momento que estamos viviendo, pero el tiempo pertenece a Dios y Él nos dona la esperanza para vivirlo».

Ese “tiempo cumplido” que Jesús anuncia se hace realidad para cada uno en momentos determinados de su vida. Para Simón y Andrés el tiempo de salvación llegó en el momento en el que echaban las redes al mar. El encuentro con Cristo cambió sus vidas para siempre, al igual que la de Juan y la de Santiago. El llamado de Jesús y su pronta respuesta “insertó” sus vidas en el tiempo de Cristo.

¿Y nosotros? Desde nuestro Bautismo “somos de Cristo”. Nuestra vida transcurre desde entonces en el marco de un “tiempo mayor”, que es el tiempo de salvación. Cada momento de nuestra vida, cada instante, ¿no deberíamos entenderlo y valorarlo enmarcado en ese tiempo mayor? De ello ciertamente se seguirían una serie de consecuencias muy concretas de cómo vivir nuestro día a día. ¡Saquémoslas pues, como dice San Pablo: «Hermanos: el tiempo apremia»!

Una de las cosas que nos enseña vivir insertos en el “tiempo de Dios” es que la vida espiritual tiene procesos y ritmos que debemos conocer y aprender. Nuestra condición débil y pecadora reclama muchas veces paciencia, volver a comenzar, madurar con los ojos siempre fijos en el Señor. En este marco, cada uno tiene su propia historia de encuentro con Cristo que pasa y llama. A cada uno, en uno o en varios momentos de su vida, Jesús nos ha dicho: “El tiempo se ha cumplido; conviértete y cree en Mí”. Quizá porque somos necios y duros de corazón, y porque tantas veces tratamos de apropiarnos del tiempo que no nos pertenece, o de querer que prime “nuestro momento sobre el tiempo”, el Señor paciente y amoroso nos recuerda hoy una vez más: “El tiempo se ha cumplido; conviértete y cree”.

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