En el amor de Jesús “perder es ganar”

Por Ignacio Blanco

Evangelio según san Mateo 10,37-42

En aquél tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: “El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí. El que trate de salvar su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la salvará. El que los recibe a ustedes me recibe a mí, y el que recibe a mí recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo tendrá recompensa de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, sólo porque es mi discípulo, les aseguro que no perderá su recompensa”.

¿Por qué el Señor Jesús nos pide que estemos dispuestos a perder nuestra vida? Es más, Cristo pone como una condición para seguirlo —para ser sus discípulos— cargar la propia cruz. Leyendo estas palabras del Evangelio podría darnos la impresión de que el cristianismo es un camino de sufrimiento, pesadumbre y padecimiento. Sin embargo, sabemos que Jesús ha venido a traernos la vida verdadera, y la vida en abundancia. Él nos ha dicho que con Él encontraremos la alegría plena. Entonces, ¿cómo entender las palabras del Evangelio según san Mateo? ¿Cómo vivir cada día esa lógica desafiante de que “el que gana pierde” y “el que pierde gana”?

San Juan Pablo II hace una reflexión muy iluminadora para interiorizar las palabras de Jesús. «Jesús no pide renunciar a vivir; lo que pide es acoger una novedad y una plenitud de vida que sólo Él puede dar. El hombre tiene enraizada en lo más profundo de su corazón la tendencia a “pensar en sí mismo”, a ponerse a sí mismo en el centro de los intereses y a considerarse la medida de todo. En cambio, quien sigue a Cristo rechaza este repliegue sobre sí mismo y no valora las cosas según su interés personal».

Ahí tenemos una clave para comprender lo que el Señor quiere decirnos. Estar dispuestos a perder la propia vida, a renunciar a padre, madre, hijos, ¿no querrá decir que el centro de la realidad no somos nosotros? ¿Que la vida cristiana no se determina por criterios humanos (horizontales) sino por los “pensamientos de Dios”? Perder la propia vida es, pues, en este sentido renunciar a constituir el propio juicio, independiente de Dios, como criterio último y absoluto de nuestra realidad. Esta manera de entender la propia vida nos ayuda a entender nuestra total dependencia de Dios, al punto de incluso poder entregar la propia vida, derramar nuestra sangre, por Cristo.

Si queremos ponerlo en otra perspectiva, es como si Jesús al explicarnos lo que significa seguirlo nos estuviera diciendo: “Es normal que tiendas a ponerte a ti mismo como centro de todo, pero para seguirme, para ser mi discípulo, tienes que dar un giro copernicano: tú no eres el centro en torno al cual todo gira; el centro soy Yo, tu Señor.  Así como la Tierra gira alrededor del Sol, tú debes girar en torno a Mí para Yo poder iluminarte y darte vida”. Lo esencial de este llamado del Señor está quizá en reconocer con humildad que uno no es señor y dueño absoluto de su vida sino que el Señor y el Maestro es el Señor Jesús y es Él quien nos revela quiénes somos y cuál es nuestro camino a la felicidad y la salvación. De ahí se sigue todo lo demás.

Dando ese giro copernicano, reconociendo a Jesús como centro de la propia vida, todo cobra su lugar. Los valores de la vida se ordenan en relación a ese valor superior y determinante que es Dios y su Plan de amor. Poco a poco, en la medida que la gracia de Dios nos va convirtiendo, vamos revistiéndonos de los pensamientos y sentimientos de Cristo (ver Flp 2,5), y vamos aprendiendo a ver la realidad desde los ojos de la fe.

Desde esa mirada de fe se entiende como camino de auténtica realización en el amor, esa indicación del Maestro: toma tu cruz y sígueme. «En la enseñanza de Jesús —dice San Juan Pablo II— esta expresión no pone en primer plano la mortificación y la renuncia. No se refiere ante todo al deber de soportar con paciencia las pequeñas o grandes tribulaciones diarias; ni mucho menos quiere ser una exaltación del dolor como medio de agradar a Dios. El cristiano no busca el sufrimiento por sí mismo, sino el amor. Y la cruz acogida se transforma en el signo del amor y del don total. Llevarla en pos de Cristo quiere decir unirse a Él en el ofrecimiento de la prueba máxima del amor». Solo viviendo el amor podemos comprender la profundidad de las palabras de Jesús: «El que trate de salvar su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la salvará». Solo el amor nos revela la plenitud que se esconde detrás de la aparente falta de lógica del “perder es ganar” y “ganar es perder”.

 

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