Somos invitamos a trabajar en la viña del Señor

Por Ignacio Blanco

Evangelio según san Mateo 21,28-32

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «¿Qué les parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en mi viña”. Él le contestó: “No quiero”. Pero después recapacitó y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: “Voy, señor”. Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?». Contestaron: «El primero». Entonces Jesús les dijo: «Les aseguro que los publicanos y las prostitutas entrarán antes que ustedes en el Reino de Dios. Porque vino Juan a ustedes enseñándoles el camino de la salvación, y no le creyeron; en cambio, los publicanos y las prostitutas le creyeron. Y ustedes, a pesar de esto, no se arrepintieron ni creyeron en él».

Los hijos del padre de la parábola responden de modo diverso. Cada uno tendría seguramente muchos motivos para hacerlo así. Y cada uno obra de modo diferente. El primero, con dureza, responde que simplemente no quiere ir a trabajar en la viña. El segundo responde con amabilidad y sumisión. Sin embargo, como se dice coloquialmente, del dicho al hecho hay mucho trecho. El primero que dijo que no iba a trabajar, recapacita y va. El segundo, aparentemente muy disponible, no va.

Interesante notar que en la parábola Jesús nos dice que el primer hijo, luego de haber dado la negativa al pedido del padre, recapacita. Este hijo se da el espacio para reconsiderar su primera respuesta. No se nos dice qué es lo que lo lleva a cambiar de opinión. Lo que sí sabemos es que fue él quien, gracias a un cambio interior, finalmente hizo lo que el padre quería. Tenemos ahí una gran enseñanza: siempre hay lugar para reconsiderar una primera negativa a hacer lo que el Señor nos pide. Esa reconsideración —o arrepentimiento como traducen otros— se da de cara al llamado del padre, con todo lo que ello implica. La invitación a trabajar en la viña termina, de alguna manera, pesando en la mente y el corazón del primer hijo y lo lleva a cambiar de actitud. Mientras que el segundo hijo, rápido a responder que sí, no asume las consecuencias de su respuesta y no va. ¿Engaña al padre? ¿Se da cuenta de que es mucho trabajo y le da flojera? No lo sabemos. Lo cierto es que no es coherente con su propia respuesta y decide no ir a la viña.

Con la parábola de los dos hijos, el Señor Jesús nos enseña una vez más lo complejo que es el corazón humano. De una u otra manera podemos reconocernos en los dichos y obras de estos dos hijos. También nosotros ante el llamado del Señor a trabajar en su viña decimos tantas veces “sí”, y finalmente no acudimos; o decimos que “no” y luego recapacitamos y sí lo hacemos. El llamado de Dios siempre permanece. Él, como Padre amoroso y paciente, reitera una y otra vez su invitación a que trabajemos en su viña. Es paciente con nuestros cambios de opinión, con nuestros compromisos inconstantes y volubles. Su bondad y fidelidad son siempre mayores que nuestra debilidad y dureza de corazón.

«¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?». Esta pregunta planteada por Jesús a sus oyentes es muy importante. Nos orienta en la dirección por la que tenemos que profundizar: poner nuestro mayor empeño por responder al llamado de Dios a trabajar en su viña, por vivir según su Plan de amor.

Frente a las actitudes de los dos hijos de la parábola se alza el ejemplo luminoso del Hijo, Jesús mismo. Él con toda su vida nos da testimonio de coherencia, de respuesta total al llamado del Padre. Siempre dijo que “sí” al Plan de salvación e hizo lo que su Padre le pedía. Por eso puede decir en un pasaje de particular intensidad como es la oración en el huerto de Getsemaní: Padre, «no se haga como yo quiero sino como quieres tú» (Mt 26,39). Lejos de establecer una distancia o ruptura entre su querer y el querer del Padre, Jesús nos enseña que su voluntad es una con la del Padre en el Espíritu. Ese es el grado más alto y sublime de la libertad que estamos llamados a vivir.

María, la Sierva fiel y dócil del Señor, fue invitada por el Padre a trabajar en su viña (como los hijos de la parábola). Y, a diferencia de los hijos del parábola, no dijo que no y luego lo hizo; ni dijo que sí y luego no lo hizo. Ella dijo: Sí, «hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,28) y eso fue lo que hizo durante toda su vida. Ese “sí” inicial se mantuvo a cada paso y momento, en las alegría y dolores. La Madre renovó su “sí” a Dios, su fidelidad, creciendo así en comunión con el Señor, y dándonos ejemplo del valor inmenso que tiene la fidelidad al compromiso asumido con Dios.

En la oración encontraremos la fuerza para responder al llamado de Dios a trabajar en su viña. Sólo con Él podemos mantenernos firmes en la respuesta. Y si trastabillamos, nos caemos o dudamos de poder seguir adelante, Él siempre está allí para renovarnos el llamado y sostenernos en el trabajo.

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