¿Por qué Jesús nos invita a vigilar al inicio del Adviento?

Por Ignacio Blanco

Evangelio según san Marcos 13,33-37

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Estén despiertos y vigilantes: pues no saben ustedes cuándo llegará el momento. Es igual que un hombre que se fue de viaje y dejó su casa, y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que vigilara. Estén atentos, pues no saben cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a media noche, o al canto del gallo, o al amanecer; no sea que venga inesperadamente y los encuentre dormidos. Lo que les digo a ustedes se lo digo a todos: ¡estén vigilantes!».

Al iniciar el tiempo de Adviento el Señor Jesús nos señala la necesidad de cultivar una actitud espiritual: la vigilancia. Prender la primera vela de nuestra corona nos ayuda a recordar esa disposición interior, y lo hará cada semana. El evangelio utiliza la sugestiva figura del hombre que se va de viaje y deja a sus criados un encargo. Éstos no saben cuándo regresará y frente a la posibilidad de que regrese de un momento a otro es mejor estar vigilantes. Los criados que quedan en la casa ciertamente viven un grado de incertidumbre y ello es un aliciente para estar preparados y alertas a la venida del dueño.

Grandes enseñanzas para nuestra vida espiritual podemos sacar de esta parábola. Una primera, y directamente relacionada con el tiempo de Adviento que se inicia, es la necesidad de poner un mayor empeño en estas semanas para prepararnos para la celebración de la Navidad. San Máximo de Turín nos exhorta en este sentido: «Preparémonos, pues, a acoger el día del nacimiento del Señor adornados con vestidos resplandecientes de blancura». Y añade: «Hablo de los [vestidos] que visten el alma, no el cuerpo. El vestido que cubre nuestro cuerpo es una túnica sin importancia. Pero el cuerpo es un objeto precioso que reviste al alma. El primer vestido está tejido por manos humanas; el segundo es obra de las manos de Dios. Por eso es necesario velar con una solicitud muy grande para preservar de toda mancha la obra de Dios… Antes de la Natividad del Señor, purifiquemos nuestra conciencia de toda suciedad. Presentémonos, no revestidos de seda, sino con obras de valor… Comencemos, pues, por adornar nuestro santuario interior».

Por otro lado, la vigilancia que el Señor nos invita a cultivar se extiende como disposición espiritual a toda nuestra vida cristiana. Y esto al menos en dos sentidos. Primero en relación al día a día de nuestra vida, donde encontramos diversas circunstancias y situaciones que requieren de nosotros estar alertas, vigilantes, “despiertos” espiritualmente para poder discernir el Plan del Señor, para estar atentos a sus signos y bien dispuestos para seguirlo, para tener la reverencia y sensibilidad frente a nuestros hermanos, especialmente los más necesitados. Un segundo sentido nos remite al fin de nuestra vida terrena que, como dice el mismo Jesús en otros pasajes del Evangelio, puede venir como ladrón en la noche, es decir sin previo aviso. La vigilancia nos ayuda a estar siempre preparados para recibir al Señor en nuestra casa.

La vigilancia cristiana descansa sobre el sólido fundamento de la venida del Hijo de Dios que nació de María Virgen, vivió entre los hombres, murió por nosotros y resucitó al tercer día, venciendo la muerte y el pecado. Por ello, la vigilancia no se alimenta del temor a que el Señor venga y nos encuentre mal preparados, sino de la esperanza cierta de que cumplirá sus promesas y vendrá con gloria al fin de los tiempos. Y esto, ciertamente, nos compromete a estar alertas, bien dispuestos interiormente, a prepararnos como decía San Máximo «no revestidos de seda, sino con obras de valor… Comencemos, pues, por adornar nuestro santuario interior».

Estar despiertos y vigilantes habla de una actitud espiritual de disponibilidad, de libertad de espíritu, de no tener ataduras que nos frenen ni estar sumidos en los vapores del pecado que nos adormecen. El Papa Francisco nos señala a María como ejemplo y modelo de esta actitud espiritual a la que llama «vigilancia activa». En el Evangelio, el Señor Jesús nos dice que el dueño de la casa se va de viaje «y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que vigilara». La vigilancia está, pues, vinculada al hecho de que mientras el dueño de la casa está de viaje espera que sus criados no se queden cruzados de brazos sino que realicen el encargo encomendado. Hablar de vigilancia activa, como lo hace Francisco, es muy oportuno y nos permite sintonizar bien con el pedido que el Señor Jesús nos hace a todos. La vela encendida expresa esa actitud: está «despierta» en la oscuridad, y «vigilante» en su movimiento y combustion. Un hermoso signo a imitar en este tiempo. ¡Procuremos vivir un buen Adviento, con obras de bien y amor, y así prepararnos para celebrar el nacimiento del Niño Jesús!

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