La susceptibilidad

Por Kenneth Pierce

Uno de los obstáculos que más hieren las relaciones entre las personas, en especial entre quienes son cercanos, es la susceptibilidad. Susceptible es quien fácilmente se siente herido por las palabras de otros. Esto sucede porque muchas veces le damos a las palabras de los demás un contenido o una motivación distinta de la intención original. Mientras más significativa es la otra persona, más fuerza le damos a sus palabras y mayor el daño que nos podemos hacer si las distorsionamos.

Una persona, por ejemplo, me puede hacer una crítica constructiva sobre algún aspecto personal, y en vez de valorar la oportunidad de mejorar, considero la crítica como una ofensa. De la “parte” extrapolo hasta el “todo”. Una ligera corrección, que incluso nace de la buena intención, se puede convertir así, a nuestros ojos, en un ataque a lo más profundo de mi persona.

A veces ni siquiera nos damos cuenta de que actuamos de manera “susceptible”, y vamos amontonando innecesariamente experiencias negativas y rencores sin sentido. Quizás creemos que tenemos que ser perfectos en todo, que no nos comprenden, que cualquier error es debilidad, o que nuestra valoración está en lo que hacemos o en la imagen que proyectamos. Las razones pueden ser muchas, pero siempre brotan de una apreciación inexacta de la realidad y llevan a distorsionar las relaciones que tenemos con los demás.

Si nos ponemos a pensar nada que nos digan puede cambiar el amor que Dios tiene por nosotros. O, como decía San Pablo, nada nos podrá separar del amor de Cristo (Rom 8,35). Si ese amor no cambia ni desaparece, entonces no tenemos nada que temer ni esconder, ni razón auténtica por la cual sentirnos heridos pues lo que de verdad importa permanece. Más aún cuando a nuestro alrededor también hay muchas personas que nos quieren y aprecian.

Aunque puede ser difícil, mientras uno más va teniendo al Señor como centro de su vida va comprendiendo y aceptando sus propias limitaciones, y en su fragilidad se deja ayudar, en primer lugar, por Dios, pero también por los demás. Entonces comprendes que no hay razón para ser “susceptible”.

A veces sucede, sin embargo, que una persona nos dice algo con el fin de ofendernos. Quizás, en esa ocasión, tengamos “razones” justificadas para airarnos y molestarnos. En esas circunstancias es donde mayor esfuerzo podemos hacer para dejarnos iluminar por la gracia de Dios y comprender donde está el verdadero valor de nuestra vida y de nuestro prójimo, viviendo entonces la comprensión y el perdón con la persona que nos ofende.

Comentarios

Comentarios

Comparte esta publicación

Share on facebook
Share on google
Share on twitter
Share on linkedin
Share on pinterest
Share on print
Share on email